dijous, 15 de novembre del 2012

El voto en tiempos de guerra

 En las próximas elecciones al Parlament de Catalunya del 25 N votaré por Esquerra Republicana de Catalunya. No lo haré, como alguien tal vez pudiera pensar, con la nariz tapada, sinó con convicción e ilusión. He sido muy crítico respecto a Esquerra en los tiempos del tripartito, pero también pienso -es una rara peculiaridad de ese partido- que se ha renovado profundamente. La Esquerra que encabeza Oriol Junqueras, sobre el papel, me ofrece garantías de que será realmente un partido independentista y seriamente preocupado por la justicia social.

Hay dos cosas que me atraen especialmente de su opción: su predisposición a que el proceso hacia la consulta al pueblo catalán sobre la independencia se plantee sin tardanza, de modo que las elecciones no se conviertan en cuatro años de respiro para CiU sin que el pueblo catalán se pronuncie sobre el tema; y la claridad de sus objetivos sociales sin que esto la lleve a hacer proclamas utópicas para pasado mañana. Precisamente porque su agenda en este sentido es creíble, su política puede ser eficaz. No es más de izquierdas quien lanza proclamas más incendiarias sino quien avanza -o presiona desde la oposición- para que se adopten medidas posibles en cada momento en una línea de radicalidad política contextual y no de fuegos fatuos.

Ayer, 14 N, tuvimos ocasión de mesurar en la calle la creciente necesidad de que se tomen medidas, pero medidas realistas, aplicables ya, antes de que la inanición se apodere de todas y todos y la revolución mundial de las clases populares sea un sueño cada vez más lejano. Hoy, 15 N, escuchando al gobierno y a sus voceros, constatamos que, por la vía de la huelga y las manifestaciones, no vamos a cambiar nada.

Mi opción por Esquerra Republicana es una apuesta, desde luego, de la que espero no arrepentirme, pero en todo caso la hago sin ningún tipo de reserva mental. No me he adscrito al partido porque soy un pésimo militante, pero, para dar forma a mi compromiso, me he adherido a la plataforma ciudadana Catalunya Sí, liderada por Alfred Bosch y alguno de cuyos miembros se presenta en las listas de ERC.

Iniciamos un proceso histórico, un proceso que será más o menos largo según quién pilote las diversas naves que van a recorrerlo. Y yo he decidido que la nave que mejor representa mis intereses y mis urgencias y tiene capacidad real de influir en el proceso es Esquerra Republicana de Catalunya -ésta Esquerra Republicana de Catalunya-.

Porque además, este proceso, queramos o no, se va a desarrollar en un contexto bélico -metafóricamente pero con toda la dureza que implica el término-. Por un parte respecto al Estado español, sus gobernantes, instituciones y poderes fácticos, que harán todo lo posible y más para que nuestra travesía no llegue a buen puerto. Será, muy a pesar nuestro y ojalá me equivocara, un adversario común frente al que deberán actuar con unidad y decisión todas las fuerzas soberanistas. Por otra parte, se plantea un escenario bélico interno entre la derecha y la izquierda, por decirlo en términos convencionales. La derecha, como siempre, unida, la izquierda, también como siempre, fragmentada.

El gran partido hegemónico de la derecha y más que pobable ganador de las elecciones es CiU, representante de la burguesía y las grandes fortunas catalanas, procedan de donde procedan y que, en estas elecciones, aún conseguirá rentabilizar electoralmente la gran ficción interclasista. Muchos electores que no tienen nada que ver con sus intereses les votarán -aún- por motivos patrióticos. Sin embargo, esto se le puede estar acabando a CiU, y su Némesis, puede ser curiosamente el Partido Popular. ¿Cómo va a pactar CiU medidas económicas y sociales de clase -que no de país-, con el Partido Popular? La ficción según la cual los pactos puntuales o no con el Partido Popular se hacían por el bien del país se le acaba a CiU puesto que el Partido Popular y CiU habrán estado en las antípodas en el debate soberanista y nadie entendería después que, en el camino hacia la independencia, CiU se parara a hacer alianzas con el Partido Popular para continuar con las medidas neoliberales en contra de las clases populares y medias. Unió Democràtica pienso que va a sufrir especialmente.

La izquierda, ya lo he dicho, se presenta dividida. Además de ERC, concurren a las elecciones con posiciones de izquierda y soberanistas, SI, las CUP y -matizadamente- ICV-EuiA. Entiendo la concurrencia de las CUP, que tienen toda mi simpatía pero no tendrán mi voto. Si había un mal momento para presentarse era éste, no sólo por lo que representa de división del voto independentista de izquierda, sino por la propia inexperiencia política, en un parlamento estatal o autonómico, de las Candidatures d’Unitat Popular. La experiencia hay que ganarla en algún momento, lo comprendo, pero en esta coyuntura histórica, con una presencia -si llegan a entrar- meramente marginal, no me parece lo más oportuno. Aunque, si entran, les desearé suerte y acierto.

Entiendo y comparto menos lo de SI. No hay una diferencia programática tan sustantiva con ERC para no acudir juntos. Si acaso, SI deja menos clara su vocación social, parece que sólo cuente la independencia. En esa tesitura sólo se puede especular que SI tal vez se presente para asegurarse algún escaño, cosa que diría bien poco en su favor y respecto a su sentido de país, en un momento en que debemos sumar y no restar votos para la izquierda independentista.

A ICV-EuiA no les voy a discutir su izquierdismo, pero su discurso independentista me parece tibio y, por ende, ambiguo (quizás forzado por la composición de su electorado). Pienso que la coalición tiene un problema de identidad que debe resolver, demasiadas cosas juntas. Esto le da un cierto rédito, pero también le determina un techo muy limitado. Tal vez piensen rascar votos del PSC y quizás alguno caiga, pero me temo que los votos que van a desertar del PSC se van a dirigir a opciones independentistas más claras.

Del PSC mejor no hablo. Veremos si se hunden definitivamente o si son capaces de recrear un nuevo espacio político, por supuesto sobre otras bases y con otros nombres, dentro del futuro de la política catalana.

El resto de partidos con opciones de obtener representación encarnan los intereses de la derecha y del españolismo puro y duro. Recogeran el voto del resentimiento, el malestar y el anticatalanismo. Espero, por el bien de todos, que sea muy escaso.

El único problema de aritmética electoral sobre el que me interesa llamar la atención en este blog (que no creo que sea muy frecuentado por votantes de CiU, del PP o de Ciutadans) es el de la dispersión de los votos de la izquierda independentista en unos momentos en que necesitaríamos la mayor fuerza y unidad posible para hacer frente al Estado español, a la política neoliberal de CiU, y para transmitir un mensaje inequívoco a Europa y al mundo respecto a nuestra voluntad. No se trata de si las CUP o SI sacarán algún parlamentario o no. Se trata de los que en todo caso se pierden.

Tenemos una nefasta ley electoral que castiga a las fuerzas pequeñas y favorece a las grandes, trasvasándoles además los votos, la energía, de las primeras, si no salen. Frente a esta situación, combinando varias encuestas, entre ellas las del CEO y el CIS, resulta que, aun con los mejores resultados de SI y-o las CUP, sumándolos a los de ERC, podríamos obtener un frente independentista de izquierdas, de, como mucho, 17 o 18 escaños entre todos, equiparable al PP, repito: entre todos. En cambio, si los votos independentistas de izquierda fueran todos a Esquerra Republicana, este partido obtendría fácilmente 22 o 23 escaños -con los mismos votos pero concentrados en una sola opción-, con lo cual se convertiría claramente en la segunda fuerza política y con una importante capacidad de control sobre CiU, especialmente si esta no obtenía la mayoría absoluta y teniendo en cuenta las divisiones internas de la coalición, y las posibilidades, en cambio, de trabajar conjuntamente, después de las elecciones, con Iniciativa per Catalunya, lo que nos llevaría -por lo menos en determinados aspectos-  a los 34 o 35 escaños.

