dimecres, 10 d’octubre del 2012

Un poco de luz para alejar fantasmas

[Reproduzco aquí este texto, que he publicado en facebook, para introdicir un poco de racionalidad en el debate y despejar dudas]
 
Que quede muy claro y que no se haga demagogia con esto: La independencia de Cataluña no implica en absoluto la marginación del castellano ni de la diversidad cultural.

Que cada cual se exprese como quiera y mantenga la identidad que quiera. ¿Cómo iba a ser de otra manera? ¿Cómo va a perder Cataluña la riqueza del castellano y de la pluralidad de las culturas? Cataluña debe ser una sociedad trilingüe, para el futuro -catalán, castellano, inglés- y acogedora como siempre, o más en la medida en que lo pueda gestionar directamente.

Y debe mantenerse la opción a la doble nacionalidad para quien quiera, en razón de sus raíces o lo que sea.
Cataluña será además una sociedad solidaria con todos los pueblos de la tierra, y más con los pueblos de España, que son pueblos hermanos. Emanciparse no significa cortar con la familia a menos que la familia corte con uno.

Y todo eso es así porque la independencia de Cataluña será de izquierdas o no será.

CiU no quiere, ni ha querido nunca, la indepencia -tal vez sí munchos de sus votantes que se tragan su discurso interclasista-. CiU quiere el poder en Cataluña y fuerza en España para negociar el pacto fiscal.
Por eso nuestra misión como pueblo catalán, vengamos de donde vengamos, hablemos como hablemos, es sobrepasar a CiU en las elecciones y conseguir la independencia de Cataluña para acabar con la estafa de la crisis y constituirnos en un referente y un aliado para todas las fuerzas progresistas de España, de Europa y del mundo que quieran también liberarse de la dictadura del capital.

No os dejéis engañar por discursos oscurantistas que sólo hacen el juego al sistema: la lucha ahora está aquí, el 25 N, y es una lucha de todos y todas, podemos con ellos y si no caen al primer embite, caerán al segundo, porque tendrán que decepcionar a gran parte de sus propios electores.

¿Se podría conseguir algo así en una sociedad del tamaño de España? Ya lo sabemos, como mucho cambiar a Rajoy por Rubalcaba.

Catalanes y catalanas, vengamos de donde vengamos, tenemos ante nosotros la posibilidad de cambiar nuestras vidas y empezar a cambiar el mundo.

¿Véis alguna otra salida real?

Pues no os dejéis embaucar por amedrantamientos y profecías. ¡Actuad!

dijous, 4 d’octubre del 2012

Punto de no retorno

En toda situación catastrófica y en muchos procesos y relaciones hay, o se puede alcanzar, un punto de no retorno. Un punto, más allá del cual las cosas van a cambiar sí o sí, para bien o para mal, pero nunca van a recuperar el estatus anterior y, por tanto, se debe pensar, con rigor e imaginación, en escenarios nuevos y actuar decididamente para hacerlos posibles.

Desde que empezó la crisis, provocada y perpetuada por la insaciable avaricia de los poderes económicos, son muchos los puntos de fractura y de no retorno que se han producido.

Ya nadie, hoy en día, confía en los bancos ni en las instituciones nacionales e internacionales de supuesta regulación económica, ni volverá a confiar jamás. Ya nadie confía en una convivencia pacífica entre las grandes fortunas y la justicia social.

Pero, y esto es mucho peor, ya nadie confía en los estados como marco de convivencia y de justo arbitraje de la vida común. Los estados son vistos como meros instrumentos del capital.

Poco importa qué partido esté dirigiendo el estado en cuestión, por lo menos en aquellos, como en España, donde la voracidad del capital se ha encarnizado con el pueblo con la complicidad de unos y otros.

En España, el PSOE jamás podrá ser visto como una alternativa de izquierdas, cuando se ha plegado -gobernando- a la dictadura del capital y ha dejado -en la oposición- que el Partido Popular arremetiera contra el pueblo con ensañamiento y causara una verdadera carnicería, ante la cual apenas ha formulado alguna imperceptible protesta.

El Partido Popular ha entrado en el redil disfrazado con piel de cordero y después nos ha arrancado a dentelladas los derechos sociales más elementales, la capacidad casi de supervivencia y la esperanza. Y además, no sólo sin ninguna perspectiva de recuperación, sino enseñando contínuamente las fauces ensangrentadas y sacando pecho autoritario con unas maneras de legislar y gobernar, propias, tanto por la forma como por el contenido, de los regímenes autoritarios más crecidos. En no pocas ocasiones, ha habido en el Partido Popular actitudes y manifestaciones parafascistas.

Tampoco tienen fácil retorno los partidos de izquierdas, ni los sindicatos, que, ante una masacre de tal magnitud, han mostrado una actitud cuanto menos tibia.

Y mucho menos instituciones o mitos de la democracia española, como la monarquía, la Transición, la constitución o la unidad de España.

La monarquía ha perdido toda su legitimidad. No sólo por los escándalos e inoportunas intervenciones que ha protagonizado en este período, sino porque se ha mostrado perfectamente incapaz de actuar como último garante y defensor del pueblo, único rol que justifica la existencia de una jefatura del estado ajena a la representación democrática. La monarquía era seguramente la única institución que tenía la capacidad de llamar a capítulo a los poderes económicos y políticos y forzar una situación en que fuera posible la convivencia, so pena de romper el statu quo, denunciarlo públicamente, y obligar a abrir el proceso constituyente de un nuevo pacto social. Y no es que no lo haya hecho por prudencia ¿para qué? Si sólo vamos a peor. No lo ha hecho porque está con ellos. Monarquía, poderes económicos y poder político han actuado al unísono.

