dijous, 27 de desembre de 2012

Fin de etapa

Cada semana escribo una reflexión es este blog y mando el enlace a una multitud de grupos que me han ido incorporando.

Desde que empecé a escribir el blog en otoño del año pasado, básicamente he defendido dos causas, ambas desde la misma actitud ideológica de oposición a la dictadura del capitalismo y a las medidas que nos han impuesto sus gobiernos y a favor de recuperar la justícia social y el estado del bienestar con la mirada puesta en otro mundo posible y mejor.

Al principio concentré mis esfuerzos en el intento de dar visibilidad al malestar de la población mediante acciones sencillas, asumibles por todo el mundo, pero con un potencial de efectividad muy grande, a mi entender, en la medida en que podía constituir una manifestación permanente y cohesionar a la población en torno a unos problemas comunes, frente a unas agresiones comunes.

Pedía cosas tan sencillas, y creo que tan necesarias, como lucir todas y todos una misma chapa o encartelar nuestros balcones permanentemente con nuestras denuncias, sacar la crisis, permanentemente a la calle, mediante nuestras propias personas y nuestras casas, para abordar después otras acciones. La invisibilidad cotidiana del malestar, la fragmentación de las protestas, todo eso, no ha hecho más que favorecer a nuestros verdugos. Entendía que era, y sigue siendo, necesario, generar una actitud constante de protesta masiva y pacífica.

No fue posible. Llegamos a crear un grupo de facebook desde el cual editamos chapas y manifiestos, con toda ilusión e ingenuidad. Lancé una llamada al compromiso individual para mantener pancartas en nuestros balcones y ventanas denunciando todo lo que nos están haciendo… pero ninguna de estas iniciativas tuvo un seguimiento mínimamente significativo.

Denuncié el hecho de quedarnos únicamente en la queja y la denuncia en internet, el opio del pueblo indignado, y la escasa beligerancia -no necesariamente violencia- de las manifestaciones… Nada, muchas y muchos me daban la razón, pero nadie cambiaba sus actitudes, sus actuaciones en grupúsculos que para nada preocupan a los mandarines. Parece que, como el pueblo bíblico de Israel, estuviéramos esperando al mesías, sin querer darnos cuenta que el único mesías posible estaba en cada una de nosotras, en cada uno de nosotros.

El verano pasado, olvidadas ya las alegrías del 15 M y con el PP bien asentado y el país convertido en una carnicería, mis esperanzas de conseguir, no ya cambiar algo, sino evitar lo que estaba por venir, estaban por los suelos.

En aquel momento surgió con fuerza el movimiento soberanista en Cataluña. Un posicionamiento que el gobierno de CiU quería utilizar como apoyo a las negociaciones del pacto fiscal, se convirtió en un movimiento multitudinario que confluyó el 11 S en la mayor concentración popular que se haya visto jamas en España. La manifestación desbordó ampliamente las pretensiones de CiU de apoyo al pacto fiscal, incluso las de la oficialmente convocante Assemblea Nacional de Catalunya de pedir que Cataluña fuera un nuevo país de Europa. El único grito que se escuchó durante toda la tarde-noche y que hacía retumbar las piedras de las calles y los edificios de Barcelona era “independència”: in-inde-inde-penden-cià.

En Cataluña siempre ha habido un claro sentimiento identitario, muy vinculado a la lengua, y también a otros símbolos políticos y culturales. Y ese humus mayoritario ha alimentado un sentimiento y un proyecto independentista que, hasta ahora, había sido significativo pero minoritario.

En la manifestación del 11 de septiembre estaba ese sentimiento y ese proyecto histórico, pero estaba sobre todo la convicción de que Cataluña no es eso, de que para poder hacer frente a la crisis había que librarse ante todo de esa España negra del PP que nos retrotraía al franquismo, y estaban también toda una retahíla de agravios que se habían venido sucediendo durante siglos y que siempre habían acabado igual: con el sufrimiento de los catalanes.