La ley electoral no está bien, el voto útil  está muy desprestigiado, pero jamás hemos vivido una situación histórica como ésta y no la podemos dejar escapar, tenemos que dar un mensaje claro a la derecha, al Estado español, a Europa y al mundo. Y, además, ayer se vió con toda claridad en la manifestación de Barcelona, no podemos dejar las manos libres a CiU para que siga acabando con nosotros a base de ajustes y recortes. No podemos permitir que se pierda un solo voto para que vaya a parar a la cuenta de nuestros verdugos.

Mi voto no será un voto útil sino de convencimiento, pero, aunque no fuera así, pienso que en la guerra como en la guerra y que debemos estar todos en una misma trinchera -y, como tal, no hay otra que la de ERC- para luchar con uñas y dientes por la independencia y la justicia social y conseguirlas más pronto que tarde. Podemos hacerlo. De nosotras y de nosotros depende. Todos somos mayores, conocemos la fuerza del enemigo y sabemos contar…

Programa electoral completo de ERC:
http://www.esquerra.cat/documents/c2012_programa-2.pdf

dissabte, 10 de novembre del 2012

Carta de Catalina Valverde a un amigo gallego

“Amigo Javi,

A ver si sé explicarte de manera clara y sin líos todo lo que llevo en la cabeza con respecto a la independencia de Catalunya. Te voy a explicar cosas que quizá son inconexas pero que, en su conjunto, te darán una idea general.

A ver por dónde empiezo...

Bueno, empezaré por decirte que el tema independentista, hoy en día, no es tanto una cuestión identitaria como económica. Siempre ha habido un pequeño poso de independentismo, pero muy leve. La crisis y los bocazas del gobierno, y su falta en cumplir los compromisos con Catalunya se han encargado de hacer el resto. Vamos, que el PP es una fábrica de independentistas.

Que en Catalunya no sólo hay catalanes de pura cepa (son los menos), sino gentes venidas en los tiempos de la inmigración, de todas partes de España: andaluces, gallegos, murcianos y un largo etcétera. No se les ha regalado nada, porque nadie regala nada, pero han tenido oportunidades  y se han quedado... y no nos hemos peleado. Yo soy nieta de andaluces, por ejemplo y jamás, jamás, ningún catalán de pura cepa, me ha mirado por encima del hombro. Aquí hay convivencia.

En la escuela, la enseñanza que me dieron sobre la historia de España se limitó a los Reyes Católicos y Cristóbal Colón, y poca cosa más. Por lo tanto, como que ni soy universitaria ni he estudiado la historia de Catalunya, no te puedo dar ninguna explicación absolutamente cierta de si Catalunya fué reino o no. Y es más, si oyes a los de la meseta castellana dicen una cosa y los de aquí dicen otra... así que no puedo dar una opinión cierta ni defender nada. Pero sí que pienso que si tanto en Galicia como en el País Vasco, como en Catalunya hay un idioma que nos es propio (y por algo somos las comunidades históricas), alguna diferenciación debería haber con el resto de España ¿no te parece?

Desde los sucesivos gobiernos de España siempre se nos ha denostado, nos han llamado llorones, prepotentes y lo que les ha venido en gana, faltando muchas veces a la verdad. Naturalmente, el resto del país, las personas, se lo han ido creyendo. Tú sabrás, como yo, que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad ¿a que sí? ... Pues eso.

Y ahora más cosas que se me vienen a la cabeza: Habrás oído hablar del agua del Ebro que "los catalanes preferimos tirar al mar antes que repartir a otras comunidades" (¡qué malos que son los catalanes!). Pues bien, mira por donde tengo un consuegro que es de uno de los pueblos del delta del Ebro, y un día le pregunté qué era lo que pasaba, y me dijo: Mira, el río Ebro, cerca de la desembocadura, a ocho metros de profundidad, el agua es salina porque no recibe suficiente volumen de agua como para vencer al mar. Si en su camino se va vaciando de agua, en poco tiempo desaparece el río y el Delta del Ebro. Eso es lo que pasa... Pero claro, eso no lo explican desde el gobierno, se limitan a machacar lo malos que somos los catalanes, no les interesa decir la verdad.

Otra cosa: En julio del 2010 salimos a la calle un millón de personas, en Barcelona, en protesta por nuestro Estatut. Se hicieron unas modificaciones, aprobadas por el Parlament y luego por las Cortes. Llegó el PP, denunció, y lo que se había aprobado se echó para atrás. ¿Eso es democracia?... ¿Eso es respeto a las instituciones catalanas?... Con esto la gente empezó (empezamos, que yo soy independentista de hace dos días) a calentarse con el independentismo.

Más cosas: de un total de un 100% de inversiones que tenían que hacerse en Catalunya en el 2011, sólo se ha invertido el 36%, mientras que en otras comunidades (Madrid), se invirtió el 110%, o sea que no es que no haya dinero sino que se nos maltrata. Y no es que no queramos que Madrid esté bien... ES QUE NOSOTROS TAMBIEN QUEREMOS ESTAR BIEN, QUE PAGAMOS Y MUCHO.

Más: Desde que se inventaron las autonomías, el Estado adeuda a Catalunya un montón de dinero, cuya cifra no recuerdo y no me la quiero inventar, pero que si nos lo devolvieran, Catalunya no tendría déficit o al menos, no tendría el déficit que tiene.

¿Qué ha pasado con el déficit de Catalunya?: Muy sencillo, que si no llegaba el dinero de Madrid para pagar salarios, proveedores, subvenciones o subsidios, se tiraba de préstamos bancarios, ya que a la gente había que pagarla puntualmente, CUANDO NOSOTROS YA HABIAMOS ANTICIPADO ESE DINERO A MADRID.

Como que ya no se tiene crédito, por lo visto, según oí, existe un fondo de liquidez autonómico, que supongo que será como una hucha para emergencias, de las autonomías. Pues bien, el mes pasado la Generalitat pidió dinero de ahí, y como que "nos llegó tarde", hay  que pagar (no te lo pierdas), una multa a la Seguridad Social de ¡¡¡VEINTICUATRO MILLONES DE EUROS!!! No hay derecho.

Catalunya es, junto a las Baleares y Madrid, quien más aporta al Estado. Ignoro qué ocurre en las Baleares, y en cuanto a Madrid, imagino que como muchas empresas tienen sus sedes sociales en Madrid, cotizarán ahí.

Querido Javi, el problema del independentismo es una cuestión de dinero (sí, los catalanes peseteros, como si las cosas se pagaran o se hicieran con el aire), no es que nos queramos separar de las personas del resto de España. Yo no, al menos... y mucha gente que yo conozco, tampoco. 

El idioma, otra cosa... ¿por qué han de ningunearnos con el idioma de aquí?... Yo quiero que convivan el castellano y el catalán, al mismo nivel, porque son mis dos idiomas, y estoy orgullosa de ellos. ¿Qué tiene que decir el papanatas del Wert que hay que españolizar a los catalanes? ... ¡Que se vaya a su tierra y nos deje tranquilos!

Cuando aquí se eliminaron las corridas de toros, se lió la de Dios es Cristo... pero hace ya muchos años que se eliminó esa práctica en las islas Canarias, yo no oí nada... ¿Por qué no nos dejan tranquilos?