Y para ello se ha apelado a espíritu de la Transición y a la constitución española como libro sagrado e intocable. ¿Qué espíritu de la Transición? La Transición fue un bodrio en el cual las izquierdas nos comimos todos los marrones imaginables para salir del franquismo, cosa que no estaba ni mucho menos clara, y para muestra el 23 F. ¿Qué transición es ésta en que se viene de una legitimidad democrática republicana y, después de una sublevación fascista y casi cuarenta años de dictadura, nos deja  en un régimen monárquico, con el jefe de estado, el Rey, elegido y educado por Franco y sus ideólogos, en detrimento incluso de la sucesión monárquica natural? ¿Qué Transición es esa en que todos los altos cargos del franquismo, corresponsables de la dictadura, algunos incluso con las manos manchadas con la sangre de los asesinatos de estado, la represión, los exilios, las desapariciones… no sólo no son detenidos y juzgados, sino que ocupan cargos de relevancia, aun hoy en día, en instituciones del estado y especialmente en la empresa pública y posteriormente privatizada? ¿Qué transició es esa en que el ejército mantiene los mandos y estructuras del franquismo, que le permiten constituirse en una amenaza permanente, en un agente político como no existe en ningún regimen democrático? ¿Qué Transición es esa en que, para evitar reconocer la singularidad de Cataluña, se crea un insostenible y kafkiano estado de las autonomías -inventadas muchas ellas de prisa y corriendo y sin que jamás se lo hubieran planteado-, cuando, entre otros cosas, Cataluña se avanzó en la declaración de la República -aunque después fuera reprimida por la República Española- y ha sufrido un etnocidio incomparable durante la época del franquismo? Al País Vasco, por lo menos, se le compensa con un mayor autogobierno, mediante el concierto económico, no por ninguna razón histórica, que como hemos visto se ignoran olímpicamente, sino por la existencia de ETA, en un intento -fallido- de apaciguamiento, del cual se beneficia también Navarra -Nafarroa-, parte de Euskal Herría también para los soberanistas vascos.

Y todo eso, y muchas cosas más, se reflejan en una constitución lastrada por esa realidad, una constitución que no se hizo en libertad, que en aquellos momentos parecía a muchos una buena solución. No a todos: recuérdese el debate encendido entre reforma y ruptura. Obviamento los rupturistas perdimos, el franquismo seguía muy vivo, y la oposición no votó la constitución: se abstuvo. Yo no voté la constitución, pero tampoco podíamos votar en contra porque aquello era un trágala: o reforma o continuismo.

Mientras el nivel de vida y el estado del bienestar han funcionado, muchas de estas cosas se han dejado en el olvido, como adormecidas. Los jóvenes no habían conocido nada más y les parecía normal, los viejos habíamos vivido la dura travesía del franquismo, y no, contra Franco no se vivía mejor. Si alguna vez hemos tenido la sensación de pensarlo, es porque entonces éramos jóvenes y nos queríamos comer el mundo, pero el franquismo nos arrebató a todos y a todas parcelas de vida irrecuperables...


Y ahora, entre los puntos de no retorno, surge el insostenible encaje de Cataluña en el Estado español... Por tres razones:

a.- por el continuo agravio a que se ha visto sometida por parte del estado y de un anticatalanismo difuso pero cierto que se ha vivido en España. Hace unos años, de vacaciones en Asturias, al llegar y parar para comer algo, nos recibió un grafiti -que nadie se había molestado en borrar- que pedía boicot a los productos catalanes; en Zamora, en una terraza de un bar, un camarero nos advirtió amablemente que, si hablamos en catalán, lo hicieramos mejor flojito, porque la gente se molestaba; en Galicia, un matrimonio mayor con el que entablamos una cierta amistad, nos decían que no se atrevían a venir a Barcelona, porque sólo hablabamos en catalán y no entenderían nada… todo ello es demencial. Un verdadero Celtiberia Show, que se perpetúa en los medios.

b.- Porque Cataluña es un territorio muy denso e hiperactivo, extremedamente necesitado de infraestructuras y servicios de todo tipo para atender tanto a la economía como a la poblacón -mucha de ella inmigrante- y se halla economicamente discriminada, en negativo y de un modo permanente por el estado. La solidadridad no es una cuestión territorial, sino poblacional, y a los catalanes -ya vengan de Cataluña, de Extremadura o de Senegal- se les debe garantizar la misma calidad de vida que a cualquier otro ciudadano del Reino de España, y

c.- porque existe una amplia voluntad de autogobierno y la convicción de que Cataluña, con sus propias armas, tiene la capacidad de combatir el embate neoliberal que nos asola.

Todo eso debería ser motivo de celebración y apoyo por parte de todas las personas progresistas de España y del mundo. Como sucedió con Islandia. Hay un pueblo, que está decidido a tomar las riendas en sus manos e intentar construir un futuro mejor. Está claro que esto no se va a conseguir en España: no hay la correlación de fuerzas necesaria, pero sí se puede conseguir en Cataluña, en cuanto una situación de normalidad obligue a las fuerzas políticas a definirse no en clave identitaria sino social.

No tiene porque haber ningún conflicto con España. Amamos a España, por lo menos yo amo a los pueblos de España, sus tierras y sus gentes, y tengo ahí algunos de mis mejores amigos. Yo no quiero distanciarme de España, sólo independizarme de su estado. Y eso no debe suponer ningún problema para nadie, tampoco para las personas que, viviendo en Cataluña, con hijos que tal vez se identifican como catalanes, o no, mantienen sus raíces y gran parte de su identidad en otros lugares de lo que hoy es España, incluso en otros países: para eso se ha inventado la doble nacionalidad! Yo no le voy a pedir a una persona de Aragón, por ejemplo, que elija entre ser catalán o aragonés. Le voy a pedir que ayude a que Cataluña pueda gobernarse con independencia y que mantenga su identidad (la que quiera) y el derecho a la doble nacionalida que le permita vivir como catalán en Cataluña y como español –de momento- en Aragón.

Son falaces los argumentos que oponen la independencia al internacionalismo. El internacionalismo se debe basar en la independencia de los pueblos y los actuales estados nación no sólo no fomentan el internacionalismo sino que representan aparatos lo suficientemente potentes sobre países demasiado grandes como para permitir que escapen a ningún precio de las garras del neoliberalismo.