Por no remontarnos más allá, en la manifestación estaba la humillación de la Transición tutelada por el franquismo, estaba una Constitución que no contemplaba para Cataluña mayores libertades que las de cualquier región, dentro de un sano regionalismo bien entendido, una mera descentralización administrativa, estaba una incomprensión constante de la importancia y de la necesidad de defensa y proyección de la lengua catalana, siempre tratada con cicatería, estaba un desequilibrio fiscal que iba mucho más allá de la solidaridad y la justicia y que alimentaba una mala administración de los gobiernos central y autonómicos -unos más que otros-, estaba esa sensación de que en Cataluña, además, no se invertía un euro, que los ciudadanos catalanes pagaban más por todo y en cambio no disponían de las infraestructuras necesarias para desarrollarse mejor, estaban los recursos continuos al constitucional para frenar cualquier iniciativa que permitiera crecer a Cataluña, la altanería de unos políticos que decidieron “cepillarse” el nuevo estatuto del que el pueblo se dotó y que aún después lo liquidaron en un Tribunal Constitucional caducado y politizado hasta la médula, estaban ritmos muy distintos para enfrenter los retos de la historia, e incluso el inusitado ahínco con que se perseguía cualquier intento de formar una selección catalana de cualquier deporte, mientras el país se henchía de orgullo patrio con los éxitos de la roja de fútbol o de baloncesto, plagadas de catalanes… Todo esto y mucho más estaba en la calle.

El president de la Generalitat, Artur Mas, no quiso ignorar la petición colectiva y, en un gesto que le honra, convocó inmediatamente elecciones al parlament pidiendo a la ciudadanía de Cataluña, una “mayoría extraordinara” para afrontar un proceso que condujera al pueblo catalán a un referéndum de autodeterminación. Eso, conviene recordarlo, después de hacer un último intento con Mariano Rajoy para, a la vista de cómo estaban las cosas, pedir de nuevo el pacto fiscal. La derecha española no sólo no le escuchó, sino que le demonizó y amenazó a Mas y a Cataluña con todos los males del Apocalipsis si decidían seguir esta senda. A la socialdemocracia española, incluso a la izquierda, le falto tiempo para ponerse en contra de la indepencia de Cataluña: “Cataluña es España”, decían unos y otros sin que se sepa muy bien en que democráticas razones se apoya eso. Y aquí se creó una situación de no retorno.

Sin embargo el proceso era imparable, el pueblo había tomado la palabra, y era la primera vez que lo hacía con tal contundencia y una idea tan clara desde que empezó la crisis. Podía haber todo tipo de matices pero la idea central y ampliamente compartida era diáfana: “nos vamos de España”. Creo que ni tan siquiera los movimientos indignados, del 15 M, asamblearios… altermundistas en general, fuera de Cataluña, supieron ver la ocasión histórica, no sé si por falta de información o de capacidad de análisis o porque les cegaba un internacionalismo más españolista de lo que estaban dispuestos a reconocer. “Primero hay que luchar por los derechos sociales, después ya vendrá el derecho a la autodeterminación” decían, sin advertir, aparentemente, que esa guerra, por ese camino, la habíamos perdido ya hace tiempo. “Váis a caer en las redes de la burguesía catalana”… Ese fue un error muy corriente, tanto por parte de los medios y los políticos españoles como por parte de los movimientos alternativos: confundían el afán de independencia de todo un pueblo con las aspiraciones que atribuían a Mas. Atacaban a Mas como si fuera una especie de nave nodriza y los colegas altermundistas nos advertían de que estábamos abducidos por ella y haciéndole el juego. Ignoro si Mas tambien participaba de esta idea y pensaba acumular todo el poder en sus manos para poder decidir el qué, el cómo, y el cuándo de este proceso. Me gustaría creer que no.
El caso es que el pueblo actuó con sabiduría. Obviamente, en ese grito colectivo del 11 S estaba también todo el sufrimiento que le había producido la política neoliberal que Mas y su gobierno también habían estado aplicando sin ningún rubor. Queremos la independencia para salir de la crisis, no para continuar en ella. Así, CiU, la formación encabezada por Artur Mas, no sólo no consiguió una mayoría extraordinaria, sino que perdió doce escaños y con ellos, la mayoría absoluta de que disfrutaba. Pero el soberanismo, en cambio, sí consiguió esa mayoría extraordinaria, un soberanismo que giró a la izquierda para apoyar a Esquerra Republicana de Catalunya, Iniciativa per Catalunya e incluso una formación altermundista pero ferozmente independentista como la CUP. CiU y ERC suman, sin contar con otros apoyos, 71 diputados, una amplia mayoría absoluta y, después de las declaraciones del PSC desmarcándose del unionismo del PSOE, en el parlamento de Cataluña sólo hay 28 diputados contrarios al referéndum de autodeterminación (PP y Ciutadans) de un total de 135.