Y como esto, te iría desgranando un largo rosario de cosas que molestan y que hace que cada vez haya más independentistas. Te pondré un ejemplo, imagínate que vives con tu familia, a la que le entregas tu salario, y tu familia te lo administra. Y te dice que te dará tanto al mes, para tus gastos, y que el resto es para la familia. Tú dices que bueno. Pero llega el día y te dicen... oye...  que te pagaré más tarde... y además, te daré menos.... Y tú le dices... oye, pero es que yo tengo compromisos, y he de pagar... Y te contestan... oye, siempre estás llorando, pesetero, más que pesetero, que sin nosotros no podrías vivir... Y esto un año y otro... al final les dices... ¿sabéis que os digo?, que me voy, que me quedo mi dinero y que os den morcilla.  Y dice la familia... oye, oye... no seas idiota, que sólo no vas a poder vivir, ven que hablaremos... Y el otro, el tonto, les dice: ¿Ahora queréis hablar?... ¿Para qué?... ¿Para que volváis a hacer lo mismo? Pues no, me marcho. Es esto, Javi.

¿Que no podremos pagar las pensiones?... ¡¡CON SOLO EL DINERO QUE ENTREGAMOS A MADRID PODRÍAMOS TIRAR MILLAS!! Evidentemente, los primeros años serían duros porque habría que reorganizarse y hacer convenios con otros países, etc. Tampoco íbamos a atar los perros con longanizas, no soy tan ingenua, pero necesito, quiero creer en una mejor sociedad, y con los gobiernos que tenemos, lo llevamos mal. La alternativa a la independencia es quedarnos como estamos. Y la verdad es que la idea no me seduce nada.

Y ahora te hablaré del gobierno catalán. CIU es la derecha catalana, que como tal, mira para sus intereses, pero desde luego no es lo cavernícola que es el PP, ni mucho menos. De todas maneras, yo no les votaré, que lo sepas. Votaré a un partido de izquierdas, independentista, que todavía estoy por escoger.

Bien, Artur Mas, en su programa electoral, llevaba como promesa estrella el Pacto económico con el gobierno. Se trataba de pedir una "rebaja" en lo que Catalunya aporta al estado, y ya sabes que se le dió un rotundo NO. Días antes salimos el millón y medio de personas, de catalanes (aquí es catalán todo aquél que vive y trabaja en Catalunya), a los que nadie nos obligó a salir a la calle, en demanda de la independencia, producto del cansancio de años y años de sentirnos ninguneados.

Artur Mas llevaba una bala en la recámara, que éramos la gente que salimos a la calle. A su regreso, disolvió el Parlamento porque dijo que aquello que había prometido no podía llevarlo a cabo (el pacto económico). Ni Mas ni CIU nunca han sido independentistas, pero ahora se encuentran con una patata caliente en la mano, y algo tendrá que hacer. Muchos dicen que con los recortes había perdido peso y que ahora se sube al carro del independentismo. Es posible. Pero creo que ha hecho algo que Rajoy también tendría que haber hecho. Rajoy ya sabes que prometió el oro y el moro, no paro, no Iva, no, no, no... y está siendo sí, sí, sí... Rajoy entiendo que debiera dimitir, y no lo hace. Mas sí lo ha hecho, y también se le critica... MI opinión es que ha hecho bien, a pesar de que yo no le votaré.

No toda la población catalana está a favor de la independencia, aunque día a día y gracias a las cagadas del PP, se van sumando más personas. 

Y, vamos a ver… ¿por qué no dejan hacer un referéndum?... ¿Será que tienen miedo de que la "joya" de la corona se vaya y los deje en calzoncillos?... Porque, visto lo visto, no creo que sea para protegernos, cuando nunca jamás hemos sentido simpatía de parte de los sucesivos gobiernos...

Ahora quieren "hablar"... ¿ahora?... ¿después de más de 30 años?... Mira, no, ya se nos ha acabado la paciencia.

Y podría seguir con la gente de aquí, ese 28% de niños que están por debajo del umbral de la pobreza, que sólo comen lo que se les da en los comedores de la escuela.

Así que ni somos más guapos ni más listos (como me dijeron por el facebook). Estamos hasta los cojones.

En otra ocasión, intentando dar explicaciones me colgaron a continuación de mi comentario (en el face también), las corruptelas de algunos políticos catalanes, y la relación que mantiene el Barça con los emiratos árabes.... ¿Y eso qué tiene que ver?... Señores, no estáis entendiendo nada, confundís las churras con las merinas... Pero no hay forma Javi, la gente NO quiere entender, y no me cabe en la cabeza. Y por eso te agradezco infinito que, al menos, hayas intentado comprender, directamente, de una ciudadana de a pie, lo que pasa en Catalunya.

Naturalmente, tú puedes interpretar lo que he escrito como tu razonamiento te dé a entender, pero puedo asegurarte que lo que he escrito "va a misa". Y habrá personas que consideran que todavía podemos aguantar indefinidamente, y otras, como yo y unos cuantos más, que estamos hartos de aguantar.

Un abrazo y repito, gracias.

Catalina Valverde


PD.
En mi escrito anterior no pude darte la cifra que adeuda el gobierno español a Catalunya, que, aun sabiendo que era muy alta, no me acordaba de la cifra y preferí no dar números que no fueran ciertos.

Casualmente, esta mañana, en una tertulia en la que intervenía Manolo Millán, que fué del PP y que se salió porque es una persona coherente, se ha dicho que la deuda anual del gobierno con Catalunya es de (agárrate) 16.000.000.000 de euros. Multiplica esto por los 34 años de autonomías, y te dará un resultado de 544.000.000.000 de euros. Una cifra que marea, ¿verdad? 

No sólo es la deuda que va aumentando año tras año, sino que si el gobierno hubiera cumplido sus acuerdos con Catalunya, no sólo no seríamos la comunidad más endeudada, sino que, además, al tener este dinero en su momento, nos hubiera permitido invertir en Investigación, en carreteras, en la industria... y no nos pasaría, como ahora, que en las escuelas públicas no se sustituye a un maestro enfermo hasta que no hace quince días de baja, con el consiguiente deterioro de la enseñanza. Y esto es solo un ejemplo.”


dimecres, 7 de novembre del 2012

Verdades como puños

Vivimos una situación inédita en la historia de la humanidad: una ofensiva del capital que pretende quedarse absolutamente con todo. Esta no es una situación pasajera de la que nos vamos a recuperar. Al contrario, la situación dista mucho de haber tocado fondo y no lo hará hasta que toda la riqueza quede en manos de una reducida plutocracia -de los ricos extremadamente ricos- y la gran mayoría de la población quede reducida a una situación sustancialmente asimilable a la esclavitud  o a la servidumbre. De momento en Europa, después ya veremos. El objetivo final parece ser el dominio de todo el planeta para su exclusivo uso y disfrute. No hay ninguna esperanza de que las cosas cambien por su propia evolución.

A esa sumisión de la mayoría de la especie humana al capricho de unos cuantos no hay ninguna fuerza que se le oponga. Los políticos, en algunas ocasiones, forman parte ellos mismos de esta minoría plutócrata. Sin embargo, lo más habitual es que se comporten como una casta, que mantiene sus privilegios a cambio de ejecutar las políticas de genocidio gradual impuesta por los verdaderos gobernantes en la sombra: recortes de sueldos y servicios públicos, recargos en todo tipo de impuestos, máximas facilidades para despedir y contratar a precios ridículos, reducción o desaparición de todo tipo de prestación asistencial… y así sucesivamente hasta llegar a extremos aún inimaginables.

Los políticos llamados de izquierda ya hace mucho tiempo que aceptaron la supremacía del capital a cambio del supuesto mantenimiento de un estado del bienestar, que ahora se ha visto que era un espejismo que el capital ha liquidado -o está liquidando-  cuando ha decidido que no le reportaba ningún o insuficientes beneficios. Ahora, toda la izquierda socialdemócrata (que patético suena ese término) se ha quedado sin discurso y sus políticos deambulan como muertos vivientes, negándose a desaparecer, haciendo esfuerzos tan descomunales como inútiles para que la población no advierta que están huecos, que no tienen nada que decir, nada que hacer.