En Cataluña no hay nada hecho, pero, con independencia y justicia social, dos metas a conseguir pero alcanzables, se puede abrir el camino a otros pueblos. Por supuesto que no con la política neoliberal de CiU, pero es que ni CiU quiere la independencia ni los verdaderos independentistas queremos a CiU, sí a muchas personas que votan a CiU porque les han colado el interclasismo en clave identitaria.

Y sino, quien insista en hacer de oráculo y predicar la unión mundial de los trabajadores, abocándonos a una estrategia estéril, que sobrepase el estado-nación y plantee la lucha para crear unos estados unidos de Europa en cuyo proceso constituyente la población podamos tener un papel decisivo. Pero más inmovilismo o movilización para consumo interno, sin repercusiones efectivas, no, estamos cansados.

He escrito este artículo, que se pasa de post por su extensión, lo siento, con una enorme tristeza. La tristeza que me produce comprobar que, cuando, desde una trayectoria izquierdista que procede de mi más tierna juventud y se ha mantenido afortunadamente incólume, planteo caminos distintos para alcanzar los mismos fines y estos pasan por la independencia de Cataluña, recibo críticas y ataques a porrillo de la misma gente con la que comparto los ideales que un día se llamaron de los indignados o del 15 M. Me cuesta muchísimos entenderlo, parece que el factor identitario, en este caso el españolismo, pase por encima de todo y esto me provoca desazón.

Y me duelen más que nada no tanto los insultos y los bloqueos, que los he recibido -pocos-, los lugares comunes, los argumentos falaces y simplistas -tanto que resultan increíbles como tales-, que también he recibido -más-… como el silencio clamoroso y sangrante de tantas y tantos compañeras y compañeros de ese entorno.

Si supiera llorar, lloraría.

dilluns, 24 de setembre del 2012

Tiempo de elecciones

 [Adelanto mi post de esta semana del miércoles-jueves al lunes, porque supongo y espero que a partir de mañana estaremos pendientes de las movilizaciones en torno al Congreso. En Cataluña, además, tendremos en el Parlament el debata en torno a la Independencia]
Dentro de los próximos meses, previsiblemente, tendremos elecciones en las tres llamadas comunidades históricas del Estado Español: Galicia, El País Vasco y Cataluña.
Estas elecciones podrían significar un punto de inflexión de singular importancia tanto en la estructura del estado como en la reorientación de su política para acabar con el saqueo al que esta sometida la población por parte de las grandes fortunas, bancos y lobbys financieros y sacar a la gente del estado de empobrecimiento continuo y sumisión al imperativo de una deuda que no han contraído.
Por lo menos en Cataluña y en el País Vasco (espero) se levantará con fuerza la bandera de la independencia, del derecho del pueblo a regir sus destinos, sin la tutela del gobierno de Madrid. Me gustaría que sucediera otrotanto en mi querida Galicia, que la población expulsara ese miedo y ese complejo atávico frente al caciquismo y los poderes fácticos, frente al estigma del atraso con que sus clases dominantes la han tenido permanentemente subyugada y humillada para que no levantara cabeza, que resurgiera la Galicia de Castelao, con la cabeza bien alta, como se merece.
Que la vieja GALEUSCA [Galiza-Euskadi-Catalunya] que soñaron nuestros antepasados le diga a España que ya no está dispuesta a aguantar sus agravios por más tiempo y que los pueblos gallego, vasco y catalán se bastan y se sobran para regir sus destinos. Sin tensiones ni malas maneras, simplemente porque es nuestro derecho, el derecho de todos los pueblos de la tierra a autodeterminarse.
Esta ocasión sin precedentes es la ocasión más inmediata y clara que tenemos para desenmascarar toda la gran estafa de la crisis y para recuperar nuestra dignidad, no sólo como gallegos, vascos o catalanes, sino como seres humanos, y poder reconducir nuestros pueblos hacia el estado del bienestar.
Pero, para que esto se produzca, no podemos dejar que este proceso sea protagonizado por los partidos e instituciones que representan a los intereses de la gran burguesía gallega, vasca o catalana, ya sea el PP, el PNV o CiU, según los casos. Acceder al pleno dominio de nuestro futuro no se va a conseguir cambiando unos amos por otros, aunque sean cercanos, incluso amigos, conocidos o saludados, como decía Josep Pla. Ellos comparten sus intereses: su política de empobrecimiento, recortes y sacrificios para el pueblo va a ser la misma. Nos lo explicarán en nuestra lengua y con metáforas que nos serán más cercanas, apelaran a otros sentimientos patrióticos, pero su solidaridad de clase prevalecerá por encima de cualquier sentimiento o convicción identitaria. Antes que nada son ricos: gallegos ricos, vascos ricos, catalanes ricos y seguirán insistiendo en que nosotros, los pobres, el pueblo, paguemos los desaguisados que ellos mismos, u otros ricos con los que comparten intereses, han cometido y se empeñan en perpetuar.
