divendres, 27 d’abril del 2012

Y cada cual será responsable de sus actos

Durante estos próximos días, previsiblemente, se llevarán a cabo un buen número de manifestaciones, en diversas ciudades, coincidiendo con el primero de mayo, la reunión del BCE en Barcelona y el primer aniversario del 15 M, principalmente. Muchas personas saldremos a la calle, pacíficamente, para expresar nuestro malestar, nuestra disconformidad, nuestra indignación… y espero que realmente seamos multitud. Para que esto sea así y para que sea un triunfo aplastante de la sociedad democrática sobre la dictadura de los mercados financieros y el seguidismo de los gobiernos, hago un llamamiento a todas y todos aquellas y aquellos que estamos contra la inhumadidad de este sistema para que estas manifiestaciones se desarrollen sin ningún acto de violencia por nuestra parte, que no haya ninguna excusa ni temor para que todo el mundo pueda unirse a ellas. Nuestra victoria llegará, nuestra voz deberá ser escuchada, cuando las calles rebosen, cuando sea todo un pueblo quien está diciendo basta. Si se produce alguna acción violenta que abone la intervención de la policía en las manifestaciones, habremos perdido. Pensadlo bien compañeras y compañeros, no estamos sol@s, actuemos pensando en la inmensa mayoría y carguémonos, delante de ella y delante del mundo, con toda la legitimidad y toda la razón. Y así, ante la ciudadanía y ante el mundo, cada cual será responsable de sus actos.