La izquierda parlamentaria que no ha adoptado el discurso socialdemócrata es testimonial y está presa en el mismo sistema de la democracia representativa, donde no representa nada ni a nadie y se limita a oponerse, de una forma completamente estéril, a todas y cada una de las medidas que los mandatarios del capital van introduciendo ininterrumpidamente. Como si el hecho de frenar una sola de esas medidas -cosa que tampoco consiguen-, sirviera para algo más allá de ofrecerles un pobre consuelo para la inutilidad de su existencia.

Tampoco existe una izquierda extraparlamentaria organizada que sea capaz de llevar a cabo acciones efectivas, que realmente alteren la plácida vida del capitalismo y los capitalistas. Discuten, desenpolvan viejos textos marxistas o anarquistas que para poco sirven en la situación actual y se ven a sí mismos, orgullosos y felices de haberse conocido, como la vanguarda de la revolución pacífica. Contradicción en los términos en la que no parecen reparar ¿cuándo en la historia del mundo mundial ha existido una revolución pacífica?

Los movimientos sociales, si se les puede llamar así, se apuntan a la misma estrategia: desobediencia civil, no violencia activa. Al final todo queda en el no y el des, es decir, en nada. ¿En qué consiste la no violencia activa y la desobediencia civil? ¿En hacer manifestaciones -cada vez más pobres- y huelgas puntuales que el sistema tiene más que descontadas? La última manifestación que ha tenido una cierta repercusión pública ha sido la del 25 S, pero sólo a causa de los excesos desproporcionados de la policía, aún se lo tendremos que agradecer. Hubo un 15 de mayo, pero fue flor de un día, muy bonito, muy utópico, pero absolutamente inútil para cambiar el rumbo de las cosas. Las Pah trabajan denodadamente para frenar algo tan surrealista como los deshaucios en un país repleto de casas vacías y consiguen algún éxito, todo mi respeto y mi cariño hacia ellas, pero tampoco cambian el rumbo de las cosas. Como no lo cambian las organizaciones de ayuda a los más desfavorecidos, ya provengan de instituciones preexistentes o hayan surgido espontáneamente a raíz de la situación. Hacen un trabajo absolutamente necesario y admirable, sin el cual la situación de muchas personas se habría hecho aún más insostenible, pero, por otra parte, constituyen un paliativo frente a los desmanes de los plutócratas y, al contener una parte de sus efectos, fomentan también la dependencia y la conformidad.

¿Y las tan cacareadas redes sociales? Básicamente son un coro de plañideras y un lugar donde desgañitarse sin molestar a los vecinos. Véase la multitud de grupos y perfiles alternativos que pululan básicamente por facebook y twitter -y alguna otra plataforma más cool para enterados-, véanse también la multitud de publicaciones digitales, páginas, blogs y webs que proliferan en internet. En el mejor de los casos elaboran reflexiones que reciben el aplauso o la reprobación de quienes las leen, a veces con un frío “me gusta”, pero la mayoría de material que circula por el internet consciente e indignado, vamos a llamarle así, son exabruptos contra los políticos y las medidas políticas, enlaces de noticias más o menos sangrantes o de escritos y frases bienintencionadas de algún personaje ilustre que se repiten regularmente. Es necesario desahogarse y es bueno reflexionar, en un mundo donde la realidad nos llega deformada por los medios de comunicación de masas, propiedad de los mismos plutócratas, y que consiguen crear la ilusión de que las medidas económicas que se adoptan son inevitables y por nuestro bien y que, a pesar de todo, el mundo sigue funcionando con normalidad, como podemos comprobar por los concursos, los debates de famosos, las series y la Champions, … En un mundo así, internet constituye por lo menos una válvula de escape y un cierto punto de contacto con la realidad real.

Pero en internet no aparecen propuestas para la acción con capacidad de prosperar, ni organizaciones políticas que trasciendan el ciberespacio y consigan expandir sus propuestas por el mundo real. El día en que internet deje de ser un juguete inofensivo, el opio de la sociedad indignada, como le llamé en una ocasión y alguien sea capaz de organizar desde la red acciones realmente contundentes contra el orden establecido por el capital, o de llegar a una parte significativa de la sociedad y conseguir que se organice y actúe de manera eficiente para cambiar la situación desde abajo, ese día, con cualquier argumento, el gobierno cerrará o limitará drásticamente el acceso a internet.
Dan ganas de chillar: “quien no tenga la solución que se calle”. Y de empezar por uno mismo: cerrar el blog y mi perfil de facebook y twitter y alienarme encerrándome en mi vida profesional o en alguna de mis variadas aficiones que nada tienen que ver con el mundode la política, o ambas cosas a la vez. En ocasiones he estado tentado de hacerlo y la verdad es que no tengo una explicación convicente de porqué no lo he hecho, la esperanza supongo…

Desde el pasado septiembre aposté por la vía del independentismo de izquierdas (sigo con ese absurdo vocablo, izquierdas, para entendernos, le podría llamar progresista o altermundista, pero no es que se gane mucho en precisión). Yo he sido independentista desde mi adolescencia, de una forma natural, cuando comprendí que el franquismo -y con el franquismo quiero decir los padres y la OJE y el NODO y los grises…- me habían robado mi identidad colectiva. Me dí cuenta el día que cayó por primera vez en mis manos un libro de poesía en catalán. ¡Hostia! Resulta que lo que habábamos en casa y con los amigos se escribía y que yo apenas conseguía entenderlo. Me dió tanta rabia que me puse a estudiar catalán como un loco hasta que conseguí el diploma de profesor de catalán y me leí todos los libros de historia de Catalunya que cayeron en mis manos, desde Ferran Soldevila i Jaume Vicens Vives hasta Pierre Vilar y Josep Termes, Josep Fontana… y también me dediqué a recorrer Cataluña pueblo por pueblo, como si fuera Espinàs o Labordeta. De ahí surgió mi conciencia de que Cataluña era mi pueblo, en el sentido, como ya expliqué en otro post, literal de la palabra, un lugar conocido, familiar, donde me entendía y era entendido, como una prolongación de mi entorno inmediato. No sentí la urgencia de, por esa razón, separarme de España, por una parte porque terminó el franquismo y con la Transición nos vendieron la idea de que venía otra España más moderna y plural, y, por otra parte, porque también viaje mucho por España y aprendí a enamorarme, no del concepto, pero sí de sus tierras y sus gentes, tal como me había enamorado de los que Candel llamó els altres catalans, que emigraron a Cataluña durante los años sesenta y con los que había compartido tantas cosas, incluyendo militancia política, amistades y amoríos.

¿Por qué pues reivindico ahora la independencia de Cataluña? Por varias razones, y en ningún caso porque haya dejado de amar a las gentes y a las tierras de España. En primer lugar porque la Transición fue una estafa, aunque, viniendo como veníamos del franquismo, tardáramos en darnos cuenta, y en ella Cataluña fue laminada otra vez, porque empezábamos a ver que España se ponía bonita, pero Cataluña siempre se quedaba para las sobras: suburbios degradantes, autopistas de peaje con la única alternativa de carreteras indecentes, un transporte público de pena y precios más caros que en ningún otro lugar, y ¡ojo! que quien más lo sufría eran precisamente los antiguos emigrantes y los que iban empezando a llegar de otras latitudes. Por otra parte, el Gobierno de la Generalitat estaba copado permanentemente por Jordi Pujol y su partido, que parecía que iba a inaugurar una nueva dinastía de condes-reyes. Se produjo al fin el cambio y el tripartito desaprovechó la ocasión, pero presentó, bajo el mandato de Pasqual Maragall un nuevo proyecto de estatuto mucho más soberanista, que, aprobado en Cataluña, fue cepillado en el congreso, según expresión de Alfonso Guerra, recurrido por el PP y otros y después completamente desnaturalizado por el Tribunal Constitucional. ¡Un estatuto que no planteaba ninguna secesión y que había sido democráticamente votado por el pueblo catalán en referéndum! Por si esto fuera poco, el PP y no recuerdo si también otros, recurrieron también la ley que permitía la inmersión lingüística en la educación catalana, una ley que garantizaba el correcto dominio de ambas lenguas y, por tanto, en la práctica, permitía al hijo de mi amigo emigrante andaluz de los años sesenta vivir en catalán, si le daba la gana, como cualquier otro catalán de rancio abolengo, incluso hacerse independentista. Jamás comprendí tamaña estupidez por parte de la derecha española.

