dimecres, 6 de juny de 2012

El triste papel de la universidad

La semana pasada planteé mis serias dudas sobre la capacidad de la palabra para combatir en esta sórdida guerra en que estamos inmersos contra los intereses insaciables de los poderes fácticos.
Me comprometí a replantear el tema en positivo, a lanzar, no sólo reflexiones sino propuestas concretas, diversificadas y asumibles para la acción individual -o colectiva, si se quiere- que pudiesen llegar a los segmentos de población más amplios posibles. Ya lo hice una vez, pero mucho más concreto aún y con un verdadero afán de difusión.
Se tratataba, en parte, de comprobar si la palabra, de una u otra forma, era capaz de llegar más allá de sí misma -con la ayuda de todas y todos-, o simplemente rebotaba en un muro de indiferencia y lamentaciones.
Lo tengo escrito, pero no voy a publicarlo hoy porque mañana operan a mi hija y no podría seguir el debate que espero que podamos mantener a propósito de mis propuestas.
Mi hija será operada en un hospital público, como debe ser. A pesar de que ha tenido que soportar una larga lista de espera, con periodos realmente difíciles de dolores incapacitantes, no tengo queja de los trabajadores del sector. Han sido amables y eficientes, han optimizado sus escasos medios.
Pienso que en general, todas las personas que trabajamos en los servicios públicos, especialmente en los puestos más sensibles y estratégicos, estamos haciendo un esfuerzo extraordinario para que los brutales recortes repercutan lo menos posible en la población, para que no paguen justos por pecadores.
En la universidad, que es el ámbito que yo conozco de primera mano, sucede lo mismo, y estoy seguro que se debe dar -con las inevitables excepciones-, en los otros niveles educativos, los servicios sociales, etc.
En la universidad trabajamos más horas de las que tiene el día, laborables y festivos, para no perder ni un ápice de los niveles alcanzados, suplimos las bajas redoblando nuestros esfuerzos, nos tragamos la indignación de los recortes de sueldo y de presupuestos y nos sometemos a las pruebas más duras aumentando la autoexigencia. Nuestros estudiantes lo saben, lo agradecen y no nos dejarán mentir.
Por este lado lo van a tener difícil para acabar con la universidad pública o desprestigiarla, como intuyo que lo van a tener difícil con la sandidad. Tendrán que usar munición de mayor calibre. Y sin duda lo harán.
Hasta aquí todo bien, “El Alamo no se rinde”, pero el asunto es más complejo. Esta semana pasada, en una asamblea de profesores, un compañero decía: “hay muchas maneras de luchar, yo lucho cada día por mantener la calidad de la universidad pública porque creo en ella.” Está bien, yo también lo hago, pero no es suficiente. Van a seguir cargando contra nosotros, dentro y fuera de la universidad y, resistiendo en nuestras trincheras  no vamos a parar la avalancha. Hay que luchar también, no sólo resistir; sino, a fuerza de sacrificios, vamos a acabar convirtiéndonos en colaboracionistas.
Los estudiantes de antropología de la Universidad de Barcelona están  en huelga indefinida. Ciertamente no es el momento más oportuno para ponerse en huelga, a pocas semanas de fin de curso y con las úñtimas evaluaciones encima. Pero bueno, ha surgido así, a raíz del decretazo de Wert (con las subidas de matrículas, la desaparición de las segundas convocatorias…), en un contexto donde se encuentran una cierta inmadurez política del alumnadao y una esclerosis igualmente política del sistema universitario.
En la asamblea de profersores de antropología de la Universidad de Barcelona se aprobaron tres puntos:
1.       Apoyar explícitamente las reivindicaciones de los estudiantes en huelga.
2.       Recomendar al profesorado que imparte clases en el grado, en el máster y en el doctoraldo de antropología que velaran para que la evaluación de los y las huelguistas no se viera afectada por el ejercicio del legítimo derecho a la huelga.
3.       Instar a la comunidad universitaria en general a recuperar, a partir de septiembre, el papel reflexivo, crítico y de vanguardia social que la corresponde frente a la situación que vivimos.
Este tercer punto me parece con mucho el más importante. Los dos primeros son puntuales, con una fecha próxima de caducidad (por lo menos en lo que respecta a la huelga). El tercero apunta a una inflexión, a un cambio de rumbo en la institución universitaria para recuperar el protagonismo que le corresponde.
Para que esto suceda, sin embargo, tienen que producirse dos transformaciones colectivas importantes. Los estudiantes, que pertenecen en general a una generación que ha vivido siempre en democracia y en un contexto de creciente bienestar, pueden y deben comprender el profundo cambio en la coyuntura histórica, y el papel, en el frente de la rebelión, que están llamados a desempeñar por su edad y su formación, no sólo en relación con los asuntos que les afectan específicamente como estudiantes, sino respecto al conjunto de una sociedad que es la suya, donde van a vivir su presente y su futuro y de la que, por tanto, no se pueden desentender.
Los profesores, que nos formamos muy mayoritariamente en la lucha contra la dictadura, por mucha pereza que nos dé, por mucho que nos hayamos apalancado, debemos volver a luchar con nuestros medios, mano a mano con nuestros estudiantes.
Y debemos hacerlo, además, sin intentar imponer nuestros hábitos y estrategias valiéndonos de una posición hegemónica. Me preocupa mucho la actitud de compañeros y compañeras, profesores izquierdistas, que no comprenden que los tiempos y las formas de lucha han cambiado y se muestran intolerantes, por ejemplo, con las ocupaciones ¿Qué pretenden? ¿Qué creen formaciones marxistas-leninistas y se organicen en células? ¿Qué vehiculen sus reivindicaciones a través de los sindicatos y los partidos existentes?... El Felipe y Bandera Roja ya no existen, ni siquiera el Sindicato Democrático de Estudiantes. Todo eso pertenece a la historia y ahora no se trata de revivivirla, sino de hacer historia, con odres nuevos, en otras condiciones, con otros instrumentos.
Un antiguo compañero mío es ahora rector de una universidad pública en la que habíamos trabajado juntos muchos años. Durante estos días algunos estudiantes han ocupado el claustro de su rectorado, hasta que, con inusitada diligencia, mi compañero, el rector, ha autorizado la entrada nocturna de los mossos de esquadra para desalojarlos.
Todos los que sean o hayan sido universitarios pueden entender la gravedad de este hecho. Para los miembros de la comunidad universitaria, el recinto de la universidad es como un santuario, donde la policía no puede entrar sin permiso del rector -o de los decanos en el caso de las facultades-, a menos de que no tenga constancia de que se está cometiendo un flagrante delito.
Dentro del recinto universitario, la libertad  es literalmente sagrada y cada cual puede expresarse con sus palabras, sus acciones o como juzgue oportuno… siempre que no cause nigún daño o conculque la libertad de otro. Y los conflictos, si existen, se resuelven mediante el diálogo y el debate, con frecuencia encendido, pero libre, y con total respeto a la libertad de los demás. Pretender que un grupo de estudiantes acampados, sin más, coarte la libertad del resto de la comunidad universitaria, es un argumento infantil… o demagógico.
Una antigua alumna de esta misma universidad lo explicaba mejor de lo que yo podría hacerlo al decir que el rector había permitido que se expulsara a los estudiantes de la que ellas y ellos consideran con toda la razón su casa. Y se preguntaba si, en el largo proceso para acceder al rectorado, su antiguo profesor no había ido perdiendo sus ideales para abrazar la lógica del poder.
En una época en que nos efrentamos a enemigos tan poderos no podemos permitirnos tibiezas ni responsabilidades corporativas malentendidas y la universidad tiene que ser, más quizás que en cualquier otro momento, el templo de la libertad, el crisol de la crítica y las alternativas, el baluarte de los derechos cívicos… antes de que las fuerzas oscuras la conviertan definitivamente en un títere del sistema.
Nos vemos la semana que viene.

