dimecres, 31 d’octubre de 2012

Las elecciones del 25 N y el empoderamiento del pueblo catalán

Me gustaría reflexionar sobre el soberanismo estríctamente como estrategia política para alcanzar una sociedad más justa, sin tener en cuenta factores emocionales, agravios ni derechos colectivos,sólo el objetivo de transformación de la sociedad.

Como he explicado en otras ocasiones, pienso que el soberanismo y por ende la independencia de lo que hoy constituyen -bajo distinas denominaciones- regiones europeas se plantea como un camino por lo menos prometedor y con posibilidades inéditas, frente a dos hechos difíciles de ignorar:

a)que no existe ni se atisba ningún movimiento de respuesta a la dictadura financiera mínimamente eficaz y capaz de hacer retroceder o por lo menos detener el avance arrollador de la ofensiva neoliberal que está provocando estragos entre las clases medias y populares de Europa y muy especialmente de los países del sur, y

b) que las naciones-estado actuales, nacidas fundamentalmente de las revoluciones burguesas, por su tamaño, por el conjunto de los intereses financieros implicados y por el anquilosamiento de sus sistemas políticos, además de la clara connivencia de los partidos tradicionales con los intereses del capital, constituyen verdaderos cotos de caza, cerrados, bien vigilados y suculentamente nutridos de piezas de gran valor, para la insaciable ambición de los señores de las finanzas y amos del mundo.

Voy a tomar como referencia la situación de Cataluña, porque me atañe y la conozco bien, pero también porque constituye el proceso más avanzado y aparentemente más sólido en este sentido dentro de la Unión Europea.

En la historia las cosas no empiezan un día y terminan otro sin más, pero, para entendernos, voy a tomar la manifestación del 11 S como punto de partida del proceso. En ese punto ya se producen diversos hechos significativos: el gobierno de Cataluña, que quería una manifestación por el pacto fiscal, se ve absolutamente desbordado, incluso físicamente desbordado, y la entidad convocante, la Assemblea Nacional de Catalunya, que enarbolaba el lema de “Catalunya, nou país de Europa”, también. Salen a la calle por lo menos un millón y medio de personas, el equivalente a la población de la ciudad de Barcelona entera, en el acto público más multitudinario que recuerda la historia en éste y muchos países, y lo hacen con un solo grito espontáneo que ni se corresponde con el lema oficial ni es, ni mucho menos, el que hubiera deseado el gobierno de Artur Mas: “independencia”. Las calles de Barcelona se llenan literalmente de banderas independentistas, no se puede dar un paso ni cabe una aguja y, a pesar de ello, la manifestación se desarolla con toda la paciencia del mundo de un forma absolutamente cívica, sin el más mínimo incidente ni salida de tono, pero con una unidad y resolución impresionantes. Quien estuvo sabe que no exagero.

Este sorpasso del pueblo catalán a su gobierno obliga a Artur Mas a avanzar las elecciones, unas elecciones que serán plebiscitarias porque en ellas, las fuerzas políticas concurrentes, deberán manifestar, como ya lo hace el propio Mas, si están a favor o en contra no sólo de llamar a un referendum a la población de Cataluña para que se pronuncie formalmente sobre la cuestión de la independencia, sino cual será su posicionamento respecto a la propia cuestión de la independencia.

Ahora nos hallamos en este período entre la manifestación, la convocatoria de elecciones y la celebración de las mismas dentro de menos de un mes. Los partidos políticos se tantean y tantean al electorado para perfilar sus estrategias. Desde los sectores españolistas, o sea, contrarios a la independencia, desde Madrid, Barcelona u otros lugares, desde la derecha y desde la izquierda, sibilinamente o con exabruptos, se ha fomentado la estrategia del miedo de una forma casi grotesca, mientras algunos cargos institucionales, no todos, iban lanzando con la boca pequeña mensajes del tipo de “España os ama”, “España os necesita”.

Todo eso es bien conocido por quien haya seguido el tema, pero ¿qué sucederá realmente en las elecciones del 25 N y después?

Todo parece indicar que las eleciones del 25 N las ganará con una amplia mayoría -absoluta o no está por ver-, Convergència i Unió. Entre los principales partidos se prevee que entre el PP y Ciutadans aglutinen el voto antisoberanista, con pérdidas no muy significativas respecto a su situación actual, y que el PSC, con su ambiguo discurso federalista que sustenta en solitario y con escasa convicción, se hunda. El voto de la izquierda soberanista, aglutinado en Esquerra Republicana de Catalunya o más disperso con la presencia en el Parlament de Solidaritat Catalana per la Independència y las Candidatures d’Unitat Popular, tendría un crecimiento importante, sin amenazar en ningún caso la mayoría de CiU.

Si los resultados se producen más o menos en este sentido, va a haber una clara mayoría soberanista liderada por CiU, con lo cual se va a mantener el compromiso de convocar un referéndum o algún otro tipo de consulta vinculante que refrende claramente la voluntad de independencia del pueblo catalán.