En esto llegó la crisis, el tsunami capitalista, y Cataluña empezó a sufrir también de manera diferencial, porque todo lo que se había dejado de invertir en ella se convertía ahora en un flagelo y además Cataluña debía seguir contribuyendo muy por encima de sus posibilidades al rescate de una España, intervenida de facto desde el primer momento, es decir, a la recapitalización de los bancos y de oscuros personajes e inmobiliarias fantasmas que, en su inmensa mayoría, tampoco procedían de Cataluña. Cuando la solidaridad empezó a ser solidaridad con Caja Madrid o con Martinsa Fadesa, con Terra Mítica y con Polaris World, se empezó a ver como un expolio. Cuando el gobierno del Partido Popular llegó al poder y empezó a tomar decisiones no sólo intolerables para toda España sino abiertamente discriminatorias con Cataluña como la desatención de infraestructuras de primera necesidad o la insistencia, afortunadamente desoída por Bruselas, de postergar el corredor del Mediterráneo, vital para la economia -no sólo catalana-, para apoyar por lo menos por igual el corredor central, infinitamente más caro e improductivo. Cuando volvió a amenazar con una política de aguas que debía llevar el agua del Ebro a las especulativas urbanizaciones y campos de golf de Valencia (paralizada por la crisis), o cuando puso todas las trabas imaginables para que el aeropuerto del Prat se convertiera en un Hub internacional, la suerte estaba echada.

En septiembre, antes de la manifestación, yo ya tenía decidido que no quería tener nada más que ver  con España, es decir, con el Estado español, se puede verificar en este mismo blog. Ya quería recuperar territorialmente mi identidad, con un reconocimiento político-administrativo pleno, y me negaba a seguir sufriendo el atraco institucional del Estado español para rescatar bancos y para que, encima, Cataluña tuviera que recurrir a sus préstamos y soportar todo tipo de agravios. Se acabó, basta, prou!

Pero, además, veía una posibilidad estratégica, que he explicado repetidamente, para, aprovechando la fuerza telúrica del 11 S que arrastró al gobierno de CiU a una situación donde no le quedaba otra que convocar elecciones, intentar conseguir la independencia de Cataluña y un gobierno de izquierdas que recuperara la justicia social. Abrir una brecha en el muro del capitalismo triunfante.

Esto no se iba a producir, por supuesto, en estas primeras elecciones -que va a ganar CiU, lacayos tan aventajados o más que el PP de los intereses del capital-. La izquierda -desunida para variar- debía -deberá- presionar para que el referendum, o lo que sea, por la independencia se produzca a la mayor celeridad posible. Porque, una vez independizado el país, o incluso en el proceso de negociación de la independencia, cada cual deberá redefinir sus posiciones y -reitero- Cataluña es un país de izquierdas, donde la izquierda, si no hace más imbecilidades, puede gobernar con una cierta comodidad.

A partir de ahí se abren muchas posibilidades. Las cosas pueden ir bien o pueden ir mal, pero la batalla se producirá en un campo limitado, abarcable y que conocemos perfectamente.

Creó firmemente que, después del 25 N, las palabras deben dejar paso a los hechos en Cataluña, y si hay que partirse la cara nos la partiremos. Solventado el tema identitario, de entre todos los  catalanes, de Cuenca o de Matadepera, pero catalanes, creo que somos legión los que, en este pequeño país, no estamos dispuestos a soportar más recortes y humillaciones sin dejar la piel en el empeño. Nos dicen que tendremos que negociar no sé cuantas cosas y que no seremos admitidos en la Unión Europea… Bueno, pues mire, me da igual, quiero y creo que somos una amplia mayoría que lo queremos un país libre y socialmente justo, si es pobre y tenemos que recuperar las catalanas pessetes no pasa nada, así, a lo mejor, los señores del capital se olvidan de nosotros.

Siempre he pensado que la Revolución Cubana fue una historia bonita, me gustaría haberla vivido. Cuba se convirtió en lo que es, en primer lugar porque, presionados por los magnates que emigraron a Florida, principalmente, USA le cortó cualquier camino y la arrojó en manos de la Unión Soviética. Y después por un vergonzoso boicot comercial que, el país, a pesar de todos los pesares, ha sabido resistir.

No quiero dictaduras de ningún tipo ni tener que sobrevivir en la más absoluta precariedad -aunque ésta llegaría de todas maneras-, pero prefiero un país pobre con las prioridades (sandidad, educació, trabajo, asistencia…) bien marcadas, que no vivir alienado en una fantasía mientras me van chupando la sangre los vampiros de la especulación.

Señoras y señores, se acabó el tiempo de divagar. Hay que pasar a la acción antes de ayer. Algunos estamos intentando hacerlo por esa vía, puede fallar, hay que preparar otras, pero ya, basta de chascarrillos. Yo me apunto a un bombardeo y si atacamos por distintos frentes, mejor ¿Nadie es capaz de imaginar alternativas estratégicas serias?...

Aunque, eso sí, sea cual sea nuestra lucha, siempre voy a exigir el derecho a decidir para mi y para mi pueblo, faltaría más.

dimecres, 31 d’octubre del 2012

Las elecciones del 25 N y el empoderamiento del pueblo catalán

Me gustaría reflexionar sobre el soberanismo estríctamente como estrategia política para alcanzar una sociedad más justa, sin tener en cuenta factores emocionales, agravios ni derechos colectivos,sólo el objetivo de transformación de la sociedad.

Como he explicado en otras ocasiones, pienso que el soberanismo y por ende la independencia de lo que hoy constituyen -bajo distinas denominaciones- regiones europeas se plantea como un camino por lo menos prometedor y con posibilidades inéditas, frente a dos hechos difíciles de ignorar:

a)que no existe ni se atisba ningún movimiento de respuesta a la dictadura financiera mínimamente eficaz y capaz de hacer retroceder o por lo menos detener el avance arrollador de la ofensiva neoliberal que está provocando estragos entre las clases medias y populares de Europa y muy especialmente de los países del sur, y

b) que las naciones-estado actuales, nacidas fundamentalmente de las revoluciones burguesas, por su tamaño, por el conjunto de los intereses financieros implicados y por el anquilosamiento de sus sistemas políticos, además de la clara connivencia de los partidos tradicionales con los intereses del capital, constituyen verdaderos cotos de caza, cerrados, bien vigilados y suculentamente nutridos de piezas de gran valor, para la insaciable ambición de los señores de las finanzas y amos del mundo.

Voy a tomar como referencia la situación de Cataluña, porque me atañe y la conozco bien, pero también porque constituye el proceso más avanzado y aparentemente más sólido en este sentido dentro de la Unión Europea.