Ya he explicado en diversas reflexiones anteriores en este mismo blog como pensaba que esto abría un camino, señalaba un punto de luz hacia el que avanzar para conseguir una Cataluña independiente y socialmente justa, una nueva Islandia en el seno de la Unión Europea, pero con una dimensión y relevancia imposible de ignorar y como eso podía constituir un estímulo para tantos otros pueblos y obligar a modificar ciertos inamovibles dogmas económicos del neoliberalismo.

Nada de eso va a ser fácil, por supuesto. Hay que lucharlo día a día, palmo a palmo. Por eso en parte pongo fin a la presente etapa de este blog, para centrarme, sin solución de continuidad, en la siguiente: la lucha por la independencia y la justicia social en Cataluña. Aunque en las elecciones del 25 N voté a Esquerra Republicana, y estoy muy satisfecho de haberlo hecho y pienso que, en estos momentos, es una formación claramente de izquierdas -socialdemócrata si se quiere- que va a desarrollar una política sólida y coherente (dentro de los estrechos márgenes que nos permite la subordinación a la legislación española y a la política de su gobierno), a pesar de todo eso, mi corazón altermundista está con la CUP, la Candidatura de Unitat Popular. Al final de este artículo dejo un enlace con el discurso que pronunció el representante de la CUP en el parlament (donde de momento tienen tres escaños) y que suscribo plenamente -o casi-, como horizonte político.

Soy consciente que he estado mandando enlaces de mis artículos a muchos grupos del resto de España y de otros países a los que seguramente nuestra lucha cotidiana por avanzar hacia la independencia y la justicia social no les interesa, incluso les molesta tal vez en algunos casos. Por tanto, después de éste, ya no voy a colgar ningún otro enlace en grupos de fuera de Cataluña y voy a seguir publicando mis artículos en clave interna y en catalán, lo cual puede hacerlos más ágiles y espontáneos al ser mi lengua propia, aquella en la que pienso, sueño y me expreso mayoritariamente. Por supuesto, si alguien quiere seguir recibiendo mis enlaces, grupo o persona, sólo tiene que comunicármelo y se los remitiré puntualmente con mucho gusto.

Ahora es el momento de centrarse en esta lucha y no quisiera molestar a nadie por ello. Una lucha que creo sinceramente que es de todos, que no porque se produzca en un pequeño país deja de tener trascendencia para el resto de la humanidad, y mucho menos para mis hermanos españoles. Así lo espero, por el bien de todos, deseadnos éxito y hasta pronto.



http://ves.cat/bUW5 [Discurso de David Fernández, CUP, en la sesión de investidura del president Mas en el parlamento catalán]



dimecres, 19 de desembre de 2012

¿Por qué está usted en contra de la independencia de Cataluña?

El independentismo ha crecido mucho en Cataluña y de hecho se configura como el único proceso que tiene capacidad para cambiar la realidad socioeconómica que sufrimos o malvivimos, y que algunos disfrutan a nuestra costa. Yo creo, y así lo he sostenido repetidamente, que, además, abre un camino hacia el cambio para otras sociedades sometidas a la dictadura del capitalismo financiero, y, en primer lugar, a la sociedad española.

Tener por delante un camino  que, frente al estancamiento actual, a la asfixia social que vivimos y que amenaza generaciones, puede constituir una vía alternativa para alcanzar un mundo mejor es, cuanto menos, motivo de ilusión, por eso, no diré que me sorprende, pero sí que me preocupa, que, si nos atenemos a los resultados de las últimas elecciones autonómicas, más de un tercio de los catalanes se muestren reacios o abiertamente contrarios a iniciar esta aventura. Será que yo tengo mucho espíritu aventurero, pero, si me hubieran arrojando en un pozo negro y me hallara con la mierda hasta el cuello, y subiendo, me agarraría con todas mis fuerzas al primer cable que me echaran. Sin embargo, parece que aún hay demasiada gente que prefiere que nos hundamos todos juntos en lugar de escapar y salir corriendo a buscar ayuda. Si es Islandia está bien, pero si es Cataluña no.

¿Por qué hay quien se opone a la independencia de Cataluña? Un pequeño grupo, sin duda, por odio y resentimiento, pero ese pequeño grupo vamos a dejarlo al margen, con el odio y el resentimiento no se construye nada, ni en Cataluña, ni en España ni en parte alguna, pero pienso que, afortunadamente, no es significativo.