Este período postelectoral se antoja especialmente complejo por diversas razones. CiU no tendrá una especial prisa en convocar la consulta ni una posición nítidamente clara respecto a la independencia -ya que como tal no es una coalición independentista- . Es de temer que el gobierno del PP en Madrid, si no se da una gran presión internacional en defensa de propia imagen democrática de Europa, no facilite las cosas. En cambio, la izquierda soberanista presionará para que la consulta se produzca lo antes posible y se de un pronunciamiento rotundo en favor de la independencia. Entretanto, económica y socialmente, las cosas seguirán como hasta ahora y la sociedad catalana seguirá sufriendo el paro y los recortes del estado del bienestar, lo que puede provocar una mayor y más decidida actuación de la izquierda y nuevas agitaciones más o menos masivas en la calle. Esto a CiU tampoco le conviene, hecho por el cual es posible que tenga que acelerar los ritmos más allá de lo que quisiera, incluso radicalazar la pregunta para que no se produzca un nuevo sorpasso. Imagino que a CiU le horrizará la idea de formular una pregunta que admita diversas interpretaciones para encontrarse al día siguiente, como si estuviéramos en 1931, con la población en masa en la calle declarando la independencia de Cataluña.

Si se produce, com es de esperar, un pronunciamiento muy mayoritario a favor de la independencia, el periodo siguiente es muy complejo, ya que el gobierno catalán deberá pactar con el gobierno español y las instituciones europeas su estatus como estado independiente. Si, en ese camino, Cataluña consigue separarse de la fiscalidad española, CiU puede obtener un importante balón de oxígeno, incluso con réditos electorales posteriores, pero, si el proceso se demora, con la exigencia de indepencia sobre la mesa, como una luz de esperanza al final del negro túnel, CiU puede ser incapaz de contener la voluntad del pueblo, quien sabe si incluso de gran parte de su electorado.

En este proceso, al que previsiblemente llegaremos en un plazo razonable, los partidos catalanes, CiU en primer lugar, pero también los partidos de izquierda, se juegan el ser o no ser. Digamos que el pueblo catalán, como tantos, está harto de sufrir, de sacrificarse por el bienestar de los ricos. Esto también estaba en la manifestación del 11 S, y muy presente. Pero, quizás a diferencia de otros pueblos, el pueblo catalán ha podido sentir su fuerza en la calle y esto, créanme, es algo que no se olvida.

El 11 S no se produjo tan sólo una manifestación, sino, como se diría ahora, el proceso de empoderamiento de un pueblo, un pueblo que está expectante, dejando que los pasos se desarrollen con normalidad, pero que está dispuesto, incluso diría que ansioso, de volver a demostrar su fuerza si no se escucha su mandato.

Muchos antisoberanistas apelan al seny catalán com si lo hubiéramos perdido. Pero no saben, o lo olvidan, que el seny es parte indisoluble de una moneda de dos caras: el seny y la rauxa. Por eso dice nuestro laborioso himno que quan convé seguem cadenes.

 