En la historia las cosas no empiezan un día y terminan otro sin más, pero, para entendernos, voy a tomar la manifestación del 11 S como punto de partida del proceso. En ese punto ya se producen diversos hechos significativos: el gobierno de Cataluña, que quería una manifestación por el pacto fiscal, se ve absolutamente desbordado, incluso físicamente desbordado, y la entidad convocante, la Assemblea Nacional de Catalunya, que enarbolaba el lema de “Catalunya, nou país de Europa”, también. Salen a la calle por lo menos un millón y medio de personas, el equivalente a la población de la ciudad de Barcelona entera, en el acto público más multitudinario que recuerda la historia en éste y muchos países, y lo hacen con un solo grito espontáneo que ni se corresponde con el lema oficial ni es, ni mucho menos, el que hubiera deseado el gobierno de Artur Mas: “independencia”. Las calles de Barcelona se llenan literalmente de banderas independentistas, no se puede dar un paso ni cabe una aguja y, a pesar de ello, la manifestación se desarolla con toda la paciencia del mundo de un forma absolutamente cívica, sin el más mínimo incidente ni salida de tono, pero con una unidad y resolución impresionantes. Quien estuvo sabe que no exagero.

Este sorpasso del pueblo catalán a su gobierno obliga a Artur Mas a avanzar las elecciones, unas elecciones que serán plebiscitarias porque en ellas, las fuerzas políticas concurrentes, deberán manifestar, como ya lo hace el propio Mas, si están a favor o en contra no sólo de llamar a un referendum a la población de Cataluña para que se pronuncie formalmente sobre la cuestión de la independencia, sino cual será su posicionamento respecto a la propia cuestión de la independencia.

Ahora nos hallamos en este período entre la manifestación, la convocatoria de elecciones y la celebración de las mismas dentro de menos de un mes. Los partidos políticos se tantean y tantean al electorado para perfilar sus estrategias. Desde los sectores españolistas, o sea, contrarios a la independencia, desde Madrid, Barcelona u otros lugares, desde la derecha y desde la izquierda, sibilinamente o con exabruptos, se ha fomentado la estrategia del miedo de una forma casi grotesca, mientras algunos cargos institucionales, no todos, iban lanzando con la boca pequeña mensajes del tipo de “España os ama”, “España os necesita”.

Todo eso es bien conocido por quien haya seguido el tema, pero ¿qué sucederá realmente en las elecciones del 25 N y después?

Todo parece indicar que las eleciones del 25 N las ganará con una amplia mayoría -absoluta o no está por ver-, Convergència i Unió. Entre los principales partidos se prevee que entre el PP y Ciutadans aglutinen el voto antisoberanista, con pérdidas no muy significativas respecto a su situación actual, y que el PSC, con su ambiguo discurso federalista que sustenta en solitario y con escasa convicción, se hunda. El voto de la izquierda soberanista, aglutinado en Esquerra Republicana de Catalunya o más disperso con la presencia en el Parlament de Solidaritat Catalana per la Independència y las Candidatures d’Unitat Popular, tendría un crecimiento importante, sin amenazar en ningún caso la mayoría de CiU.

Si los resultados se producen más o menos en este sentido, va a haber una clara mayoría soberanista liderada por CiU, con lo cual se va a mantener el compromiso de convocar un referéndum o algún otro tipo de consulta vinculante que refrende claramente la voluntad de independencia del pueblo catalán.

Este período postelectoral se antoja especialmente complejo por diversas razones. CiU no tendrá una especial prisa en convocar la consulta ni una posición nítidamente clara respecto a la independencia -ya que como tal no es una coalición independentista- . Es de temer que el gobierno del PP en Madrid, si no se da una gran presión internacional en defensa de propia imagen democrática de Europa, no facilite las cosas. En cambio, la izquierda soberanista presionará para que la consulta se produzca lo antes posible y se de un pronunciamiento rotundo en favor de la independencia. Entretanto, económica y socialmente, las cosas seguirán como hasta ahora y la sociedad catalana seguirá sufriendo el paro y los recortes del estado del bienestar, lo que puede provocar una mayor y más decidida actuación de la izquierda y nuevas agitaciones más o menos masivas en la calle. Esto a CiU tampoco le conviene, hecho por el cual es posible que tenga que acelerar los ritmos más allá de lo que quisiera, incluso radicalazar la pregunta para que no se produzca un nuevo sorpasso. Imagino que a CiU le horrizará la idea de formular una pregunta que admita diversas interpretaciones para encontrarse al día siguiente, como si estuviéramos en 1931, con la población en masa en la calle declarando la independencia de Cataluña.

Si se produce, com es de esperar, un pronunciamiento muy mayoritario a favor de la independencia, el periodo siguiente es muy complejo, ya que el gobierno catalán deberá pactar con el gobierno español y las instituciones europeas su estatus como estado independiente. Si, en ese camino, Cataluña consigue separarse de la fiscalidad española, CiU puede obtener un importante balón de oxígeno, incluso con réditos electorales posteriores, pero, si el proceso se demora, con la exigencia de indepencia sobre la mesa, como una luz de esperanza al final del negro túnel, CiU puede ser incapaz de contener la voluntad del pueblo, quien sabe si incluso de gran parte de su electorado.

En este proceso, al que previsiblemente llegaremos en un plazo razonable, los partidos catalanes, CiU en primer lugar, pero también los partidos de izquierda, se juegan el ser o no ser. Digamos que el pueblo catalán, como tantos, está harto de sufrir, de sacrificarse por el bienestar de los ricos. Esto también estaba en la manifestación del 11 S, y muy presente. Pero, quizás a diferencia de otros pueblos, el pueblo catalán ha podido sentir su fuerza en la calle y esto, créanme, es algo que no se olvida.

El 11 S no se produjo tan sólo una manifestación, sino, como se diría ahora, el proceso de empoderamiento de un pueblo, un pueblo que está expectante, dejando que los pasos se desarrollen con normalidad, pero que está dispuesto, incluso diría que ansioso, de volver a demostrar su fuerza si no se escucha su mandato.

Muchos antisoberanistas apelan al seny catalán com si lo hubiéramos perdido. Pero no saben, o lo olvidan, que el seny es parte indisoluble de una moneda de dos caras: el seny y la rauxa. Por eso dice nuestro laborioso himno que quan convé seguem cadenes.

 