dimecres, 25 d’abril del 2012

La noche de los cuchillos largos

¿Aún queda alguien que siga pensando que que el PP y el PSOE son lo mismo? ¿Aún queda alguien que siga repitiendo que no somos de izquierdas ni somos de derechas?
He dicho mil veces que no tenía la más mínima intención de defender la obra de gobierno del PSOE: permitió que se mantuviera la burbuja inmobiliaria, no se enteró o no quiso enterarse de lo que pasaba, tomó medidas tan costosas como inútiles y no tuvo la decencia de plantarse ante la Unión Europea, convocar elecciones y decir que recortaran ellos, que su puesto estaba al lado del pueblo español. Todo eso es imperdonable. Y no muestra propósito de enmienda. Cada vez que les oigo hablar de sentido de estado y responsabilidad institucional me pongo a temblar  ¿Responsabilidad con quién, con el gobierno del PP o con el pueblo? Porque ambas cosas son antagónicas.
Cuando leo en facebook u otros medios mensajes tan ingénuos como desesperados llamando a la revolución, pienso que es ahí, dentro de las formaciones políticas de izquierda y los sindicatos de clase donde debería producirse una verdadera revolución. Y donde esa revolución sí es posible, si los sectores más críticos dejan de cavar su tumba y plantan cara al aparato.
Esta  esterilidad de la izquierda contrasta con la extremada eficacia de la derecha a la hora de convertir el país en una carnicería. Los socios europeos y los mercados financieros aplauden con las orejas.
Ya lo advirtió Rajoy: “tendremos el estado del bienestar que nos podamos permitir”, o, quitando la licencia retórica, “tendréis el estado del bienestar que os podáis permitir”, o sea, más bien poco.
Las tijeras ya han quedado obsoletas. El gobierno se ha pertrechado con un completo equipo de carnicero: cuchillos afilados, hachas, sierras mecánicas…, digno de los más celebres asesinos en serie. Y cortan y cortan con prodigalidad: en los salarios, en las pensiones, en las prestaciones sociales, en la supuesta gratuïdad de la sanidad y la educación. Sin complejos, para ellos, reducir a la mínima expresión los servicios públicos, dejarlo todo, incluso la vida de las personas, en manos de los mercados, como en su día hicieran Thatcher, Reagan o Pinochet, forma parte de su ideología. Y así, nos prometen que para el año que viene más -es cuestión de mantener viva la presa- . Maruja Torres les llama los liquidadores.
Eso sí, aunque no lo parezca son recortes selectivos. Están sinceramente interesados en reducir el número de parados. Son un contingente improductivo y costoso, potencialmente peligroso y que da muy mala imagen del país y de su gestión. Por eso promulgan, sin encomendarse a nadie, la ley de relaciones laborales, por la cual, el trabajador o trabajadora se convierte prácticamente en un instrumento al servicio de las necesidades de la empresa, prácticamente sin límites, mejor esclavos que parados. Decíamos que teníamos que exportar el sindicalismo a China y mira por donde la ley nos retrotratae a las condiciones de trabajo de los chinos, con el regocijo de los empresarios. Algunos llegan a encontrar fórmulas imaginativas para paliar el paro como que se autorice a los parados a vender su sangre por setenta euros semanales (¿y por qué no los órganos digo yo? Total, un riñón más o un riñón menos…). No sé si el gobierno lo estudia.
Hay otro sector social por el que el gobierno se preocupa especialmente: los ricos. Entiéndaseme bien, no es que el gobierno no quisiera una mayor contribución de los ricos al bienestar colectivo, claro que sí, tontos no son. Pero tiene que surgir de ellos, no se les puede forzar, porque, si se les fuerza, se llevan su dinero a otra parte, a algún paraíso fiscal sin ir más lejos y, como decimos en catalán, perdemos bous i esquelles. Por eso proponen medidas como la amnistía fiscal para las grandes fortunas no declaradas, y que nadie se extrañe si dentro de un tiempo empiezan a proliferar las galas benéficas. Un alto cargo de la Generalitat de Cataluña lo explicaba como una cuestión de física elemental: “no podemos presionar más impositivamente a las rentas más altas porque entonces se irán a cotizar donde les salga más barato”.