dimecres, 24 d’octubre de 2012

La izquierda catalanista y la teoría del bien limitado

Falta poco más de un mes para las elecciones probablemente más trascendentales que hasta el presente hayamos vivido en Cataluña. Lo que en ellas se va a dirimir es el camino que toma el país para emanciparse de España o para mantenerse integrada, de una u otra forma, con ella. Con ellas no va a terminar nada, pero pueden empezar muchas cosas.
Y a estas alturas, cuando, precisamente por su trascendencia, las propuestas políticas de los partidos y coaliciones que se presentan deberían estar más que claras, sigue reinando la ambigüedad y la confusión.
Esto se debe, en gran parte, a que, en estas elecciones se sustancian dos elementos distintos pero complementarios: la vinculación de Cataluña con España y la política económica y social. Dos variables que, en combinación, forman un cóctel explosivo.
Sólo el PP de Cataluña, que, por su dependencia de la política del gobierno español, no tiene ninguna posibilidad de cambiar sus propuestas, se ha manifestado abiertamente como el partido de los catalanes que no se quieren emancipar de España y que piensan que la política económica y social que está desarrollando Rajoy es el camino para salir de la crisis y recuperar la senda de la prosperidad.
Ciutadans, un partido claramente anticatalanista, no tiene una política económica y social definida, aunque siempre se ha escorado a la derecha, y sólo se posiciona respecto a cuestiones identitarias y a los derechos de los españoles-no catalanistas residentes en Cataluña. Por ello, no es de esperar que formule una propuesta estructurada en todos los frentes. Sigue siendo, a pesar de los esfuerzos de su líder casual, Albert Rivera, un partido que recoge un voto fundamentalmente planteado en términos negativos.
El PP de Cataluña y Ciutadans seguramente aspiran a recoger los votos de todos aquellos catalanes y catalanas que se sienten fundamentalmente españoles y que abominan de cualquier itinerario independentista, ya sea total o parcial.
Más a la izquierda, dentro del espacio socialdemócrata, que no se ha enfrentado hasta el momento de una forma clara al modelo neoliberal, está el PSC, el Partit dels Socialistes de Cataluña. En estos momentos, la imagen que mejor lo evoca es un bergantín haciendo agua por todas partes. Con graves disensiones y purgas internas, en manos de un timonel inexperto y sin margen de maniobra por su vinculación con otro navío a la deriva, el PSOE, juega, sin mucha convicción , la carta del federalismo, sin que nadie le haga caso, puesto que nadie más en Cataluña ni en España lo propunga con capacidad y convencimiento. Ante el previsble naufragio, las distintas sensibilidades del partido están arriando las chalupas o lanzándose al mar directamente. Sólo la férrea organización y la solidez del aparato parece que puedan permitirle llegar a puerto, aunque, según todas las previsiones, sensiblemente diezmado y quien sabe si herido de muerte. Es lo que tiene poner las velas contra los vientos de la historia.
En el ámbito supuestamente independentista nos encontraríamos en primer lugar la coalición que gobierna Cataluña, y que la ha gobernado casi ininterrumpidamente desde la Transición, Convergència i Unió. Convergència i Unió ha vivido hasta el presente de un discurso supuestamente interclasista y del hecho de haber recogido toda la parafernalia cultural y simbólica del catalanismo político, un discurso completamente de derechas, elaborado en el siglo XIX y aderezado durante el siglo XX por la Lliga Regionalista. El único discurso catalanista realmente formalizado y, por tanto, adoptado también por la oposción durante el franquismo, y heredado, como un traje hecho a medida, por la burguesía catalana franquista y postfranqusta reunida al entorno de CiU. Convergència i Unió ha vivido durante décadas de esta falacia: que ellos, y nadie más que ellos, eran realmente Cataluña, basándose en que ellos, y nadie más, encarnaban ese discurso, que, siendo un discurso abiertamente derechista, se había consolidado como la realidad indiscutible y connatural del país.
Pero ahora deben dar un paso más. Económica y socialmente continuarán manteniendo su política neoliberal, en eso poco o nada les separa del PP y la política de Rajoy. Y, de la misma manera que el PP sacrifica al pueblo español, por el bien de España, como dicen ellos. CiU puede hacer, y de hecho está haciendo, lo mismo, por el bien de Cataluña. En este sentido son almas gemelas que tan sólo se pueden enfrentar por la distribución de los presupuestos.
Pero, en cuanto a la integración o no de Cataluña con España, dentro del propio partido conviven sensibilidades muy distintas que, en una especie de contínuum van desde el independentismo puro y duro hasta el mantenimiento del estado autonómico actual, si acaso con retoques operativos. Una parte de la coalición, Unió Democrática –o por lo menos su dirección-, se ha manifestado abiertamente en contra del independentismo; otra parte, aunque sea a título personal, claramente a favor. Y el núcleo duro de Convergencia juega con términos ambiguos como interdependencia, estructuras de estado, sin pronunciarse jamás de una forma clara. El president Mas se ha comprometido a convocar algún tipo de consulta popular sobre el futuro de Cataluña, aunque no se sabe cuándo ni cómo. Pero la pregunta -que ha lanzado a modo de sonda-, que se plantearía en la consulta admite toda clase de interpretaciones: “desea usted que Cataluña sea un estado de Europa”.
El arma con la que piensa luchar CiU es la ambigüedad, dejar que el electorado imagine a su conveniencia lo que han dicho, más que presentar sus posiciones de forma contundente, cosa que les llevaría a perder una parte u otra del mismo electorado. Porque, en realidad, CiU no quiere ni ha querido nunca la independencia -tal vez algún miembro sí, pero no la coalición o los partidos como tal-, quiere el poder, quiere la mayoría absoluta, para gobernar cómodamente en Cataluña y, sobre todo, tener fuerza para negociar los presupuestos con Madrid. Hay que recordar, para quien lo dude, que CiU no defendía la independencia, sino el pacto fiscal, que la marea independentista les arrolló el 11 de septiembre y que después tuvieron la habilidad y el oportunismo de cabalgar la ola como un experto surfista.  
¿Y los partidos realmente independentistas y de izquierdas? No se sabe. Lo más eficaz para todos hubiese sido crear una gran coalición -los votantes de izquierda, no ya independentistas, sino catalanistas no hubiesen tenido otro referente- para sacar el máximo provecho, de acuerdo con la ley electoral actual, y plantar cara de tu a tu a Convergencia. No lo han hecho. Se presenta cada formación por separado: Esquerra Republicana de Catalunya, Iniciativa per Catalunya-Els Verds-Esquerra Unida i Alternativa, Solidaritat Catalana per la Independència, las Candidatures d’Unitat Popular… por mencionar las que tiene mayores posibilidades de obtener representación parlamentaria.
¿Por qué no lo han hecho? ¿Por qué realmente mantienen diferencias claramente sustantivas o por intereses de protagonismo -de la fuerza política o personal-, cosa que sería bien triste? No se sabe, porque, además, como si la cosa no fuera con ellos, como si ya dieran el partido por perdido, no se explican, no se posicionan claramente como lo están haciendo CiU, el PP o el PSC. Y cuando lo hacen es para añadir más ambigüedad al tema. ICV ha dado a conocer su lema “Catalonia is not CiU”. Vale, guapos, ya sabemos que sois una coalición de izquierdas pero, respecto al independentismo ¿cuál es vuestra inequívoca posición? ERC dió a conocer su lema hace unos días “L’esquerra d’un nou estat”. Perfecto, también sabemos que sois inequívocamente independentistas, pero eso de l’esquerra ¿qué quiere decir exactamente? Porque hasta ahora mucha política de izquierdas no habéis hecho. La desorientación del tripartito, y de algunas conselleries de ERC, hizo que la experiencia acabara como el rosario de la aurora, y esa facilidad que tiene ERC para pactar a su conveniencia con CiU, a la gente verdaderamente de izquierdas, nos asusta.
Las otras fuerzas de momento sólo sabemos que van a dispersar voto y que su presencia parlamentaria, en cualquier caso, si se da, será anecdótica.
Ante todo eso, el elector independentista de izquierda, como yo, se queda anonadado ¿A qué esperan para aclarar todas estas dudas? Con luz y taquígrafos, en los medios de comunicación, convocando ruedas de prensa… ¿Tendremos que esperar a que empiece la campaña electoral para escuchar mítines prefabricados con la calculadora en la mano y para tratar de entender entre líneas? ¿Tendremos que seguir con angustia la noche electoral para saber cuántos votos le hemos regalado a CiU por imbéciles o por estrechos de miras? ¿Van a luchar las fuerzas de izquierda entre ellas por un imaginario bien limitado, en lugar de hacer, por lo menos, un informal frente común ante CiU?¿Van a faltar también esta vez las izquierdas catalanas a la llamada de la historia?
Si es así, quizás mejor que cambiemos el lema, de Catalunya, nou país d’Europa por Catalunya, un país de botiguers.