dimecres, 24 d’octubre del 2012

La izquierda catalanista y la teoría del bien limitado

Falta poco más de un mes para las elecciones probablemente más trascendentales que hasta el presente hayamos vivido en Cataluña. Lo que en ellas se va a dirimir es el camino que toma el país para emanciparse de España o para mantenerse integrada, de una u otra forma, con ella. Con ellas no va a terminar nada, pero pueden empezar muchas cosas.
Y a estas alturas, cuando, precisamente por su trascendencia, las propuestas políticas de los partidos y coaliciones que se presentan deberían estar más que claras, sigue reinando la ambigüedad y la confusión.
Esto se debe, en gran parte, a que, en estas elecciones se sustancian dos elementos distintos pero complementarios: la vinculación de Cataluña con España y la política económica y social. Dos variables que, en combinación, forman un cóctel explosivo.
Sólo el PP de Cataluña, que, por su dependencia de la política del gobierno español, no tiene ninguna posibilidad de cambiar sus propuestas, se ha manifestado abiertamente como el partido de los catalanes que no se quieren emancipar de España y que piensan que la política económica y social que está desarrollando Rajoy es el camino para salir de la crisis y recuperar la senda de la prosperidad.
Ciutadans, un partido claramente anticatalanista, no tiene una política económica y social definida, aunque siempre se ha escorado a la derecha, y sólo se posiciona respecto a cuestiones identitarias y a los derechos de los españoles-no catalanistas residentes en Cataluña. Por ello, no es de esperar que formule una propuesta estructurada en todos los frentes. Sigue siendo, a pesar de los esfuerzos de su líder casual, Albert Rivera, un partido que recoge un voto fundamentalmente planteado en términos negativos.
El PP de Cataluña y Ciutadans seguramente aspiran a recoger los votos de todos aquellos catalanes y catalanas que se sienten fundamentalmente españoles y que abominan de cualquier itinerario independentista, ya sea total o parcial.
Más a la izquierda, dentro del espacio socialdemócrata, que no se ha enfrentado hasta el momento de una forma clara al modelo neoliberal, está el PSC, el Partit dels Socialistes de Cataluña. En estos momentos, la imagen que mejor lo evoca es un bergantín haciendo agua por todas partes. Con graves disensiones y purgas internas, en manos de un timonel inexperto y sin margen de maniobra por su vinculación con otro navío a la deriva, el PSOE, juega, sin mucha convicción , la carta del federalismo, sin que nadie le haga caso, puesto que nadie más en Cataluña ni en España lo propunga con capacidad y convencimiento. Ante el previsble naufragio, las distintas sensibilidades del partido están arriando las chalupas o lanzándose al mar directamente. Sólo la férrea organización y la solidez del aparato parece que puedan permitirle llegar a puerto, aunque, según todas las previsiones, sensiblemente diezmado y quien sabe si herido de muerte. Es lo que tiene poner las velas contra los vientos de la historia.
En el ámbito supuestamente independentista nos encontraríamos en primer lugar la coalición que gobierna Cataluña, y que la ha gobernado casi ininterrumpidamente desde la Transición, Convergència i Unió. Convergència i Unió ha vivido hasta el presente de un discurso supuestamente interclasista y del hecho de haber recogido toda la parafernalia cultural y simbólica del catalanismo político, un discurso completamente de derechas, elaborado en el siglo XIX y aderezado durante el siglo XX por la Lliga Regionalista. El único discurso catalanista realmente formalizado y, por tanto, adoptado también por la oposción durante el franquismo, y heredado, como un traje hecho a medida, por la burguesía catalana franquista y postfranqusta reunida al entorno de CiU. Convergència i Unió ha vivido durante décadas de esta falacia: que ellos, y nadie más que ellos, eran realmente Cataluña, basándose en que ellos, y nadie más, encarnaban ese discurso, que, siendo un discurso abiertamente derechista, se había consolidado como la realidad indiscutible y connatural del país.
Pero ahora deben dar un paso más. Económica y socialmente continuarán manteniendo su política neoliberal, en eso poco o nada les separa del PP y la política de Rajoy. Y, de la misma manera que el PP sacrifica al pueblo español, por el bien de España, como dicen ellos. CiU puede hacer, y de hecho está haciendo, lo mismo, por el bien de Cataluña. En este sentido son almas gemelas que tan sólo se pueden enfrentar por la distribución de los presupuestos.
Pero, en cuanto a la integración o no de Cataluña con España, dentro del propio partido conviven sensibilidades muy distintas que, en una especie de contínuum van desde el independentismo puro y duro hasta el mantenimiento del estado autonómico actual, si acaso con retoques operativos. Una parte de la coalición, Unió Democrática –o por lo menos su dirección-, se ha manifestado abiertamente en contra del independentismo; otra parte, aunque sea a título personal, claramente a favor. Y el núcleo duro de Convergencia juega con términos ambiguos como interdependencia, estructuras de estado, sin pronunciarse jamás de una forma clara. El president Mas se ha comprometido a convocar algún tipo de consulta popular sobre el futuro de Cataluña, aunque no se sabe cuándo ni cómo. Pero la pregunta -que ha lanzado a modo de sonda-, que se plantearía en la consulta admite toda clase de interpretaciones: “desea usted que Cataluña sea un estado de Europa”.
El arma con la que piensa luchar CiU es la ambigüedad, dejar que el electorado imagine a su conveniencia lo que han dicho, más que presentar sus posiciones de forma contundente, cosa que les llevaría a perder una parte u otra del mismo electorado. Porque, en realidad, CiU no quiere ni ha querido nunca la independencia -tal vez algún miembro sí, pero no la coalición o los partidos como tal-, quiere el poder, quiere la mayoría absoluta, para gobernar cómodamente en Cataluña y, sobre todo, tener fuerza para negociar los presupuestos con Madrid. Hay que recordar, para quien lo dude, que CiU no defendía la independencia, sino el pacto fiscal, que la marea independentista les arrolló el 11 de septiembre y que después tuvieron la habilidad y el oportunismo de cabalgar la ola como un experto surfista.  
¿Y los partidos realmente independentistas y de izquierdas? No se sabe. Lo más eficaz para todos hubiese sido crear una gran coalición -los votantes de izquierda, no ya independentistas, sino catalanistas no hubiesen tenido otro referente- para sacar el máximo provecho, de acuerdo con la ley electoral actual, y plantar cara de tu a tu a Convergencia. No lo han hecho. Se presenta cada formación por separado: Esquerra Republicana de Catalunya, Iniciativa per Catalunya-Els Verds-Esquerra Unida i Alternativa, Solidaritat Catalana per la Independència, las Candidatures d’Unitat Popular… por mencionar las que tiene mayores posibilidades de obtener representación parlamentaria.
¿Por qué no lo han hecho? ¿Por qué realmente mantienen diferencias claramente sustantivas o por intereses de protagonismo -de la fuerza política o personal-, cosa que sería bien triste? No se sabe, porque, además, como si la cosa no fuera con ellos, como si ya dieran el partido por perdido, no se explican, no se posicionan claramente como lo están haciendo CiU, el PP o el PSC. Y cuando lo hacen es para añadir más ambigüedad al tema. ICV ha dado a conocer su lema “Catalonia is not CiU”. Vale, guapos, ya sabemos que sois una coalición de izquierdas pero, respecto al independentismo ¿cuál es vuestra inequívoca posición? ERC dió a conocer su lema hace unos días “L’esquerra d’un nou estat”. Perfecto, también sabemos que sois inequívocamente independentistas, pero eso de l’esquerra ¿qué quiere decir exactamente? Porque hasta ahora mucha política de izquierdas no habéis hecho. La desorientación del tripartito, y de algunas conselleries de ERC, hizo que la experiencia acabara como el rosario de la aurora, y esa facilidad que tiene ERC para pactar a su conveniencia con CiU, a la gente verdaderamente de izquierdas, nos asusta.
Las otras fuerzas de momento sólo sabemos que van a dispersar voto y que su presencia parlamentaria, en cualquier caso, si se da, será anecdótica.
Ante todo eso, el elector independentista de izquierda, como yo, se queda anonadado ¿A qué esperan para aclarar todas estas dudas? Con luz y taquígrafos, en los medios de comunicación, convocando ruedas de prensa… ¿Tendremos que esperar a que empiece la campaña electoral para escuchar mítines prefabricados con la calculadora en la mano y para tratar de entender entre líneas? ¿Tendremos que seguir con angustia la noche electoral para saber cuántos votos le hemos regalado a CiU por imbéciles o por estrechos de miras? ¿Van a luchar las fuerzas de izquierda entre ellas por un imaginario bien limitado, en lugar de hacer, por lo menos, un informal frente común ante CiU?¿Van a faltar también esta vez las izquierdas catalanas a la llamada de la historia?
Si es así, quizás mejor que cambiemos el lema, de Catalunya, nou país d’Europa por Catalunya, un país de botiguers.

dimecres, 17 d’octubre del 2012

El independentismo no nacionalista

 “La patria y la religión son estupendas, si no te las crees”
Daniel Dennett

Vivimos en un mundo socialmente construído. Un mundo en el que hay árboles, piedras, animales… y religiones, naciones, familias… Los primeros están ahí, son reales y naturales, aunque los humanos hayamos intervenido para nombrarlos, clasificarlos y servirnos de ellos de mil maneras, incluso alterando su naturaleza. Los segundos no, son creaciones humanas, inventos, que nos han servido para vivir en sociedad, para organizarnos, para someternos y matarnos los unos a los otros, y tantas cosas más.