¿De dónde pues se puede sacar tajada sin diezmar al rebaño ni correr el peligro de quedarnos peor de cómo estábamos? De las clases medias, claro: medias-bajas, medias-medias, medias-altas… medias en definitiva. Trabajadores, estudiantes, pequeñas y medianas empresas, jubilados con pensiones medianamente decentes… De ahí, con la mano certera del carnicero avezado, pueden salir buenos filetes para alimentar a los mercados financieros.
Pero se corre el peligro de que las clases medias, o sus cachorros, se resistan y se radicalicen y de que, unidos a los desheredados del país, se revuelvan de mala manera contra el gobierno y los estamentos privilegiados por el capital financiero. Por eso, el gobierno, además, amparándose en la amplia mayoría que le dimos en las urnas, implanta una especie de estado de excepción, de suspensión de ciertas garantías democráticas, como es el control, ahora directo, de los medios de comunicación públicos y, sobre todo, el endurecimiento de las penas y la tipificación de nuevos delitos relacionados con el derecho a la manifestación. En Cataluña, el inefable conseller Puig, ha puesto en funcionamiento una web para que todas las personas de bien puedan “denunciar los actos vandálicos y a los violentos”.
Mientrastanto, en Andalucía, la coalición de gobierno entre PSOE e Izquierda Unida se propone crear un banco público y un impuesto específico para las rentas más altas. La cosa es lo que es y tiene el recorrido que tiene, porque, un banco público ¿con qué? ¿de dónde van a salir los fondos y todos los depósitos y garantías de solvencia que ahora se exige a los bancos? Y el impuesto a las grandes fortunas va a recaer, como no puede ser de otra manera, en el patrimonio. ¿Qué harán si las grandes fortunas se niegan a pagarlo? ¿Expropiar tierras y cortijos, si les dejan? ¿Y qué se hace en estos tiempos con tierras y cortijos?
En cualquier caso, la música es completamente distinta y abre una rendija a la esperanza de que, si la izquierda se decide a hacer de izquierda de una maldita vez, se pueda conseguir algo. No hace falta esperar a ganar nuevas elecciones, también desde la oposición se puede avanzar en la lucha por recuperar nuestros derechos. Sólo hace falta que los partidos y los sindicatos entiendan claramente que su responsabilidad institucional es con el pueblo, que promuevan procesos de profunda renovación interna -incluyendo la dimisión inapelable de toda una vieja guardia que ya no puede seguir allí- y nos encontremos.
Juntos, partidos, sindicatos y movimientos alternativos, reunidos alrededor de unos principios elementales y consensuados, sin programas de máximos, tenemos esperanza. Por separado, nos van a seguir machacando hasta que se cansen.
El reloj corre y avanza en nuestra contra. La pelota está en manos de todas y todos los hombres y mujeres, miembros de partidos y sindicatos, que aún antepongan sus ideología y sus sentimientos  a sus intereses, o a una fidelidad a unas siglas que se convierte en seguidismo gregario.
Sé que existe en las formaciones de izquierda, partidos y sindicatos, una importante corriente crítica, un creciente malestar hacia la política oficialista, la convicción de la necesidad de dejar los juegos de salón y reconvertirse en aquello para lo que fueron concebidos: verdaderos instrumentos para cambiar la sociedad al servicio del pueblo. A esos contingentes me dirijo:
Compañeras y compañeros, el momento histórico os lo requiere, os jugáis vuestro ser o no ser, poder miraros cada mañana en el espejo sin que os caiga la cara de vergüenza ¿estáis con ellos o estáis con nosotros? Compañeras y compañeros ¿qué pensáis hacer?