Las razones de mayor peso, y perfectamente comprensibles, son las de quienes se sienten españoles, únicamente o antes que nada españoles, un sentimiento perfectamente respetable; las de los que creen que por la vía de la independencia no llegaremos a ninguna parte, una opinión también perfectamente respetable; y la de los que temen que una Cataluña independiente no sea solidaria con España y esto agrave las condiciones de vida del pueblo español, temor tan respetable como las actitudes anteriores.

A quienes se sienten únicamente españoles, o españoles y catalanes, les diré que no por eso tienen que dejar de apoyar la independencia de Cataluña. En primer lugar, porque no tienen que renunciar a nada, ni a su lengua, ni a su cultura, ni a su nacionalidad… todo seguirá como hasta ahora. A nadie se le ha pasado por la cabeza que nos dejemos perder la lengua y la cultura catalana, que es una riqueza irrenunciable para Cataluña, ni que dejen de llegar a Cataluña las televisiones, la prensa o internet en castellano. Vamos a estar cmpletamente dentro de la esfera del mundo español y latinoamericano, tanto en lo comercial, como en lo cultural y en lo afectivo. Nadie va a tener que dejar de usar su lengua y, como siempre, nos entenderemos en catalán y castellano, igual que ahora, sin problemas, y las nuevas generaciones no sólo eso sino que podrán moverse por el mundo en inglés, con la misma eficacia que ahora lo pueden hacer en nuestras lenguas. La independencia que se quiere de España es una independencia política y exclusivamente política. Con ella, Cataluña podrá funcionar mejor, volver a ser una sociedad próspera y, por tanto, además, como otras veces, un motor que ayude a España a salir del pozo, cosa que ahora, con los gobiernos de España empeñados en unas leyes erráticas y al servicio exclusivo de los potentados y los poderosos, es imposible. Ningún español será extranjero en una Cataluña independiente (la doble nacionalidad se usa con normalidad en diversas partes del mundo), ni ningún catalán tendrá que abandonar España, sus lazos y sus afectos, por el hecho de formar parte de una Cataluña independiente. En la práctica tan sólo se notará en que dejaremos de depender del gobierno de Madrid para tomar nuestras decisiones.

Quienes piensen que por la vía de la independencia no llegaremos a nada que recuerden, o pregunten a sus mayores, como Cataluña se convirtió en una tierra de prosperidad y modernidad contra viento y marea, aun en cirscunstancias tan difíciles como el franquismo. Por eso los catalanes tenemos procedencias tan diversas, porque aquí encontramos muchos el trabajo y el futuro que no se daba en otras partes de España. Cataluña ha seguido tirando de España muchos años, siglos en realidad. Pero una cosa es tirar de España y otra tirar de los bancos, de los evasores fiscales, de unas instituciones pesadas y caducas que se llevan todo el dinero de los trabajadores…, de Bankia, de Díaz Ferrán, del Senado… Hay que soltar ese lastre para poder progresar, para poder recuperar el trabajo, la vivienda, el bienestar social. Todo esto, ciertamente, podría seguir en peligro si en Cataluña gobierna la derecha, CiU o el PP, que son los partidos de los ricos, pero Cataluña ha demostrado una y otra vez, en las elecciones generales, que era un país progresista, y un país progresista hace leyes progresistas y hace que, si hay que conseguir más ingresos o reducir el gasto, esto salga de los que más tienen y no del pueblo. En las elecciones autonómicas ha ganado durante muchos años CiU, eso es cierto, pero porque se aprovechaban precisamente de la dependencia de Madrid y se presentaban como el único partido que iba a defender nuestros intereses, pero, en una Cataluña independiente, CiU ya no puede jugar esa carta y el pueblo catalán sabe muy bien que sólo con una política de progreso y justicia social recuperará el bienestar. En las últimas elecciones ya se ha intuido esa deriva.
Por otra parte, una Cataluña próspera y socialmente justa no puede ser ignorada ni por España ni por Europa, representa una de las regiones más productivas de Europa -ahora ahogada por el gobierno español-, tierra de paso y con una balanza de intercambios económicos con España y con Europa que nadie, se diga ahora lo que se diga, podrá soslayar en su momento. Una Cataluña independiente está condenada a entenderse con España y viceversa y formará parte -si quiere-, de la Unión Europea, porque cae por su propio peso y nadie puede sostener seriamente lo contrario.