dimecres, 17 d’octubre de 2012

El independentismo no nacionalista

 “La patria y la religión son estupendas, si no te las crees”
Daniel Dennett

Vivimos en un mundo socialmente construído. Un mundo en el que hay árboles, piedras, animales… y religiones, naciones, familias… Los primeros están ahí, son reales y naturales, aunque los humanos hayamos intervenido para nombrarlos, clasificarlos y servirnos de ellos de mil maneras, incluso alterando su naturaleza. Los segundos no, son creaciones humanas, inventos, que nos han servido para vivir en sociedad, para organizarnos, para someternos y matarnos los unos a los otros, y tantas cosas más.

Como tales instituciones, o construcciones sociales, tienen su historia y su diversidad. La familia es la forma de organización social más antigua, pero presenta multiples formas a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo. No hay algo así como una familia natural. Los estados -que no las naciones- y las religiones -sin entrar en debates acerca del alcance del concepto-, se formaron fundamentalmente durante el Neolítico, con la producción de excedentes.

La nación, tal como la conocemos ahora, es una construcción social reciente. Procede de las Revoluciones Burguesas fruto de la Revolución Industrial y sirve para legitimar la pertenencia a una colectividad, la nación-estado, claramente jerarquizada y que se convierte en una suerte de divinidad, la patria.

Por supuesto, el término nación se ha utilizado antes con diversos sentidos, y se ha aplicado dubitativamente a sociedades no estatales mediante eufemismos como naciones primeras u otros conceptos igualmente sospechosos como etnia o grupo étnico. Con lo cual resulta que, en la humanidad, unos tenemos naciones-estado y otros tiene etnias o naciones primeras (por no decir tribus o sociedades primitivas). Mira, va como va.

Durante el proceso de construcción social de las naciones-estado se formalizan historias, símbolos, mitos y leyendas y todo tipo de materiales culturales que se moldean, se cortan y se pegan, se interpretan, se ocultan, se inventan descaradamente, según los casos, para crear una imagen nacional que pueda ser compartida por todos y que responda a los valores de las clases dominantes. Son procesos con frecuencia muy explícitos, en algunos puntos incluso surrealistas, pero que consiguen llegar a naturalizar la idea de patria y a forjar identidades y sentimientos a su alrededor.

Esto sucede tanto para las naciones con estado como para las naciones sin estado, pero con aspiraciones de estado, como sería el caso de España y de Cataluña o el País Vasco, respectivamente, o, en menor medida, de Galicia, porque no tiene una burguesía hegemónica lo suficientemente potente que demande un discurso nacional.

Por tanto,  las naciones son un artefacto, construído bajo la batuta de los poderes, para legitimar un estado, incluso en su sentido más común: un estado de cosas.

España, o mejor, las élites dominantes de España y su intelectualidad más o menos orgánica manipulan descaradamente las epopeyas medievales, los mitos románticos y sobre todo la historia. “En el reinado de Felipe II [se dice] en España no se ponía el sol” y nos imaginamos una nación-estado parecida a lo que conocemos actualmente. Para nada, lo que se debe entender es que en la finca privada de Felipe II, de la cual disponía más o menos a su antojo y que podía incluso dejar en herencia, no se ponía el sol. Y, si hubiese decidido dejar Castilla y sus posesiones de ultramar a un hijo y el Reino de Aragón y las suyas a otro, ahora, a lo mejor, catalanes, aragoneses, valencianos, mallorquines… formaríamos parte de una misma nación-estado separada de Castilla.

En Cataluña, donde se produjo el mismo proceso de invenciones, refritos, recuperaciones, etc, que en España (o Italia, o Grecia, o Escocia), es singularmente interesante el caso de la lengua. Cuando se firmó el tratado de los Pirineos en 1659, parte de lo hoy sería Cataluña, quedó bajo el dominio del rey de Francia. Es lo que ho conocemos como Catalunya Nord o Cataluña Francesa, que corresponde a algunas comarcas del departamento francés del Languedoc-Roussillon. En todo el dominió catalano-hablante se siguió hablando catalán con toda normalidad, pero, con la Revolución francesa y el Imperio Napoleónico -simplifico-, la escuela y la administración pública francesa consiguieron marginarlo muy eficazmente y, lo que es más importante, desprestigiarlo, quedó como un patois. En cambió, en la zona correspondiente a la monarquía española, aun a pesar del decreto de Nueva Planta de 1716, promulgado por Felipe V, que hacía obligatorio el uso exclusivo del castellano, la administración fue muy ineficaz y el catalán se mantuvo como lengua de uso, de tal forma que, en el siglo XIX, el nacionalismo catalán y su movimiento intelectual, la Renaixença, sólo tuvo que “adecentarla y normalizarla” para tener una lengua perfectamente presentable y erigirla en símbolo dominante de la identidad.

Abrevio. Quien quiera buscar en la historia, en supuestos rasgos diferenciales o en cualquier otro hecho objetivo, la legitimación de una nación que le autorice a proclamar la naturalidad de un estado, va listo. La única legitimidad posible procede del derecho a decidir, en última instancia del derecho individual al libre albedrío.