dimecres, 18 d’abril del 2012

La deslegitimación de la monarquía

No he prestado ninguna atención al caso Undargarín. No me interesan ese tipo de asuntos por quién esté implicado, sino por su contenido de estafas y tráfico de influencias. Y esto, desgraciadamente, está al orden del día en nuestro país, como lo está el trato de favor o la condescencia en las sentencias o la aplicación de las sentencias en el caso de los grandes estafadores. Nunca he visto a delincuentes de esa calaña, pero de impecables modales y look, pudrirse en la carcel. Eso se reserva para los chorizos, que, como todo el mundo sabe, son malhablados y barriobajeros.
Por otra parte, pienso que todas las familias pueden albergar en su seno  a algún delincuente, incluso la familia real, si se da el caso, sin que esto tenga porque comprometer necesariamente, en principio,  la honorabilidad del resto de sus miembros.
La monarquía no se encarna en Undargarín, sino en la persona del  Rey,  y su prestigio, y en última instancia su legitimidad, están vinculadas a sus actos, especialmente a sus actos públicos. Es por eso que hoy me parece oportuno traer a colación la deslegitimación de la monarquía. Escribo este texto el 14 de abril de 2012, octogésimo primer aniversario de la proclamación de la Segunda República, y día en que, curiosa coincidencia, a causa de un accidente, hemos conocido la noticia de que el Rey se encontraba en Botswana cazando elefantes.
Vivimos un momento terrible. La población española, especialmente las clases más humildes, sufre en sus carnes todo el rigor de la agresividad especulativa de los mercados financieros. Hay cinco millones de parados, un gran número de famílias en situaciones de severa pobreza, o en la indigencia, millares de personas que pierden sus viviendas por no poder pagar la hipoteca o por haber avalado a un hijo, otras que mueren o ven acortada su esperanza de vida en las listas de espera a causa de los draconianos recortes en sanidad, algunas que se suicidan ante la imposibilidad de asumir las cargas que representan sacar adelante su vida y las de sus familiares sin recursos, jóvenes que ven como el futuro se les escapa de entre las manos como un puñado de arena, millares de trabajadores públicos obligados a multiplicarse en sus quehaceres mientras ven drásticamente reducidos sus salarios, personas mayores que han trabajado toda una larga vida y ahora ven como deben esperar aún más tiempo la tan ansiada jubilación, para vivir con unas pensiones que, en el mejor de los casos, reducirán notoriamente su poder adquisitivo…
Cuando sucede  todo esto, la imagen del Jefe del Estado cazando elefantes en Botswana es cuanto menos hiriente, muy hiriente, un ejemplo nefasto y ultrajante para todas y todos aquellos que, sin ninguna opción, debemos asumir todos los sacrificios que nos imponen, una imagen propia de otros tiempos en que la monarquía vivía de espaldas al pueblo.
¿Con qué autoridad va a dirigirse a nosotros el Rey en Navidad para pedirnos que sigamos haciendo sacrificios para levantar España?
A pesar de lo gráfica y lacerante que resulta esta anécdota, conste que tenía pensado escribir este artículo ya hace tiempo. Me pregunto,  ¿Qué papel desempeña la monarquía en una sociedad democrática contemporánea? En el caso de España sabemos que fue el precio que debimos asumir para llevar a cabo la transición del franquismo a la democracia sin derramamiento de sangre. Y -hoy duele más recordarlo- no existía ninguna otra opción.
Hasta estos últimos años, la monarquía cumplió bien su papel y, simbólicamente, al margen de teorías más o menos aventuradas de las que no tengo ninguna prueba que me induzca a tomarlas por ciertas, la figura del Rey se consolidó en la noche del 23 de febrero de 1981. Después de esto, el carácter del Rey hizo que muchos olvidáramos que era quizás la última herencia del franquismo y que empezara a correr aquella famosa expresión de “yo no soy monárquico, soy juancarlista”.
Pero, desde que empezó esta sangría económica que algunos se siguen empeñando en denominar crisis, el papel del Rey se desdibujó. Al fin y al cabo, su ubicación por encima de los partidos políticos, le situaba como una figura paterna, el garante último del bienestar de las españolas y los españoles, un bienestar que desaparecía a marchas forzadas.
El Rey había dejado de ser Rey por la Gracia de Dios, incluso por la gracia del Caudillo, para pasar  a ser Rey por voluntad del pueblo, aunque fuera por omisión, nadie lo cuestionaba. Pero esto, que le garantizaba la aceptación y el cariño mientras estuviera al lado del pueblo, dispuesto a ser el primero en sacrificarse y batirse frente a las adversidades, le ponía también en una situación muy frágil.
Marshall Shalins, un antropólogo norteamericano ya fallecido, explicaba la institución de la monarquía en los estados prístinos hawainanos como el reconocimiento de la grandeza y la generosidad de un igual, de un pariente que se comportaba como un gran hombre. Pero si ese gran hombre dejaba de actuar como tal, olvidaba la generosidad y ejemplaridad que le habían encumbrado, cundía el malestar, y tarde o temprano, era asesinado en la oscuridad de la noche y reemplazado por otro que se ajustara mejor a las expectativas del pueblo.
En una sociedad democrática, afortunadamente,  no se deslizan los cuchillos por la oscuridad de la noche, pero el Rey esta sujeto a ese papel de figura paternal y ejemplar, su legitimidad no proviene de ninguna otra fuente. Si el Rey deja de cumplir este papel, aparece desnudo y prescindible.
Olvidemos por un momento la calamitosa anécdota de Botswana. Antes de que se produjera, cuando ya quería escribir este artículo, me preguntaba:
¿Qué hace el Jefe del Estado ante el sufrimiento de su pueblo? Más allá de la política de los partidos, ¿Dónde está? ¿Por qué no ha convocado a los políticos para demandarles austeridad y transparencia frente al pueblo? ¿Por qué no ha convocado a las grandes fortunas para exigirles, desde su alta posición, su implicación en la recuperación del país en este tiempo de tinieblas? ¿Por qué no se ha reunido con sus homónimos, monarcas y presidentes europeos, para plantear la necesidad de exigir conjuntamente una política que no dejara al pueblo a merced de la usura de los mercados? Y si nada de eso surtía efecto, ¿Por qué no se desprendía de todos sus bienes para paliar el sufrimiento social y se ponía al frente de su devastada población para guiarla, o, por lo menos, para sufrir con ella?
Responder que no lo hacía porque estaba en Botswana cazando elefantes sería demagógico, pero el Rey debe una detallada explicación, un acto de contricción y un cambio de rumbo a las españolas y los españoles. Sólo así puede recuperar una legitimidad que en este momento aparece más que cuestionada.
Si no es capaz de hacerlo, si no es capaz de ser un Rey para el pueblo cuando el pueblo le necesita, será el pueblo quien se planteará, con toda legitimidad,  qué sentido tiene seguir manteniendo la monarquia.
Las ocasiones más graves, requieren grandes gestos.