¿Será solidaria una Cataluña independiente con España? Alguien decía uno de estos días que más que de solidaridad habría que hablar de justicia. Cataluña es actualmente muy injustamente tratada por el gobierno español, y en muchos frentes. Todos los catalanes y las catalanas lo sabemos, nos llamemos como nos llamemos y vengamos de donde vengamos. Actualmente Cataluña es solidaria -por la fuerza- con los recortes y los ajustes del mal gobierno español, con los ricos, con los bancos y con las instituciones, pero no con el pueblo, porque quien redistribuye es el gobierno español y al pueblo sólo le da paro y nuevas cargas que soportar. No queremos eso. Una Cataluña independiente, por una parte, puede ser el mejor socio comercial de España, ser de nuevo esa locomotora que mencionábamos hace un momento, puede facilitar que se reproduzca la ayuda directa entre familiares, com se ha hecho en otros momentos. Però, además y sobre todo, si somos capaces de poner a un gobierno progresista al frente de la nueva Cataluña independiente, tendremos de nuevo una sociedad justa y próspera y ésta es la mayor contribución que podemos hacer al bienestar de España, y de otros pueblos, demostrar que la justicia y la prosperidad son posibles, que la crisis no es una catástrofe ni un castigo divino, sino una estafa de los ricos y que se puede revertir. La sociedad española es lo suficientemente inteligente y audaz para aprovechar este ejemplo y apoyarse en él, como se hizo en su día con el Portugal de los claveles. Con una Cataluña justa y próspera, la macroestafa de la crisis tiene los días contados, porque Cataluña no es un rinconcito del mundo como Islandia, sino una importante región europea de siete millones y medio de habitantes, y todo el mundo sabe sumar dos y dos.

Que todo esto se produzca depende tanto de usted, de tí, como de mí, catalanes los dos. La independencia es buena para Cataluña, para España y para los pueblos en general, pero la indepencia es cosa de todos. Sin usted, sin tí, no haremos nada.

Ahora tenemos la ocasión de comprobarlo. En la Generalitat va a gobernar CiU, sí, pero con el apoyo, imprescindible, y por tanto radicalmente condicionada, de ERC, un partido nítidamente de izquierdas. Y, a pesar de todo, lo vamos a pasar aún peor: más recortes, nuevos impuestos, más privatizaciones… ¿Por qué? ¿Por qué lo ha impuesto CiU? No, no puede. ERC le puso como condición para apoyarles, entre otras cosas, que crearan un impuesto para los bancos ¡Qué menos! CiU aceptó, pero, a los dos días, el gobierno español, Cristóbal Montoro concretamente, se sacó de la manga un impuesto estatal a los bancos “del 0%”, o sea, literalmente, un impuesta al 0% para que los bancos no tuvieran que pagar nada y para evitar que las autonomías pudieran poner los suyos.
Esto no hubiera pasado en una Cataluña independiente. Todo lo que vamos a sufrir no pasaría en una Cataluña independiente. En nuestras manos está cambiarlo, las mías ya están, pero sin las suyas, sin las tuyas, no somos nada, y nuestros pueblos lo van a pasar muy mal.


dimarts, 11 de desembre de 2012

¿Y si Wert tan sólo fuera un señuelo?