Pero ¿Cuándo se trata de una cuestión colectiva quién decide? Es bien simple: la colectividad. Fredrik Barth, en una obra clásica de la antropología (1969), daba en el clavo al remarcar como criterios determinantes para la identificación de un pueblo el que se reconocieran y fueran reconocidos como tal. En última instancia no haría falta ni eso, con la mera voluntad de identificación colectiva por parte de sus miembros, bastaría.

La colectividad, por supuesto, promueve elementos de identificación colectiva, principalmente la lengua, pero también otros hechos culturales -y si alguien a esto le quiere llamar nación, pero en su sentido originario de natio, está en su derecho-. Pero nadie dejará de ser considerado español porque no le gusten los toros, ni catalán porque no baile sardanas. El hecho determinante es el derecho a decidir.

Veamos un ejemplo en otro plano. Si en la Iglesia Católica un colectivo -no necesariamente territorial- quisiera separarse de la disciplina de Roma y seguir su propio camino, sin reconocer la autoridad del Papa ni de las jerarquías de la Iglesia, tal vez en el Vaticano pusieran el grito en el cielo, incluso podrían excomulgarlos (que vendría a ser como vetarlos en la Unión Europea), pero no podrían impedirlo ni ninguna razón les asistiría. Es más, estoy seguro que, tarde o temprano, establecerían relaciones fraternales, en nombre del ecumenismo.

Bien, pues es lo mismo que sucede con Cataluña, pueblo que se reconoce y es reconocido como tal en todo el mundo. El derecho que nos asiste a la independencia no radica en oscuros argumentos históricos, sino en nuestro libre albedrío colectivo, en el derecho a decidir. Y esto, si se produce, el Estado Español debería entenderlo sin aspavientos, porque no hay razón alguna que pueda evitarlo, sólo el ejercicio de la fuerza, es decir, en última instancia, la violencia de estado.

Yo nunca he sido nacionalista y me he dedicado además a estudiar el proceso de construcción social de las naciones -lo que me distancia mucho de cualquier posición esencialista-, pero siempre he sido un defensor de la libertad, y la autodeterminación de un pueblo, de una colectividad, es una expresión de la libertad. Hasta ahora, personalmente no había sentido la necesidad de ejercerla -bueno sí, durante el franquismo, pero entonces era una quimera-.

Ahora sí la siento, pero probablemente es porque el Estado Español, con el que hemos convivido pacientemente durante toda la Transición, vuelve a mostar su cara más oscura. Se retrotrae, tanto económicamente, como política, social y culturalmete a los tiempos del franquismo. Y aquí ya no hay entendimiento posible. No con los españoles de a pié, nuestros hermanos, sinó con las estructuras del Estado y los personajes que en el ámbito político, económico, militar, eclesiástico, mediático, judicial, etc., las encarnan.

Para mí y pienso que para millones de catalanas y catalanes no hay marcha atrás, y sin necesidad de acudir a argumentos pseudohistóricos o pseudoantropológicos. Como decía Raimon, nosotros no somos de ese mundo, nosaltres no som d’eixe món.


dijous, 11 d’octubre de 2012

¡Malditos políticos!

Cuando la dictadura del capitalismo financiero nos oprime, nos despoja de todos nuestros derechos individuales y colectivos, hipoteca el bienestar de nuestros mayores y el futuro de nuestros hijos y nos arrastra a situaciones donde queda mancillada nuestra propia dignidad… nuestra única esperanza es la política.

Vivimos en regimenes democráticos, la soberanía reside en el pueblo y los políticos son nuestros representantes, elegidos mediante nuestros votos para ejercer el poder -el único poder legítimo- en nuestro nombre y al servicio del bienestar colectivo. En sí mismos no son nada, simples depositarios de nuestra voluntad y de nuestras opciones. Personas, se supone, ejemplares, que desempeñan estas funciones por su voluntad de abnegado servicio a la colectividad.

Esto es así de la misma manera que el personal sanitario desempeña sus funciones al servicio de la salud de las personas,  los cuerpos de policía lo hacen al servicio de nuestra seguridad o los educadores y educadoras al servicio de nuestra formación, y singularmente la de nuestros hijos.

Sin embargo, con frecuencia olvidamos este carácter de servicio público, especialmente en el caso de la política. Igual que un médico o un profesor -o más porque no ha sido elegido especialmente por sus aptitudes sino por sus propuestas, por su programa-, un político no puede hacer lo que le de la gana, sino que debe atenerse al pacto establecido con el pueblo cuando es elegido.

Tenemos una democracia altamente imperfecta, pero deberíamos poder pasar cuentas con nuestros políticos con una cierta periodicidad, no sólo mediante un voto cada cuatro años para cambiar a unos por otros.

Hace apenas un año, España votó mayoritariamente al PP que se presentaba con la afirmación de que la crisis en España se debía fundamentalmente a la mala gestión de Zapatero y con la promesa de acabar con ella y reactivar la economía, sin más recortes. Su política ha sido exactamente la contraria: nos han hundido más en la crisis, se han puesto abiertamente al servicio del capital y han cruzado todas las líneas rojas de los recortes, sin que en ningún momento les pasara por la cabeza que debían rendir cuentas, que debían preguntar, al menos a quienes les habían votado, si estaban de acuerdo en que utilizaran el poder que habían depositado en sus manos para seguir por este camino.