dimecres, 11 d’abril del 2012

¿Son las redes sociales el opio del pueblo indignado?

Hoy seré muy breve, no quiero distraer la atención del enunciado, que al fin y al cabo no es más que una pregunta retórica.

En efecto, sostengo que las redes sociales, en especial facebook, pero no sólo, también otras digamos más privativas y discretas, constituyen con excesiva frecuencia un fin en sí mismas.

La comunidad indignada comparte por compartir y con ello tiene la sensación de cumplir con su conciencia y asumir algun tipo de compromiso. No es así. Llenar los muros de los perfiles y los grupos indignados de facebook de quejas, denuncias y chascarrillos, no es más que una especie de marujeo adaptado a las circunstancias (pido disculpas por la expresión). Parafraseando a un compañero, podríamos decir que se escribe (o, mejor, se linka) mucho, se lee poco, y no se hace nada.

No quiero ser injusto con grupos que llevan a cabo acciones de emergencia concretas, como las plataformas que luchan contra los deshaucios. De hecho no quiero ser injusto con nadie, cada cual sabe en que medida le atañe esta reflexión..

Pero con marear la perdiz en facebook y acudir a las grandes manifestaciones no conseguimos nada, como tampoco mediante la proliferación de eventos y grupúsculos locales que llenan la el calendario y a los que suelen acudir en cada caso los cuatro gatos de siempre.

Facebook está consiguiendo funcionar como un lenitivo frente a nuestra propia impotencia, y también como un ámbito de sociabilidad donde quien más quien menos llega a establecer su círculo de amigos virtuales, con quien se reconforta, y también como un mercadillo de propuestas  que habitualmente caen en el vació, o se quedan, como decía circunscritas a localismos de muy escasa repercusión.

Por ahí no se va a ninguna parte, necesitamos pasar del ensimismamiento del ordenador a la acción, de la virtualidad a la realidad.

Hay estrategias diversas para luchar contra la dictadura de los mercados, pero todas ellas pasan, sin duda, por visibilizar el malestar, la frustración, la indignación de la sociedad, de una mayoría social que, entretanto, es usurpada por los poderes com mayoría silenciosa y, por ende, interpretada a su conveniencia. ¿Cómo no va a ser así, si la minoría indignada se desgañita en el mar del silencio  y se complace con sólo escuchar el eco de sus voces?

¡Que pare el ruido ya! ¡Que se detenga la cinta sin fin de las pantallas clónicas! Hagamos una seria reflexión autocrítica y pasemos a utilizar las redes sociales para idear acciones sólidas y eficaces, bien desarrolladas, para adherirnos masivamente a ellas. A aquellas que más se ajusten a nuestra sensibilidad y estrategia, no importa. Pero llevémoslas a cabo y hagámoslo ya, sin dispersar nuestra atención al dictado de la noticia del día y juntando físicamente nuestras fuerzas, nuestras energías.