Hace días que me lo pregunto y pienso que es pertinente trasladar esta reflexión a mi blog y a los muros de facebook. Todo parece demasiado increíble, como la escenificación de una ópera antigua. Todos los técnicos están de acuerdo en el diagnóstico sociolingüístico de Cataluña y el camino que se debe seguir, que se ha venido siguiendo, para conseguir una situación de normalidad en este ámbito que permita garantizar la convivencia, el correcto dominio de ambas lenguas y evitar fracturas sociales que serían dramáticas para la sociedad catalana y para la española.
Intentar aplicar las medidas lingüísticas que propone Wert en el ámbito de la enseñanza sólo conduce a la insumisión y a azuzar el independentismo. La uniformización de los contenidos de las asignaturas de historia supone una total ignorancia de los contenidos que realmente se imparten, una flagrante invasión de competencias de las comunidades autónomas y un disparate, en suma, que, por el propio peso de las razones científicas que rigen la enseñanza de la historia, no se puede aplicar si no es en detrimento de la formación de los estudiantes.
José Ignacio Wert es un personaje de escasa relevancia, un sociólogo conocido especialmente por su dedicación a las encuestas y a los estudios de opinión, empresario en ese campo, sin ninguna contribución científica sobre la educación, la cultura, ni siquiera en el ámbito de la sociología, medianamente relevante… un político de segunda fila, que ha ido derivando desde posiciones más o menos izquierdistas hasta la derecha pura y dura, sin alcanzar hasta ahora ningún cargo destacado… y un tertuliano mediocre. Los “hombres de muchos oficios” en Cataluña tienen muy mala fama, máxime cuando no se trata precismente de un genio renacentista.
¿Por qué pues el PP suelta a esa especie de bestia parda, que se define a sí mismo como “un toro que se crece con el castigo” y más en un momento tan delicado, tanto en sus relaciones con Cataluña, después de la manifestación del 11 S y las elecciones del 25 N, como con la sociedad española en su conjunto, inmersa en una situación de depresión económica y social que se agrava sin cesar?
No creo que realmente las preocupaciones fundamentales del PP sean cómo se enseña la historia o la inmersión lingüística en Cataluña, ni la educación para los valores… ¿Lo comparten? Sin duda, pero un mínimo de inteligencia, que sí es de suponer en las filas del PP, les diría que “ahora no toca”, que lo que ahora toca es suavizar la relación con Cataluña antes de que se les vaya definitivamente de las manos, además de aplicar cuidados paliativos a la sociedad española ¿Que atacar con artillería pesada a Cataluña les puede convenir para ganar respaldo en España? Tal vez, pero que hagan cuentas. En eso sí que el señor Wert les puede echar una mano. España no es un país cerril y dominado por instintos primarios, la sociedad española ha cambiado mucho y la gente que piensa y lee va a advertir fácilmente una maniobra tan zafia como autoritaria.
Por otra parte, como he dicho, esto refuerza el independentismo en Cataluña, donde todo el mundo conoce la realidad porque la vive a diario, y, por tanto, nadie puede llamarse a engaño (excepto quien mantenga oscuros intereses), y fomenta y legitima la insumisión, que sería segura en este campo y se extendería facilmente a otros.
No creo que los estrategas del PP vayan a poner en manos del independentismo catalán armas tan poderosas, más bien pienso que lo que están haciendo es intentar que la reacción de autodefensa de Cataluña se dirija a este frente, que saben perdido de antemano, y, en el fondo, sólo les interesa de una manera secundaria, para que no se centre en las medidas económicas, los recortes brutales que para este próximo año van a añadirse, por imperativo estatal, sobre los que ya estamos sufriendo. Mientras se habla de Wert, no se habla de cómo Montoro ha evitado que las autonomías pudieran gravar a los bancos, o de cómo se mantiene el techo de déficit impuesto, del fenecido pacto fiscal, de cómo el estado rescata las autopistas inviables del centro de España, con el dinero de todos, también de los catalanes, que seguimos pagando hasta por respirar.
Esta es, creó yo, la mano que está jugando el partido popular, también para poder reforzar el papel mediador del Partido Popular Catalán y de su líder, Alicia Sánchez Camacho, que, durante la campaña, se comprometía a hablar con Madrid para conseguir un mejor trato económico para Cataluña y ahora, tal vez pueda presentarse como una catalana de pro, salvadora del regionalismo bien entendido, defensora de la lengua y la enseñanza catalana, sin que Madrid tenga que aflojar un ápice su presión económica sobre el pueblo catalán.
Quizás por eso Wert ríe como un psicópata, porque consigue atraer hacía sí toda la respuesta popular, mientras la dura realidad avanza sin resistencia. Si el Partido Popular es inteligente, y yo creo que lo es, perverso, pero inteligente, usará esta cuestión como un arma para reforzar su imagen dialogante y sensible a la identidad de Cataluña, para reforzar incluso el papel de su delegación catalana, mientras sigue asfixiando al pueblo, catalán y español, sin tregua, hasta nuestro último aliento.
Casi estoy por decir que es una lástima, porque continuar embistiendo con tanta brutalidad como lo hace el ministro Wert contra lo más íntimo y sensible de los catalanes hubiera acabado produciendo una sublevación popular, un proceso de ruptura total sin marcha atrás y hubiéramos podido iniciar por fin nuestro futuro como estado independiente. Pero, vaya, para que eso fuera así, habría que suponer al PP una obcecación desmedida. No creo que sea el caso.
Por tanto, respondamos sí, contundentemente, a la provocaciones de Wert, pero, sobre todo, ¡no descuidemos los otros flancos!