3 comentaris:

A la/es 6 de juny de 2012, 8:42 , Blogger Patricia Rocha Antonelli ha dit...

http://tancadaudl12.blogspot.com.es/search?updated-min=2012-01-01T00%3A00%3A00-08%3A00&updated-max=2013-01-01T00%3A00%3A00-08%3A00&max-results=10
Gracias profesores por apoyar a los estudiantes en huelga. UdL padece un conflicto que tiene tintes de enquistarse, entre el Sr Rector y los estudiantes acampados. No sólo se ha solicitado la entrada al Edificio Rectorado de los mossos d'Esquadra, si no que hoy mismo fuera de los edificios universitarios de Cappont se han realizado detenciones selectivas de estudiantes.El Blog es muy sencillo y como testigo prescencial puedo decir que lo que allí se escribe es verdad.

 
A la/es 9 de juny de 2012, 13:20 , Blogger laantropologiaencanoa ha dit...

Gracias Llorenç por lo que dices. Lo expresas muy bien y me imagino la rabia como el miedo atodo este infierno d etrepis y los qeu les apoyan desde el poder como decía esa alumna. Gracias por decir lo que dices. Y va mi apoyo a los estudiantes también aunque no sea le mejor momento pero es quee suan pasada todo esto. Porque todo ya es una desvergüenza lo quee stamos viviendo y hay que bajarse del tren en que nos han metido. Sólo que, a pesar d etodo, estamos mejor porque se lucha, s ehabla, se debate, s epiensa...se acabó el teatro sólo administrativo con el que nos fueron cercando ahora es alo bestia.
un saludo
Cecilia

 
A la/es 12 de juny de 2012, 13:47 , Blogger Llorenç Prats ha dit...

Un abrazo solidario para las dos. Llorenç

 

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