Yo quiero la independencia de ese coto de caza en que se han converido los estados nación para los intereses internacionales del capital, pero no para crear otro coto de caza donde vayan a pagar justos por pecadores, donde vayamos a morir de hambre o de angústia, por mucho que ondeen nuestras banderas en las instituciones.
Yo quiero la independencia para el pueblo, independencia de gobiernos ajenos y centralistas que nos maltratan y desprecian contínuamente, sí. Pero también independencia de los poderes fácticos que nos han sumido en este estado de miseria y desigualdad, que nos han robado la sanidad, la educación, la atención a la dependencia…, todo tipo de servicios y derechos propios de un estado del bienestar con prestaciones públicas, universales, gratuitas y de calidad. Quiero que los bancos y los especuladores asuman sus errores y sus responsabilidades, que la economía vuelva a funcionar con normalidad y que todo el mundo tenga derecho a un trabajo y una vivienda justa, sin pelotazos ni burbujas. Quiero un futuro para mis hijos y también para mí.
Estoy convencido de que no vamos a conseguir esto en España: no hay narices ni organización, ni nada de nada. Tengo el convencimiento de que sí lo podemos conseguir mediante la independencia de las grandes naciones-estado, pero nada cambiará, si, al frente de estos nuevos estados seguimos manteniendo a los cancerberos de la usura y la ambición.
Cuando Mas regreso de Madrid, fue acogido en la Plaza de Sant Jaume con aplausos y gritos de independencia. Ahora sabemos que en ningún momento planteó la independencia en su entrevista con Rajoy. Hemos visto la política que ha seguido Mas, adelantándose incluso con medidas draconianas al gobierno de Madrid. Y también la que siguió el PNV cuando gobernaba, podemos imaginar su política si ahora vuelve a gobernar. No digamos ya el Partido Popular de Galicia.
Hemos de crear plataformas electorales amplísimas para elegir parlamentos constituyentes, plataformas con un programa de mínimos muy simple: independencia, justicia social y democracia participativa. Sé que los partidos, ni siquiera los partidos de izquierda no van a querer eso: están más apegados a sus poltronas que al pueblo que se las dió. Por eso apelo a las personas, a las organizaciones sociales, a los militantes de base de unos y otros partidos: hagamos oir nuestra voz, que sea mayoritaria, aplastante y que diga “justícia y libertad”.
No me valen iniciativas nacidas dentro de los partidos (como la de Izquierda Abierta dentro de IU), eso parece más bien una campaña para ganar escaños para la formación, ni las iniciativas mesiánicas, como las de Julio Anguita, que, pretendiendo que olvidemos su oscuro pasado y proclamando las verdades del barquero, arrastra a una variopinta clientela de ingenuos e insatisfechos, supongo que bien intencionados.
No necesitamos partidos ni líderes, sino organización social. Alguien va a confiar su voto en Cataluña a algo tan borroso y embarullado como el PSC ¿para qué?, si ni ellos mismos saben qué hacer con el voto, ¿o bien a Esquerra Republicana, que ha corrido a ofrecerle al neoliberal Artur Mas, al cristiano-demócrata antindependentista Duran i Lleida, una alianza electoral? ¿para qué, para jodernos mientras cantamos Els Segadors? El propio Oriol Pujol ha declarado que, si bien él es indedendentista, Convergencia i Unió, no. Y Esquerra Republicana de Cataluña ¿qué son? De Cataluña seguro, pero ¿de izquierda? ¿y republicana? Quizás algún día consigan serlo, pero que empiecen ya, porque estamos más que hartos de sus incesantes incoherencias.
Hay que crear algo nuevo, hay que hacer Foc Nou, con magnanimidad, pero ya, o perderemos una oportunidad histórica, con nombres y apellidos que maldeciremos eternamente.
Compañeras y compañeros gallegos y vascos. Vosotras y vosotros conocéis mejor que nadie como alcanzar la libertad de vuestros pueblos. Las catalanas y los catalanes libres y progresistas estamos dispuestos a luchar, por nuestra dignidad, por la vuestra y por la de toda la humanidad.
Ara és l’hora!