dimarts, 4 de desembre de 2012

Elecciones catalanas, realidades opacas

Mientras los partidos siguen negociando para formar gobierno o para marcar perfil y señalar sus respectivos territorios, hay algunas cuestiones de fondo que pusieron en evidencia las elecciones catalanas del 25 N, que todas y todos, catalanes y no catalanes, deberíamos tener en cuenta

La primera se refiere a los efectos de la Ley d’Hondt sobre la pluralidad de las fuerzas representadas en el parlamento (sea el parlamento catalán o el congreso español) y los beneficios para las fuerzas mayoritarias y perjuicios para las fuerzas minoritarias, excesivos a mi entener en ambos casos, que propicia la aplicación de la ley.

En Cataluña, aplicando la Ley d’Hondt y el valor diferencial de los votos según circunscripciones, Convergència i Unió sale, ha salido siempre, extraordinariamente beneficiada, mientras que los partidos emergentes y minoritarios, pierden un buen número de escaños que, aplicando estrictamente la voluntad popular les corresponderían.

El resultado en escaños (135 en total) de las elecciones del 25 N al Parlament de Catalunya se distribuyó, como és sabido, de la manera siguiente, Convergència i Unió (CiU): 50; Esquerra Republicana de Catalunya (ERC): 21; Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC): 20; Partit Popular Català (PP): 19; Iniciativa per Catalunya (ICV-EUiA): 13; Ciutadans (C’s): 9; Candidatures d’Unitat Popular (CUP-AE): 3.

Si aplicáramos el principio de una persona un voto, es decir, que todos los votos tuvieran igual valor, independientemente de donde se emitieran, y otorgáramos los escaños dividiendo en número de votos válidos emitidos por 135 escaños, estableciendo el mínimo de votos necesarios para obtener representación parlamentaria en el número de votos necesario a su vez para obtener por lo menos un escaño, según el número de votos válidos emitidos -en este caso 26.853, 466-, distribuyendo los “flecos” según el porcentaje sobrante, sucesivamente, de mayor a menor, después de la distribución inicial, de los partidos que hubieran alcanzado este umbral mínimo, el resultado hubiera sido el siguiente: CiU: 42; ERC: 20; PSC: 20; PP: 18; ICV-EUiA: 14; C’s: 10; CUP-AE: 5; Plataforma X Catalunya (PXC) 3; Solidaritat democràtica per la independència (SI): 2; Escaños en blanco (Eb): 1. Véase la imagen adjunta.



Obsérvese que los partidos con una representación que podemos denominar “mediana” (ERC, PSC, PP, ICV, C’s) apenas ven alterados sus resultados, pero el partido ganador de las elecciones, representante de la derecha nacionalista, CiU, pierde ni más ni menos que 8 escaños, mientras que partidos minoritarios, como las CUP, alternativa radical independentista y de izquierdas, pasa de 3 a 5, un cambio significativo para una fuerza emergente, que se presentea por primera vez a las elecciones del Parlament; SI, una fuerza también independentsta aunque mucho más moderada, mantiene 3 de los 4 escaños que tenía; la xenófoba PXC, una realidad incómoda pero que obtiene 60.142 votos, alcanza los 3 escaños; y Eb, 1, escasamente relevante ya que ni siquiera altera el listón de la mayoría absoluta.

Creo que esto obliga a tomar nota de varias cosas: En primer lugar de cuál es la influencia real de CiU en la población, independientemente de su traducción en escaños. La suma de las fuerzas soberanistas de izquierdas, tomando como tales desde SI a ERC, ICV y las CUP, casi igualan el número de votos obtenidos por CiU. La diferencia real debería ser de 3 escaños a favor de CiU, cuando ahora es de ¡13! Las fuerzas unionistas (partidarias de mantenerse dentro del Estado español), comprendiendo desde el PSC al PP, C’s y PXC, superarían a CiU en casi 200.000 votos, lo cual vendría a representar poco más de un tercio del parlamento.

Lo curioso es que eso no altera significativamente los ejes soberanismo-unionismo, claramente favorable a la primera opción, casi por dos tercios, ni el eje izquierdas-derechas, más equilibrado, pero favorable a la derecha, contando en ella, naturalmente, a CiU.