Seguir como hasta ahora, por mucha buena voluntad que haya en el fondo, es inútil y nos lleva a actuar como verdaderos trolls.

dimecres, 4 d’abril del 2012

Reflexión sobre la violencia política

Vaya por delante que soy un hombre pacífico, ni más ni menos supongo que tantas y tantas personas de nuestra sociedad y del resto del mundo. Son las circunstancias las que te acercan o te alejan de la violencia.
Yo no puedo condenar la violencia del que se venga de la agresión a sus seres queridos, y estoy seguro que en una tal tesitura actuaría igual, por lo menos a sangre caliente. Ni del que actúa en legítima defensa, o en defensa de otros que no se pueden defender por si mismos.
Hay una violencia legítima y una violencia ilegítima. De la misma forma que hay una violencia oportuna y una violencia inoportuna.
Teóricamente, la única violencia legítima es la que ejerce el estado, que detenta su monopolio. En una democracia representativa, como es formalmente la nuestra, al depositar el voto depositamos también nuestro derecho a ejercer la violencia en manos del estado. Y el estado siempre tiene como último recurso la violencia. Si alguien se opone de forma contumaz a los designios del estado, más pronto o más tarde chocará con la violencia o con la amenaza disuasoria de la violencia.
Pero ¿qué pasa cuando el estado ejerce, por acción u omisión, la violencia contra la propia sociedad? En ese caso se produce una situación de violencia estructural que deslegitima al estado, cuya principal y prácticamente única función debe ser velar por el bienestar de los ciudadanos y las ciudadanas. Poco importa en estos casos la forma del estado, si hablamos de una monarquía o de una república, de una dictadura o de una democracia. El estado sirve al pueblo y no al revés y cuando el estado se revuelve contra el pueblo o permite que éste sea agredido por otros, falta al espíritu de las leyes y, aunque mantenga el poder, pierde cualquier principio de autoridad.
El estado, o, mejor dicho, los poderes que pilotan el estado, singularmente el gobierno -el poder ejecutivo-, pero también el legislativo y el judicial, cumplen básicamente funciones de liderazgo, control social y resolución de conflictos, además de defender la soberanía nacional frente a injerencias externas, pero insisto, todo ello al servicio de la población, que simplemente delega estas funciones en sus manos. El estado debe ser un humilde servidor del pueblo, en el que radica toda legitimidad y soberanía y no de ninguna otra entidad divina o humana, singular o corporativa.
Cuando los políticos se presentan a las elecciones afirman que lo hacen para servir al pueblo. Pues bien, esta es exactamente la cuestión, cuando el estado pierde la brújula y deja de servir al pueblo para servirse de él, o para servir a otros, o para servir a una parte del pueblo en detrimento del conjunto… deja de constituir una autoridad para constituirse simplemente en un poder que se ejerce no para la población sino sobre la población, como cuando se produce una invasión, se convierte en algo así como una fuerza de ocupación o en una cofradía al servicio de la plutocracia.
Todo esto viene a colación, naturalmente, de los actos de violencia que se registraron en Barcelona en el curso de la manifestación que culminó la huelga general del pasado 29 de marzo.
Vaya por delante mi más absoluta condena a los actos de vandalismo que se produjeron por parte de un grupo de manifestantes perfectamente organizados y también contra quienes pudieran aplaudirles y jalearles. La violencia que ejercieron contra las cosas (que no contra las personas) fue ilegítima e inoportuna.
Si lo que pretendían era dar una respuesta a la violencia estructural del sistema, había otras formas y lugares para hacerlo, no en el contexto de una manifestación pacífica donde sabían perfectamente que lo que iban a provocar era una reacción imprevisible de la policía que no recaería especialmente sobre ellos sino sobre el conjunto de los manifestantes, como así fue. Es una estrategia oportunista que pretende aprovechar la gran cantidad de personas que nos reunimos para magnificar los hechos y tensar la situación.