dimecres, 19 de setembre del 2012

Nuevas estructuras para nuevos tiempos.

Vivimos tiempos extraños. El mundo que heredamos de la modernidad se deshace como un azucarillo y apenas acertamos a atisbar el futuro. Usamos metáforas, como la liquidez de Baumann, para hablar de una realidad nueva y que apenas está naciendo. No es extraño que proliferen imágenes del apocalipsis y que nuestros más sesudos pensadores no sepan decirnos más que esto se acaba, que vamos a otro mundo, pero no saben a cuál ni cómo.
El pacto social se ha roto. La élite dominante ha visto en la debilidad de las estructuras sociales y políticas una patente de corso para apoderarse impunemente del mundo a costa del bienestar de la población y en ocasiones incluso de su supervivencia. Las sociedades más débiles, como la nuestra, han sucumbido y las demás seguirán tarde o temprano el mismo camino. El gran agujero negro del capital es lento pero persistentemente atroz.
Es la Estrella de la Muerte de nuestros días, como metaforizaba una campaña que he firmado estos días. El mundo en manos de unas pocas corporaciones, como se ha representado en no pocas películas de ciencia ficción.
Hace años que teníamos ante nosotros señales inequívocas, vimos nacer y desarrollarse las dictaduras latinoamericanas para implantar la doctrina neoliberal extrema de Milton Friedman, y nos creímos a salvo. Vimos a Reagan y a Thatcher llevar a cabo políticas de privatización, desproteger a la sociedad y favorecer a los mercados sin ningún escrúpulo, unos mercados que jamás han sido libres, pero pensamos que esto era propio de los ciclos de la democracia y que sus países se recuperarían. Vimos como, después de la caída de la Unión Soviética, el complejo industrial-militar levantaba un gran monstruo en los países islámicos para que no decreciera el negocio de la guerra, fría o caliente, que más da. Vimos a China y a otros países desarrollarse en base a un régimen de esclavitud abyecta y nos limitamos a escandalizarnos, a quejarnos de la deslocalización de las empresas y a decir que deberíamos exportarles nuestros sindicatos.
Nosotros, mientrastanto, fuimos acogidos en el balneario europeo, donde se vivía felizmente y el progreso parecía indefinido. Nuestra máxima preocupación eran los inmigrantes que venían de los países más pobres y explotados del mundo a pedir un mendrugo de pan a cambio de los trabajos más duros e indeseables. Algunos nos preocupábamos por sus derechos básicos -de los que llegaban aquí, porque de la mayoría que quedaban en el fondo del mar no se preocupaba nadie-. Para muchas personas y organizaciones, ésta fue su buena obra.
Y de pronto, un grupo de especuladores advierten que se han excedido en sus apuestas y lo han perdido todo, y muchos otros advierten que también habían participado en ellas y que han perdido igualmente sus inversiones. ¿Qué iban a hacer? ¿Convertirse en pobres? “Que no cunda el pánico”, dice alguien, “ahí están los estados para rescatarnos”. Teóricamente los estados son soberanos y demócratas, somos nosotros, pero ya hace tiempo que esto es una falacia. La democracia es sólo formal, el pueblo no pinta nada, sólo escoger entre que le administren unos u otros, pero la caja está abierta. Los gobiernos no se van a oponer a que los ricos, los bancos, los fondos de inversión, saquen de ella todo lo que necesiten para resarcirse y además se apropien de nuevos sectores de negocio.
¿A costa de qué? Del pueblo ¿Acaso alguien se comprometió a que esas condiciones de vida de la población fuesen sostenibles en cualquier circunstancia? Como dijo Rajoy “tendremos el estado del bienestar que nos podamos permitir”, o sea poco o nada.
Esta historia es conocida de todas y de todos, estamos asistiendo al expolio sistemático de Europa, principalmente de sus países más débiles, los llamados PIGS. Esto no va a parar mientras el balance entre costes y beneficios les siga siendo favorable…
¿Y a este saqueo con qué nos oponemos? ¿Con partidos políticos que no se van a alejar un ápice de la ortodoxia neoliberal? ¿Con sindicatos que no tiene fórmulas para oponerse a esta ofensiva victoriosa del capital? ¿Que pretenden detenerla a base de manifestaciones con banderitas y huelgas de un día -o de más, da igual, aguantan más ellos que nosotros-? ¿Y lo hacemos en el marco de estados-nación fruto de las revoluciones burguesas, que constituyen cotos de caza idóneos para que los mercados puedan explayarse? ¿Protegidos por las instituciones europeas al frente de las cuáles han colocado a sus mastines?
Pues va ser que por esa vía no llegamos a ninguna parte. Necesitamos nuevas organizaciones políticas, nacidas de las bases de los partidos y los sindicatos progresistas, pero realmente democráticas y participativas, con un programa frontalmente opuesto al que nos imponen las instituciones europeas. Todavía existe la democracia formal, aún no han decidido instaurar la dictadura política, pues aprovechémesla, pero ya! Ni socialistas, ni comunistas, ni ecologistas, ni republicanos… todos juntos en una sola organización horizontal, sin los proceres de unos ni de otros, para arrasar en las urnas y plantar cara políticamente. En el libro de Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón, Hay Alternativas, tenemos el programa económico y parte del programa social hecho, sabemos lo que queremos y en gran parte lo tenemos escrito.
Y si no se puede -que no se puede- en el marco del Estado Español o de otros, hagámoslo en el marco de entidades políticas menores, fragmentémonos como una verdadera guerrilla, consigamos la independencia en Cataluña, en el País Vasco… allá donde sea posible, otros pueblos seguirán, y conduzcamos el proceso desde las bases para conseguir que realmente estas nuevas entidades, además de ejercer un legítimo derecho, abran un frente contra la ofensiva neoliberal. Aunque sea a costa de pasar penurias económicas, por lo menos las pasaremos en libertad.
Y, desde todos los rincones de España, de Europa y del mundo, que todas y todos los progresistas partidarios de los derechos humanos y de la sociedad del bienestar, en lugar de perderse en retóricas y prejuicios atávicos, haciendo el juego al capital, ayuden, para que estos procesos sean un camino hacia la libertad y la justicia social, por ellos mismos, por lo menos siempre tendrán un referente y un refugio. Como decía en sus tiempos Joan Oliver, un día “Cuba ya no será una isla”.
Nacerán nuevas formas de lucha, pero de momento no se atisban, hay que luchar con lo que tenemos y deshacernos de las estructuras caducas que sólo sirven para estrujarnos mejor ¿Qué perspectiva tenemos sino, sustituir a Rajoy por Rubalcaba?
Abrid los ojos.