Otro asunto relevante es el coste real de la representación parlamentaria de las formaciones pequeñas ¿Deberían las CUP y también SI haberse presentado en esta ocasión, cuando ello ha supuesto perder por lo menos 5 escaños para el independentismo de izquierdas? Comparto todos los anhelos de las CUP, comprendo su deseo de hacer oir su voz en el parlamento, incluso puedo aceptar el razonamiento de que la gente que votó a las CUP (o a SI) no hubiera votado a ERC. Pero sigo pensando que, estratégicamente, no era el momento, se debía votar a Esquerra Republicana para dejar más claro el peso del soberanismo y confiar en su buen juicio para llegar al referéndum. Al fin y al cabo, mientras no se lleve a cabo un referéndum y no se produzca una secesión efectiva respecto al Estado español, será imposible escapar de la política de ajustes y recortes. Si las CUP y SI no se hubieran presentado y sus electores hubiesen votado a ERC, la mayoría soberanista, es decir, partidaria de convocar un referéndum, se hubiera alzado con 92 escaños, más de los dos tercios de la cámara, una mayoría abiertamente incontestable, dentro y fuera de Cataluña y muy especialmente pensando en la opinión y el posicionamiento internacional.

Esto no puede ocultar que aún hay mucha gente en Cataluña que teme, o simplemente no quiere, la independencia. Creo sinceramente, y así lo he expuesto en diversas ocasiones que la constitución de Cataluña como estado propio es una oportunidad sin precedentes para reconducir la política económica y social hacia un horizonte de recuperación y de justicia social, y que esto es así tanto para Cataluña como para que sirva de modelo, o de experimento si se prefiere, para otros países. Así lo han visto también algunos comentaristas extranjeros. Creo que hace falta mucha pedagogía en este sentido, alejar fantasmas respecto a cualquier forma de hispanofobia, hacer comprender que esto es bueno para el pueblo, trabajador y parado, y que sólo es visto -o presentado- como una especie de catástrofe o destrucción de puentes por gran parte de las clases dominantes, interesadas en que las cosas se queden como están, o por grupos que basan su política en el resentimiento. Me refiero a la representación parlamentaria. Ni siquiera el PSC, que no sabe quién es ni dónde está, plantea una continuidad con la situación actual.

La independencia debe ser un proyecto de todas y todos, independientemente de su origen, de la lengua que hablen habitualmente, o de sus querencias -que nadie le va a quitar a nadie- hacia unos u otros territorios. Por decirlo gráficamente: nadie pretende que desaparezca la Feria de Abril en Cataluña, al contrario, que crezca y se consolide para siempre y que cada vez seamos más y de más distinta procedencia los que disfrutemos de ella, pero que se celebre dentro de un país independiente, donde nosotros -todos- podamos decidir cómo salimos adelante y cómo gastamos nuestros dineros colectivos, sin ninguna interferencia.

Hay votos que me duelen especialmente. Me duelen los 471.197 votos al PP, porque el PP no es el partido de los españoles, es el partido de los ricos, y en Cataluña no hay 471.197 ricos. ¿Cómo se puede ser pobre y votar a un partido que hasta se come las pensiones de los jubilados? ¡Por Dios! También me duelen mucho los 274.925 votos a Ciutadans, porque Ciutadans tampoco es el partido de los españoles sino un movimiento, más que un partido, sin una ideología definida y coherente, como no sea aprovecharse de la alarma social que pueden crear ciertas falacias en determinados colectivos para excitar su miedo y sus peores instintos. Temo la deriva de ese partido, que cada vez recuerda más a algo así como la Falange Española, por no decir cosas peores. Ojalá me equivoque. Y finalmente deploro, aunque no haya salido, los 60.142 votos de Plataforma per Catalunya, un partido basado en el odio y el racismo, en la heterofobia, como dijo Albert Memmi para englobar ese miedo y ese odio al otro, a los inmigrantes en este caso. Todos hemos sido inmigrantes alguna vez, y hoy, inmigrantes y catalanes, vengamos de donde vengamos, somos igualmente víctimas de una atroz política neoliberal que puede ser muy educada y hablarnos en catalán, castellano o en inglés, pero que usará las mismas armas y argumentos para reducirnos a una esclavitud contemporánea.

Catalanes de toda procedencia y condición, debemos emanciparnos ya, sin recelos, por nuestro bien y por el bien de los pueblos de la tierra, de la justicia y la libertad.