Lo mismo puede decirse del PSOE ¿Ha validado en algún momento su política de oposición blanda -“responsable” dicen ellos-, al menos con sus votantes? Y otros grupos, como Izquierda Unida -yo les voté- ¿nos han preguntado en alguna ocasión si debían seguir el juego perverso de los gandes partidos o denunciar -dentro y fuera del parlamento- la pantomima y la usurpación de poderes que se estaba llevando a cabo?

Francamente, he echado de menos a políticos de verdad, que rindieran explicaciones permanentes al pueblo, que le consultaran en las grandes decisiones, que denunciaran a gritos el uso autoritario de la legitimitad democrática que estaba haciedo el gobierno, que forzaran situaciones de ruptura. Todos acurrucados como conejos -haciendo reverencias o poniendo mala cara, qué más da-, mientras los amos del mundo nos esclavizaban y nos chupaban la sangre. Y así sigue. Ni siquiera con los trescientos espartanos del paso de las Termópilas hemos podido contar.

¡Que se vayan ya! No por los privilegios y prebendas que puedan tener -ya no viene de aquí-, sino porque no cumplen en absoluto con su papel, porque han pervertido el sentido de la política en democracia, porque se han convertido en unos autistas y, en consecuencia, en unos autócratas.

Ahora -además de en Galicia y el País Vasco- tendremos elecciones en Cataluña, y pasará lo mismo. ¿Será capaz Artur Mas de decir claramente en campaña que no va a luchar por la independencia de Cataluña -no por el “pacto fiscal” ni por las “estructuras de estado”, por la independencia-? Y ¿si gana dejando que los electores piensen que va a defender claramente la independencia y no lo hace, tendrá la mínima decencia democrática de dimitir y convocar nuevas elecciones? ¿El PSC piensa realmente dar algún paso contundente hacia el federalismo que pregona -como por ejemplo hacer que se incluya en el programa del PSOE, o de lo contrario separarse-, o simplemente es un sucio ardid para minimizar la pérdida de votos? ¿ERC -que sí luchará por la independencia- recordará que es ante todo un partido de izquierdas y se presentará con un programa claramente dirigido a recuperar la justicia social y el estado del bienestar? ¿Y, si es así, velará porque esto se cumpla? ¿Qué hará ICV a parte de esconderse? ¿Si hay un clamor que pide independencia y justicia social, por qué no lo recogen los partidos de izquierdas en una amplia plataforma?

No, hasta ahora es cierto que no nos representan, pero esto significa ni más ni menos que no vivimos en democracia. La política y la democracia son la última frontera del pacto social y de la paz. Están jugando con fuego. Si los políticos no cambian radicalmente su proceder, y la crisis, la ofensiva capitalista, sigue depauperando a la población y sumiéndola en todo tipo de agravios y humillaciones, ya sólo queda la legítima rebelión del pueblo.


Estamos menos lejos de lo que muchos piensan de las revoluciones de la primavera árabe. Y, como me recordaba ayer una amiga, ninguna revolución es pacífica.



dimecres, 10 d’octubre de 2012

Un poco de luz para alejar fantasmas

[Reproduzco aquí este texto, que he publicado en facebook, para introdicir un poco de racionalidad en el debate y despejar dudas]
 
Que quede muy claro y que no se haga demagogia con esto: La independencia de Cataluña no implica en absoluto la marginación del castellano ni de la diversidad cultural.

Que cada cual se exprese como quiera y mantenga la identidad que quiera. ¿Cómo iba a ser de otra manera? ¿Cómo va a perder Cataluña la riqueza del castellano y de la pluralidad de las culturas? Cataluña debe ser una sociedad trilingüe, para el futuro -catalán, castellano, inglés- y acogedora como siempre, o más en la medida en que lo pueda gestionar directamente.

Y debe mantenerse la opción a la doble nacionalidad para quien quiera, en razón de sus raíces o lo que sea.
Cataluña será además una sociedad solidaria con todos los pueblos de la tierra, y más con los pueblos de España, que son pueblos hermanos. Emanciparse no significa cortar con la familia a menos que la familia corte con uno.

Y todo eso es así porque la independencia de Cataluña será de izquierdas o no será.

CiU no quiere, ni ha querido nunca, la indepencia -tal vez sí munchos de sus votantes que se tragan su discurso interclasista-. CiU quiere el poder en Cataluña y fuerza en España para negociar el pacto fiscal.
Por eso nuestra misión como pueblo catalán, vengamos de donde vengamos, hablemos como hablemos, es sobrepasar a CiU en las elecciones y conseguir la independencia de Cataluña para acabar con la estafa de la crisis y constituirnos en un referente y un aliado para todas las fuerzas progresistas de España, de Europa y del mundo que quieran también liberarse de la dictadura del capital.

No os dejéis engañar por discursos oscurantistas que sólo hacen el juego al sistema: la lucha ahora está aquí, el 25 N, y es una lucha de todos y todas, podemos con ellos y si no caen al primer embite, caerán al segundo, porque tendrán que decepcionar a gran parte de sus propios electores.

¿Se podría conseguir algo así en una sociedad del tamaño de España? Ya lo sabemos, como mucho cambiar a Rajoy por Rubalcaba.

Catalanes y catalanas, vengamos de donde vengamos, tenemos ante nosotros la posibilidad de cambiar nuestras vidas y empezar a cambiar el mundo.

¿Véis alguna otra salida real?

Pues no os dejéis embaucar por amedrantamientos y profecías. ¡Actuad!

dijous, 4 d’octubre de 2012

Punto de no retorno

En toda situación catastrófica y en muchos procesos y relaciones hay, o se puede alcanzar, un punto de no retorno. Un punto, más allá del cual las cosas van a cambiar sí o sí, para bien o para mal, pero nunca van a recuperar el estatus anterior y, por tanto, se debe pensar, con rigor e imaginación, en escenarios nuevos y actuar decididamente para hacerlos posibles.