dijous, 13 de setembre del 2012

Reflexión sobre la manifestación del 11 de Septiembre en Barcelona

El éxito de la manifestación independentista del pasado 11 de septiembre en Barcelona fue apabullante. Jamás se había visto en Barcelona, ni pienso que en el resto de España, algo igual. Creo que he estado en todas las grandes manifestaciones desde la Transición hasta el presente (también en las del franquismo, pero eran otra cosa, claro) y me quedé literalmente impresionado. Desde la parte alta de la ciudad hasta el mar, en las grandes avenidas por las que transcurría (es un decir) la manifestación, no cabía ni una aguja. Para moverse y seguirla de algún modo, había que circular por calles laterales, también llenas de gente que hacía lo mismo, e irse asomando de vez en cuando para ver el lento discurrir de un magma humano no apto para claustrofóbicos.
La organización, la cabecera, los políticos, las pretensiones del nacionalismo conservador de apropiarse de la manifestación, o, por lo menos de controlarla, de presidirla, fracasaron estrepitosamente. La gente de a pie, masivamente equipada con banderas independentistas (l’estelada), había bloqueado el recorrido de la manifestación por delante de la pancarta, y también por detrás, desde una hora antes del inicio previsto.
A partir de aquí, todo se desarrolló con una extraordinaria espontaneidad. La gente empezó a circular lentísimamente en dirección al escenario final, con un civismo, una paciencia y un buen rollo ejemplar. No hubo pancartas (quizás algún caso meramente anecdótico), ni insultos, ni crispación, parecía que todo el mundo estaba contento de encontrarse: sólo las banderas independentistas y también un solo grito “independència”. Lo más fuerte que se dijo contra España era eso de “boti, boti, boti, espanyol el que no boti”, inevitable en una manifestación independentista -de hecho en cualquiera-, esporádico y que la gente se tomaba con ánimo de cachondeo, que es un buen estado de ánimo. Ni un solo incidente. Y estamos hablando de un millón y medio a dos millones de personas. La delegación del gobierno (del PP, claro) contó 600.000 -otra vez los hilillos de plastilina-, podían haber tirado a la baja, como siempre, pero buscando un mínimo de credibilidad. Tal vez era su inefable contribución para seguir estimulando el independentismo.
Lo que sucedió en Barcelona es un hecho histórico de esos que se viven raras veces en la vida y, a todos los efectos, todos y todas debemos tomar nota, en Cataluña, en España y en Europa, por lo menos. que una marea humana pidió inequívocamente un estado propio para Cataluña en las calles de Barcelona.
A partir de aquí empiezan las reacciones. No voy a hacer de agorero e intentar analizar lo que van a hacer los partidos políticos, en este momento todos descolocados. Lo que me interesa es lo que vamos a hacer y lo que deberíamos hacer nosotros, los de abajo, los que nos hemos visto aplastados por el neoliberalismo y por la dictadura de los mercados financieros que nos hacen pagar con nuestras vidas las pérdidas producidas por sus devaneos y más: aprovechan para rebañar nuestra maltrecha economía, nuestros derechos individuales y servicios colectivos, para acrecentar sus fortunas…
Sin todo esto, la manifestación de Barcelona no hubiera sido ni la mitad, porque el gobierno del PP ha aprovechado esta situación para apretar las tuercas a Cataluña como nunca se había visto y encima, como ya dije, maltratarla de pensamiento, palabra y obra y expandir la catalanofobia como la mierda para que el pueblo se entretenga, como se hacía antaño con los judíos y las brujas, y se olvide de quién le está desvalijando.
Este anticatalanismo es algo que se debería denunciar desde todos los movimientos alternativos y progresistas de España -y se echa en falta-, en lugar de decir que esto son cojonadas que hacen el juego al capital. Esto último ya lo proclama Soraya Sáenz de Santamaría, pero no puede decirlo quiene proclama que otro mundo es posible, sino, en todo caso, aprovecharlo -aprovechar las agresions del estado a Cataluña, del tipo que sean- para exigir respeto a los catalanes, al derecho de autodeterminación y al carácter libre y popular con el que, por lo menos muy mayoritariamente, se pidió la idependencia en la manifestación de Barcelona. Cuando un compañero o compañera del entorno del 15 M, por decirlo así, condena este derecho y los hechos consiguientes, me pregundo realmente en que otro mundo posible está pensando.
Los partidos ya han demostrado hasta la saciedad su incapacidad de reacción ante éstos y otros hechos más graves, por tanto no es de esperar que cambien sus posturas. La gente no quiere un pacto fiscal -que es lo que buscará Mas y tampoco lo obtendrá-, quiere dirigir ya sus destinos, y esta es una aspiración muy respetable. Podría producirse dentro de una España confederal, incluso en una condeferación ibérica, pero es evidente que eso tampoco va a pasar.
Pienso que, se quiera o no, nos veremos abocados a un adelanto de elecciones. Si Convergència i Unió fuerza una hoja de ruta independentista, se quebrará y, sin un partido que abogue programáticamente por la independencia en el poder, se hace difícil pensar en un proceso que conduzca a un plebiscito.
Esta sería la hora de las fuerzas progresista de la política y la sociedad catalana para unir la legítima aspiración al autogobierno con un programa económico y social progresista que permitiera cambiar radicalmente las políticas neoliberales impuestas por la troika al dictado de los mercados financieros.
Se nos pretende asustar con tecnicismos políticos y económicos, desde las posiciones de negación del neoliberalismo conocemos muy bien estas argucias. Cataluña es económica y políticamente viable y más en una economía globalizada como es la del siglo XXI. No estamos elaborando el Memorial de greuges, ni vivimos en aquellas circunstancias.
Puede ser quizás nuestra única ocasión, para catalanes y no catalanes, y deberíamos dejar muchos prejuicios en el bolsillo si en realidad queremos conseguir, aunque sea en un pequeño país, otro mundo posible y distinto, que puede marcar un camino alternativo y estimular a otros pueblos en este sentido.
Sería un desastre histórico que la izquierda, las fuerzas progresistas de todo cuño y condición, dejaran pasar la ocasión de cambiar el rumbo de la historia por intereses o por sentimientos negacionistas. Dije que apoyaría el mismo proceso en Andalucía si se producía -y lo haré- o en el País Vasco, donde sea. De momento se da aquí, en Cataluña, algo se mueve, tal vez podamos construir aquí una alternativa, hay que intentarlo, por alguna parte se empieza ¿O es que en realidad es más importante la unidad de España que la libertad y la justicia social? Aclarémonos.

dilluns, 10 de setembre del 2012

Aclaraciones sobre las razones para propugnar una posible independencia de Cataluña.