Como tales instituciones, o construcciones sociales, tienen su historia y su diversidad. La familia es la forma de organización social más antigua, pero presenta multiples formas a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo. No hay algo así como una familia natural. Los estados -que no las naciones- y las religiones -sin entrar en debates acerca del alcance del concepto-, se formaron fundamentalmente durante el Neolítico, con la producción de excedentes.

La nación, tal como la conocemos ahora, es una construcción social reciente. Procede de las Revoluciones Burguesas fruto de la Revolución Industrial y sirve para legitimar la pertenencia a una colectividad, la nación-estado, claramente jerarquizada y que se convierte en una suerte de divinidad, la patria.

Por supuesto, el término nación se ha utilizado antes con diversos sentidos, y se ha aplicado dubitativamente a sociedades no estatales mediante eufemismos como naciones primeras u otros conceptos igualmente sospechosos como etnia o grupo étnico. Con lo cual resulta que, en la humanidad, unos tenemos naciones-estado y otros tiene etnias o naciones primeras (por no decir tribus o sociedades primitivas). Mira, va como va.

Durante el proceso de construcción social de las naciones-estado se formalizan historias, símbolos, mitos y leyendas y todo tipo de materiales culturales que se moldean, se cortan y se pegan, se interpretan, se ocultan, se inventan descaradamente, según los casos, para crear una imagen nacional que pueda ser compartida por todos y que responda a los valores de las clases dominantes. Son procesos con frecuencia muy explícitos, en algunos puntos incluso surrealistas, pero que consiguen llegar a naturalizar la idea de patria y a forjar identidades y sentimientos a su alrededor.

Esto sucede tanto para las naciones con estado como para las naciones sin estado, pero con aspiraciones de estado, como sería el caso de España y de Cataluña o el País Vasco, respectivamente, o, en menor medida, de Galicia, porque no tiene una burguesía hegemónica lo suficientemente potente que demande un discurso nacional.

Por tanto,  las naciones son un artefacto, construído bajo la batuta de los poderes, para legitimar un estado, incluso en su sentido más común: un estado de cosas.

España, o mejor, las élites dominantes de España y su intelectualidad más o menos orgánica manipulan descaradamente las epopeyas medievales, los mitos románticos y sobre todo la historia. “En el reinado de Felipe II [se dice] en España no se ponía el sol” y nos imaginamos una nación-estado parecida a lo que conocemos actualmente. Para nada, lo que se debe entender es que en la finca privada de Felipe II, de la cual disponía más o menos a su antojo y que podía incluso dejar en herencia, no se ponía el sol. Y, si hubiese decidido dejar Castilla y sus posesiones de ultramar a un hijo y el Reino de Aragón y las suyas a otro, ahora, a lo mejor, catalanes, aragoneses, valencianos, mallorquines… formaríamos parte de una misma nación-estado separada de Castilla.

En Cataluña, donde se produjo el mismo proceso de invenciones, refritos, recuperaciones, etc, que en España (o Italia, o Grecia, o Escocia), es singularmente interesante el caso de la lengua. Cuando se firmó el tratado de los Pirineos en 1659, parte de lo hoy sería Cataluña, quedó bajo el dominio del rey de Francia. Es lo que ho conocemos como Catalunya Nord o Cataluña Francesa, que corresponde a algunas comarcas del departamento francés del Languedoc-Roussillon. En todo el dominió catalano-hablante se siguió hablando catalán con toda normalidad, pero, con la Revolución francesa y el Imperio Napoleónico -simplifico-, la escuela y la administración pública francesa consiguieron marginarlo muy eficazmente y, lo que es más importante, desprestigiarlo, quedó como un patois. En cambió, en la zona correspondiente a la monarquía española, aun a pesar del decreto de Nueva Planta de 1716, promulgado por Felipe V, que hacía obligatorio el uso exclusivo del castellano, la administración fue muy ineficaz y el catalán se mantuvo como lengua de uso, de tal forma que, en el siglo XIX, el nacionalismo catalán y su movimiento intelectual, la Renaixença, sólo tuvo que “adecentarla y normalizarla” para tener una lengua perfectamente presentable y erigirla en símbolo dominante de la identidad.

Abrevio. Quien quiera buscar en la historia, en supuestos rasgos diferenciales o en cualquier otro hecho objetivo, la legitimación de una nación que le autorice a proclamar la naturalidad de un estado, va listo. La única legitimidad posible procede del derecho a decidir, en última instancia del derecho individual al libre albedrío.

Pero ¿Cuándo se trata de una cuestión colectiva quién decide? Es bien simple: la colectividad. Fredrik Barth, en una obra clásica de la antropología (1969), daba en el clavo al remarcar como criterios determinantes para la identificación de un pueblo el que se reconocieran y fueran reconocidos como tal. En última instancia no haría falta ni eso, con la mera voluntad de identificación colectiva por parte de sus miembros, bastaría.

La colectividad, por supuesto, promueve elementos de identificación colectiva, principalmente la lengua, pero también otros hechos culturales -y si alguien a esto le quiere llamar nación, pero en su sentido originario de natio, está en su derecho-. Pero nadie dejará de ser considerado español porque no le gusten los toros, ni catalán porque no baile sardanas. El hecho determinante es el derecho a decidir.

Veamos un ejemplo en otro plano. Si en la Iglesia Católica un colectivo -no necesariamente territorial- quisiera separarse de la disciplina de Roma y seguir su propio camino, sin reconocer la autoridad del Papa ni de las jerarquías de la Iglesia, tal vez en el Vaticano pusieran el grito en el cielo, incluso podrían excomulgarlos (que vendría a ser como vetarlos en la Unión Europea), pero no podrían impedirlo ni ninguna razón les asistiría. Es más, estoy seguro que, tarde o temprano, establecerían relaciones fraternales, en nombre del ecumenismo.

Bien, pues es lo mismo que sucede con Cataluña, pueblo que se reconoce y es reconocido como tal en todo el mundo. El derecho que nos asiste a la independencia no radica en oscuros argumentos históricos, sino en nuestro libre albedrío colectivo, en el derecho a decidir. Y esto, si se produce, el Estado Español debería entenderlo sin aspavientos, porque no hay razón alguna que pueda evitarlo, sólo el ejercicio de la fuerza, es decir, en última instancia, la violencia de estado.

Yo nunca he sido nacionalista y me he dedicado además a estudiar el proceso de construcción social de las naciones -lo que me distancia mucho de cualquier posición esencialista-, pero siempre he sido un defensor de la libertad, y la autodeterminación de un pueblo, de una colectividad, es una expresión de la libertad. Hasta ahora, personalmente no había sentido la necesidad de ejercerla -bueno sí, durante el franquismo, pero entonces era una quimera-.

Ahora sí la siento, pero probablemente es porque el Estado Español, con el que hemos convivido pacientemente durante toda la Transición, vuelve a mostar su cara más oscura. Se retrotrae, tanto económicamente, como política, social y culturalmete a los tiempos del franquismo. Y aquí ya no hay entendimiento posible. No con los españoles de a pié, nuestros hermanos, sinó con las estructuras del Estado y los personajes que en el ámbito político, económico, militar, eclesiástico, mediático, judicial, etc., las encarnan.

Para mí y pienso que para millones de catalanas y catalanes no hay marcha atrás, y sin necesidad de acudir a argumentos pseudohistóricos o pseudoantropológicos. Como decía Raimon, nosotros no somos de ese mundo, nosaltres no som d’eixe món.