Desde que empezó la crisis, provocada y perpetuada por la insaciable avaricia de los poderes económicos, son muchos los puntos de fractura y de no retorno que se han producido.

Ya nadie, hoy en día, confía en los bancos ni en las instituciones nacionales e internacionales de supuesta regulación económica, ni volverá a confiar jamás. Ya nadie confía en una convivencia pacífica entre las grandes fortunas y la justicia social.

Pero, y esto es mucho peor, ya nadie confía en los estados como marco de convivencia y de justo arbitraje de la vida común. Los estados son vistos como meros instrumentos del capital.

Poco importa qué partido esté dirigiendo el estado en cuestión, por lo menos en aquellos, como en España, donde la voracidad del capital se ha encarnizado con el pueblo con la complicidad de unos y otros.

En España, el PSOE jamás podrá ser visto como una alternativa de izquierdas, cuando se ha plegado -gobernando- a la dictadura del capital y ha dejado -en la oposición- que el Partido Popular arremetiera contra el pueblo con ensañamiento y causara una verdadera carnicería, ante la cual apenas ha formulado alguna imperceptible protesta.

El Partido Popular ha entrado en el redil disfrazado con piel de cordero y después nos ha arrancado a dentelladas los derechos sociales más elementales, la capacidad casi de supervivencia y la esperanza. Y además, no sólo sin ninguna perspectiva de recuperación, sino enseñando contínuamente las fauces ensangrentadas y sacando pecho autoritario con unas maneras de legislar y gobernar, propias, tanto por la forma como por el contenido, de los regímenes autoritarios más crecidos. En no pocas ocasiones, ha habido en el Partido Popular actitudes y manifestaciones parafascistas.

Tampoco tienen fácil retorno los partidos de izquierdas, ni los sindicatos, que, ante una masacre de tal magnitud, han mostrado una actitud cuanto menos tibia.

Y mucho menos instituciones o mitos de la democracia española, como la monarquía, la Transición, la constitución o la unidad de España.

La monarquía ha perdido toda su legitimidad. No sólo por los escándalos e inoportunas intervenciones que ha protagonizado en este período, sino porque se ha mostrado perfectamente incapaz de actuar como último garante y defensor del pueblo, único rol que justifica la existencia de una jefatura del estado ajena a la representación democrática. La monarquía era seguramente la única institución que tenía la capacidad de llamar a capítulo a los poderes económicos y políticos y forzar una situación en que fuera posible la convivencia, so pena de romper el statu quo, denunciarlo públicamente, y obligar a abrir el proceso constituyente de un nuevo pacto social. Y no es que no lo haya hecho por prudencia ¿para qué? Si sólo vamos a peor. No lo ha hecho porque está con ellos. Monarquía, poderes económicos y poder político han actuado al unísono.

Y para ello se ha apelado a espíritu de la Transición y a la constitución española como libro sagrado e intocable. ¿Qué espíritu de la Transición? La Transición fue un bodrio en el cual las izquierdas nos comimos todos los marrones imaginables para salir del franquismo, cosa que no estaba ni mucho menos clara, y para muestra el 23 F. ¿Qué transición es ésta en que se viene de una legitimidad democrática republicana y, después de una sublevación fascista y casi cuarenta años de dictadura, nos deja  en un régimen monárquico, con el jefe de estado, el Rey, elegido y educado por Franco y sus ideólogos, en detrimento incluso de la sucesión monárquica natural? ¿Qué Transición es esa en que todos los altos cargos del franquismo, corresponsables de la dictadura, algunos incluso con las manos manchadas con la sangre de los asesinatos de estado, la represión, los exilios, las desapariciones… no sólo no son detenidos y juzgados, sino que ocupan cargos de relevancia, aun hoy en día, en instituciones del estado y especialmente en la empresa pública y posteriormente privatizada? ¿Qué transició es esa en que el ejército mantiene los mandos y estructuras del franquismo, que le permiten constituirse en una amenaza permanente, en un agente político como no existe en ningún regimen democrático? ¿Qué Transición es esa en que, para evitar reconocer la singularidad de Cataluña, se crea un insostenible y kafkiano estado de las autonomías -inventadas muchas ellas de prisa y corriendo y sin que jamás se lo hubieran planteado-, cuando, entre otros cosas, Cataluña se avanzó en la declaración de la República -aunque después fuera reprimida por la República Española- y ha sufrido un etnocidio incomparable durante la época del franquismo? Al País Vasco, por lo menos, se le compensa con un mayor autogobierno, mediante el concierto económico, no por ninguna razón histórica, que como hemos visto se ignoran olímpicamente, sino por la existencia de ETA, en un intento -fallido- de apaciguamiento, del cual se beneficia también Navarra -Nafarroa-, parte de Euskal Herría también para los soberanistas vascos.

Y todo eso, y muchas cosas más, se reflejan en una constitución lastrada por esa realidad, una constitución que no se hizo en libertad, que en aquellos momentos parecía a muchos una buena solución. No a todos: recuérdese el debate encendido entre reforma y ruptura. Obviamento los rupturistas perdimos, el franquismo seguía muy vivo, y la oposición no votó la constitución: se abstuvo. Yo no voté la constitución, pero tampoco podíamos votar en contra porque aquello era un trágala: o reforma o continuismo.