El post anterior ha tenido una amplia repercusión, sobre todo en facebook, y me siento con la responsabilidad de aclarar cuatro puntos básicos para dejar bien asentada mi posición:
En primer lugar, yo no me hago responsable más que de lo que digo o suscribo, no de lo que dicen otros. Esas historias del PER o de si "has venido aquí porque te morías de hambre", entre otra cosas, no sólo no las comparto, por supuesto, sino que siempre he estado en frente de quienes  las sostenían.
En segundo lugar, supongo que todo el mundo estará de acuerdo en que la autodeterminación es un derecho inalienable, un derecho personal, que se ejerce personalmente, pero también colectivamente cuando hay una mayoría de personas que se ponen de acuerdo para llevar adelante un proyecto, político, por ejemplo. El único límite a este derecho, como todos, es el derecho, la libertad, de los demás. No hay ninguna entidad superior a la libertad individual o colectiva de las personas, sólo la propia libertad.
En tercer lugar, Cataluña, la sociedad que en este momento integra la comunidad autónoma denominada así, formada por ciudadanos y ciudadanas de muy diversa procedencia y particularmente de determinadas zonas del Estado Español, es una sociedad, por sus carácter predominantemente urbano-industrial y megametropolitano (su población), con unas necesidades específicas y de gran calado (infraestructurales, de servicios, etc.), de una dimensión comparable a otras zonas similares de Europa.
La sociedad catalana no ha sido tradicionalmente bien tratada por el Estado Español (otras tampoco, por motivos distintos). La aportación de Cataluña al estado no ha tenido una justa correspondencia. Esta situación, que ha coartado el crecimiento de Cataluña y el bienestar de sus habitantes -y especialmente de las clases populares-, se ha visto particularmente agravada en los años de la crisis, tanto por la agresividad de diversas instituciones estatales como, muy especialmente, por la política del Partido Popular que parece que haya convertido a Cataluña en una especie de chivo expiatorio, y la catalanofobia en una válvula de escape del malestar colectivo.
Tanto la desafección como las necesidades, cada vez peor cubiertas, han hecho crecer también un malestar general en Cataluña, dirigido hacia el gobierno de España y las instituciones del estado. Esto lo constataba el corresponsal del Financial Times este fin de semana y añadía que Cataluña contribuye diez veces más (10 a 1) que el País Vasco a las arcas del estado. Esto ya no es una justa solidaridad entre poblaciones. Y por supuesto, es impensable que Cataluña alcance un concierto económico como el que se acordó en la transición para el País Vasco y Navarra. Concierto que no se debe a atávicos derechos históricos -esto lo puede aducir cualquiera-, sino, mucho me temo y aunque sea lamentable, a la presencia y actividad de ETA.
Hasta aquí los hechos. Ahora bien, ¿por qué desde una posición no nacionalista y altermundista planteo -y estoy dispuesto a debatirlo sosegadamente- la conveniencia de la independencia de Cataluña?
En primer lugar para paliar las graves necesidades de la población catalana, por lo menos en una situación de paridad con el resto de la población del Estado Español. Solidaridad sí, expolio no. Y  parece que no hay otra manera de acabar con el expolio.
Por otra parte porque no veo ni en un horizonte cercano ni remoto que en el Estado Español se vaya a producir ningún movimiento capaz de revertir la situación de injusticia social que alguien ha definido como la revolución de los ricos, aunque más que una revolución es una arrolladora marcha triunfal. La sociedad catalana, como ha demostrado una y otra vez en las elecciones, es mayoritariamente progresista y, por tanto, veo en una sociedad catalana independiente muchas más posibilidades de poder promover un movimento por la recuperación del bienestar y la justícia social que en el conjunto de la sociedad española. Si esto fuera así, tendríamos un ejemplo  -y algo más homologable que Islandia-, para trasladarlo a otras comunidades o estados.
Lo mismo se podría decir, por ejemplo, de Andalucía, y, por mi parte, apoyaría activamente sin dudarlo un proceso de independencia andaluz, siempre y cuando, igual que en Cataluña, se entendiera como una vía estratégica para alcanzar la libertad y la justicial social.
Por otra parte, también estratégicamente, repito que, en el marco de una Cataluña independiente, los partidos políticos (cuadros, militantes y votantes) deberían definirse en función de su ideología y no disfrazarse detrás del nacionalismo o del proyecto de estado. Quiero ver, en una situación así, qué propone Convergència i Unió, cómo las clases dominantes se desenmascaran; cuál es el compromiso del PSC con la población, liberado del seguidismo de la política socialdemócrata del PSOE, y que hay en Esquerra Republicana más allá de una reivindicación de independencia inútil porque ya se tiene.
Todo esto lo planteo porque creo que la situación en Cataluña es extremadamente apurada y de agravio permanente y porque pienso que realmente puede constituir un camino para alcanzar otro mundo posible basado en la libertad y la justicia. Sin exclusiones de ningún tipo. Unos estados se pueden federar o confederar con otros desde la independencia, no se cierra ninguna puerta, propongo una ruta alternativa para cambiar la marcha del mundo, porque, seamos realistas, aquí no se ha avanzado ni un solo un paso, cada día estamos peor y si no exploramos todas las posibilidades, pareceremos un coro de plañideras.
No tengo tiempo ni ganas para estarme quejando un día tras otro sin hacer nada que realmente resulte efectivo. Se admiten ideas, siempre y cuando sean realmente factibles y supongan algun movimiento real, para declaraciones utópicas ya me basto.

Añado otro punto de vista complementario: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5231

dimecres, 5 de setembre del 2012

¿Cataluña, nuevo estado de Europa?

Para el próximo 11 de septiembre, Diada Nacional de Catalunya, se ha convocado una manifestación, que se prevee masiva, bajo este lema general “Catalunya, nou estat d’Europa”. Evidentemente se trata de una manifestación de claros tintes independentistas. Pero, a diferencia de otras ocasiones, de manera quizás comparable sólo a la manifestación contra la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el nuevo Estatut d’Autonomia o a la histórica manifesación de la Transición exigiendo Llibertat, amnistia i estatut d’autonomia, ésta puede recoger una sensibilidad muy amplia, un cabreo muy generalizado, no sólo a los independentistas de toda la vida.
¿Qué debemos hacer las personas que no luchamos por naciones sino por la libertad y la justicia? ¿acudir o quedarnos en casa?
Yo no soy nacionalista para nada, ni catalán, ni español ni de mi barrio. Como dice un amigo mío “uno es de donde hace el bachillerato” o, como dicen otros, “uno es de donde comen sus hijos”. En este sentido Cataluña es mi pueblo, pero no mi pueblo en el sentido histórico o nacional, esto me importa un rábano, mi pueblo en el sentido del lugar en el que vivo, me resulta familiar y me siento en casa. En ningún rincón de Cataluña me siento extraño, quizás porque la conozco muy bien, pero en gran medida, sin duda, por la lengua. Es la lengua con la que aprendí a expresarme y a conocer el mundo, la lengua en la que sueño, en la que amo y en la que sufro.
España, como un todo, para mi no es nada. Puesto que no me importa nada el contenido histórico ni nacional, que no reconozco patrias de ningún tipo, y que es demasiado grande para ser mi pueblo, se me queda reducida a una estructura administrativa. Cuidado: hablo de España, no de los españoles ni de los pueblos de España. Dentro de ese cascarón político-administrativo hay personas, casas, paisajes… que me importan mucho. Como todo el mundo, tengo mis debilidades , y así, me siento muy gallego en Galicia, muy andaluz en Andalucía, muy castellano en según que partes de Castilla, muy leonés en León, muy riojano en La Rioja, muy madrileño en Madrid, muy canario en Canarias… por no hablar de las Illes, donde la lengua nos aproxima aún más. En cambio me cuesta sentirme cómodo en Valencia, el País Valencià, precisamente por ese afán de mucha gente en marcar distancias con todo lo que suene a catalán, aunque hablemos lo mismo. Y si hablamos de personas, lugares y cosas, mucho más, hay personas, lugares y cosas en muchos pueblos de España que tienen un rincón en mi corazón más destacado que otras muchas personas, lugares y cosas de Cataluña. Por supuesto.
Y lo que digo de España valdría para otros estados, pero bueno, hablamos de España y además, la densidad de vínculos y sentimientos que tengo dentro de sus fronteras es mucho mayor.
Con todo esto quiero decir que las querencias y las familiaridades se producen respecto a personas, pueblos, lugares y maneras de vivir, todo lo demás, y especialmente la exaltación del patriotismo y sus símbolos, es pura mixtificación de la realidad que instiga los más bajos instintos, siempre para mayor gloria y provecho del poder.
He dedicado buena parte de mi vida académica a fustigar la exaltación de los nacionalismos, con o sin estado, y la manipulación que los poderes han hecho de la necesidad de los seres humanos de agruparse en torno a un mismo sentimiento de identidad.
Por tanto, yo no voy a pedir ningún reconocimiento nacional para Cataluña. Después de tantos años estudiándolo puedo asegurar que no he encontrado un sólo concepto de nación que no sea fruto de la elaboración de intereses políticos. Otra cosa es un estado, pero -con la que cae- ¿tiene sentido pedir un estado para Cataluña?
En realidad no sé si tiene sentido pedir un estado para Cataluña en un mundo tan complejo e interdependiente, pero, precisamente por la que cae, veo razones objetivas que me llevan a planteármelo.
En primer lugar el maltrato contínuo del aparato del estado español hacia Cataluña. El Tribunal Constitucional se carga el proyecto de Estatut d’Autonomia, amplísimamente consensuado en Cataluña. La ley no puede imponerse por encima de lo que socialmente es normal, admitido y avalado por todo un pueblo. Cataluña es una comunidad económicamente expoliada. Nunca aparecen las cifras de la aportación de Cataluña al estado y del desequilibrio que se produce en nombre de la solidaridad. La solidaridad está bien, por supuesto, pero no puede darse a costa de las condiciones de vida de la propia sociedad. Cataluña es un país complejo, poblado y con una macrocefalia que requiere grandes inversiones en infraestructuras, por ejemplo, para facilitar su funcionamiento económico y su crecimiento, y, en este sentido está claramente desfavorecido por parte del estado. Cuando se reclama un pacto fiscal, o, mejor, un concierto económico, se tiene la seguridad de que se podrían mejorar mucho las condiciones de vida de la población, y con ello la solidaridad. Pero el gobierno no cede, ni éste ni los anteriores. Parece que se haya adueñado de ellos una especie de catalanofobia, que han esparcido como la mierda por todo el territorio español. Si Standar and Poor’s rebaja la deuda catalana al nivel de deuda basura, no es sólo por los intereses especulativos. Por si faltara alguien a la fiesta, se pronuncia un coronel del ejército diciendo que Cataluña será independiente “por encima de su cadáver” y que no tienten al ejército, que es un león dormido pero pude despertar ante la amenaza. España antes roja que rota.
Voy a poner un ejemplo. La ley de inmersión lingüística por la cual la enseñanza en Cataluña se realiza en catalán (aunque por supuesto también se enseña el castellano). El gobierno, el partido del gobierno, los tribunales y no sé cuantas instituciones españolistas se han pronunciado en contra. Pues bien, este sistema es la garantía de que los jóvenes, en bachillerato o cuando ingresan en la universidad, dominen perfectamente ambas lenguas (o, por lo menos con la misma competencia que en otros lugares de España). A partir de aquí, en este país -Cataluña- donde bastante más de la mitad de la población proviene en primera, segunda o tercera generación de otros lugares de España, puede elegir como expresarse, como sentirse y disponer exactamente de los mismos recursos que cualquier catalán de rancio abolengo (si hay alguno). Gracias a la lengua, cualquier persona puede integrarse en Cataluña, venga de donde venga, porque, en Cataluña, es catalán quien habla en catalán y quiere ser considerado como tal, así de fácil. Es más, aunque haya personas de buena fe a quienes les cueste creerlo, en Cataluña se puede vivir sólo en castellano, pero no sólo en catalán. Se lo puede demostrar a quien quiera.
Por todo eso, seguramente ya valdría la pena ejercer la autodeterminación para autogestionarnos. No acabaríamos así de pronto con la crisis, pero tengo el pálpito de que lo enfocaríamos bastante mejor. Y eso, por supuesto, no significa olvidar ni abandonar al resto de los pueblos de España, tal vez establecer con suerte un ejemplo y una cabeza de lanza.
Pero, por si fuera poco, la independencia reportaría unas ventajas políticas evidentes para la sociedad catalana. Actualmente, hay partidos de derecha que mantienen su hegemonía gracias al nacionalismo y al hecho de jugar a la contra. Son “los de casa”. Y eso crea un magma donde caben desde rancios democristianos hasta socialdemocratas nacionalistas. También hay partidos de izquierda sin otro discurso que la independencia, y otros, los socialistas, que no acaban de asumir nunca sus responsabilidades porque se deben a una fidelidad externa con la socialdemocracia del PSOE y sus estrategias. Bueno, pues acabemos con eso. Hagamos de Cataluña un estado y se caerán automáticamente todas las caretas, los políticos deberán definirse por su programa social, no por cuestiones identitarias.
Por todo ello valdría la pena tener un estado catalán independiente, como un medio para ensayar las posibilidades que una sociedad políticamente nueva pero estructurada, de un tamaño razonable y dentro del marco europeo tiene, en este contexto, para alcanzar un nuevo pacto social basado en la sociedad del bienestar. Porque éste es al fin mi objetivo, para Cataluña, para todos los pueblos de España y de Europa y para todo el mundo: que otro mundo sea posible.
No va a pasar, hay demasiados intereses en juego, pero sería un escenario muy pero que muy estimulante.