Mientras el nivel de vida y el estado del bienestar han funcionado, muchas de estas cosas se han dejado en el olvido, como adormecidas. Los jóvenes no habían conocido nada más y les parecía normal, los viejos habíamos vivido la dura travesía del franquismo, y no, contra Franco no se vivía mejor. Si alguna vez hemos tenido la sensación de pensarlo, es porque entonces éramos jóvenes y nos queríamos comer el mundo, pero el franquismo nos arrebató a todos y a todas parcelas de vida irrecuperables...


Y ahora, entre los puntos de no retorno, surge el insostenible encaje de Cataluña en el Estado español... Por tres razones:

a.- por el continuo agravio a que se ha visto sometida por parte del estado y de un anticatalanismo difuso pero cierto que se ha vivido en España. Hace unos años, de vacaciones en Asturias, al llegar y parar para comer algo, nos recibió un grafiti -que nadie se había molestado en borrar- que pedía boicot a los productos catalanes; en Zamora, en una terraza de un bar, un camarero nos advirtió amablemente que, si hablamos en catalán, lo hicieramos mejor flojito, porque la gente se molestaba; en Galicia, un matrimonio mayor con el que entablamos una cierta amistad, nos decían que no se atrevían a venir a Barcelona, porque sólo hablabamos en catalán y no entenderían nada… todo ello es demencial. Un verdadero Celtiberia Show, que se perpetúa en los medios.

b.- Porque Cataluña es un territorio muy denso e hiperactivo, extremedamente necesitado de infraestructuras y servicios de todo tipo para atender tanto a la economía como a la poblacón -mucha de ella inmigrante- y se halla economicamente discriminada, en negativo y de un modo permanente por el estado. La solidadridad no es una cuestión territorial, sino poblacional, y a los catalanes -ya vengan de Cataluña, de Extremadura o de Senegal- se les debe garantizar la misma calidad de vida que a cualquier otro ciudadano del Reino de España, y

c.- porque existe una amplia voluntad de autogobierno y la convicción de que Cataluña, con sus propias armas, tiene la capacidad de combatir el embate neoliberal que nos asola.

Todo eso debería ser motivo de celebración y apoyo por parte de todas las personas progresistas de España y del mundo. Como sucedió con Islandia. Hay un pueblo, que está decidido a tomar las riendas en sus manos e intentar construir un futuro mejor. Está claro que esto no se va a conseguir en España: no hay la correlación de fuerzas necesaria, pero sí se puede conseguir en Cataluña, en cuanto una situación de normalidad obligue a las fuerzas políticas a definirse no en clave identitaria sino social.

No tiene porque haber ningún conflicto con España. Amamos a España, por lo menos yo amo a los pueblos de España, sus tierras y sus gentes, y tengo ahí algunos de mis mejores amigos. Yo no quiero distanciarme de España, sólo independizarme de su estado. Y eso no debe suponer ningún problema para nadie, tampoco para las personas que, viviendo en Cataluña, con hijos que tal vez se identifican como catalanes, o no, mantienen sus raíces y gran parte de su identidad en otros lugares de lo que hoy es España, incluso en otros países: para eso se ha inventado la doble nacionalidad! Yo no le voy a pedir a una persona de Aragón, por ejemplo, que elija entre ser catalán o aragonés. Le voy a pedir que ayude a que Cataluña pueda gobernarse con independencia y que mantenga su identidad (la que quiera) y el derecho a la doble nacionalida que le permita vivir como catalán en Cataluña y como español –de momento- en Aragón.

Son falaces los argumentos que oponen la independencia al internacionalismo. El internacionalismo se debe basar en la independencia de los pueblos y los actuales estados nación no sólo no fomentan el internacionalismo sino que representan aparatos lo suficientemente potentes sobre países demasiado grandes como para permitir que escapen a ningún precio de las garras del neoliberalismo.

En Cataluña no hay nada hecho, pero, con independencia y justicia social, dos metas a conseguir pero alcanzables, se puede abrir el camino a otros pueblos. Por supuesto que no con la política neoliberal de CiU, pero es que ni CiU quiere la independencia ni los verdaderos independentistas queremos a CiU, sí a muchas personas que votan a CiU porque les han colado el interclasismo en clave identitaria.

Y sino, quien insista en hacer de oráculo y predicar la unión mundial de los trabajadores, abocándonos a una estrategia estéril, que sobrepase el estado-nación y plantee la lucha para crear unos estados unidos de Europa en cuyo proceso constituyente la población podamos tener un papel decisivo. Pero más inmovilismo o movilización para consumo interno, sin repercusiones efectivas, no, estamos cansados.

He escrito este artículo, que se pasa de post por su extensión, lo siento, con una enorme tristeza. La tristeza que me produce comprobar que, cuando, desde una trayectoria izquierdista que procede de mi más tierna juventud y se ha mantenido afortunadamente incólume, planteo caminos distintos para alcanzar los mismos fines y estos pasan por la independencia de Cataluña, recibo críticas y ataques a porrillo de la misma gente con la que comparto los ideales que un día se llamaron de los indignados o del 15 M. Me cuesta muchísimos entenderlo, parece que el factor identitario, en este caso el españolismo, pase por encima de todo y esto me provoca desazón.

Y me duelen más que nada no tanto los insultos y los bloqueos, que los he recibido -pocos-, los lugares comunes, los argumentos falaces y simplistas -tanto que resultan increíbles como tales-, que también he recibido -más-… como el silencio clamoroso y sangrante de tantas y tantos compañeras y compañeros de ese entorno.

Si supiera llorar, lloraría.