¿Qué esperan conseguir con ello? ¿Qué la gente salga a tomar La Bastilla? Saben muy bien que esto no va a suceder, es la tensión por la tensión, y eso, en lugar de llevar cada día más gente a la calle, alcanzar el apoyo de una mayoría social, que es el único camino para ganar este pulso, lo único que va a conseguir es radicalizar a una minoría y alejar al resto de las personas. Una victoria para el estado y para los mercados servida en bandeja.
Y conste que no estoy pensando en ningún momento en alianzas contra natura, la palabra que me viene a la cabeza cuando intento reflexionar sobre el por qué de aquellos actos vandálicos es autismo.
Vivimos, ya lo he dicho, una situación de violencia estructural sobre las personas. Por la ambición de unos cuantos y con el beneplácito y la cooperación necesaria del estado, hay personas que viven en la miseria, que pierden sus casas, que se suicidan frente al desamparo en que han quedado sus familias, que mueren o enferman por el progresivo deterioro de la sanidad pública, que no pueden planificar sus vidas y sólo vislumbran oscuridad en su futuro, que ven rebajada su condición humana al nivel de una mercancía…  Todo eso es violencia, mucho más grave que unos ocasionales actos vandálicos, y no sólo la condeno firmemente sino que lucho contra ella, pacíficamente, cada día.
No voy a condenar a quienes se defendieron como pudieron de las embestidas indiscriminadas de la polícía. Eso es legítima defensa y en unas condiciones de inferioridad que recordaban a las de los Lakota en Wounded Knee.
¿Por qué la policía agrede a la población sin distingos en lugar de separar y detener a quienes han cometido los actos vandálicos? Ante un grupo organizado, a un cuerpo de policía eficaz y preventivo no le debería resultar tan difícil aislar estos hechos, máxime cuando se produjeron junto al grueso de la manifestación pero no dentro de ella.
¿Incapacidad o conveniencia? No lo sé, lo que sí sé es que las cargas y disparos indiscriminados de la policía y los actos vandálicos anteriores habrán tenido una misma consecuencia: alejar a la gente menos radicalizada de las calles. En cualquier caso, es inadmisible, como sucedió, que la policía dispare indiscriminadamente sobre los manifestantes casi en su totalidad pacíficos. Tengo, tenemos todo el mundo que estuvo allí, testimonios de personas heridas que se habían estado manifestando pacíficamente y se vieron acorraladas en la plaza de Cataluña. Nada justifica eso.
La situación, pues, es compleja.
La agresión de los intereses capitalistas hacia la población española, y mundial, así como la complicidad necesaria de los gobiernos, es criminal. La actuación de la policía desproporcionada, indiscriminada, lejos de criterios profesionales y con una apariencia más de represión política que de preservación del orden. Y los actos vandálicos que llevaron a cabo los grupos organizados igualmente condenables y además contraproducentes.
Puedo entender que actuen en legítima defensa contra quienes están ejerciendo una violencia de tan gran calado en la población (y no me refiero a la policia), pero que actúen en otra parte, que se enfrenten con los culpables en su terreno, sin comprometer a todos aquellos y aquellas que queremos cambiar las cosas por el camino de movilizar amplias mayorías pacíficas. Yo no les impongo mi camino mediante la palabra y la visibilidad pública del malestar, que ellos no me impongan a mí un camino de violencia aunque actúen como meros provocadores para que esta violencia la ejerzan los otros, la policía.
Todos somos mayorcitos y sabemos quién es quién, cómo están las cosas, y cómo elegimos luchar. Un respeto.

dimecres, 28 de març del 2012

A los partidos de izquierda

Hace tiempo que ando pidiendo unidad a todos “los de abajo”, es decir, a toda la gente, esté donde esté, que sea realmente de izquierdas, que esté en contra de la ofensiva arrolladora del capital y a favor de la defensa del estado del bienestar y de los derechos individuales y colectivos. Creo que sólo mediante la unidad tenemos alguna esperanza de no acabar con nuestras vidas colgadas en las estanterías del supermercado global o cotizando como un valor en bolsa.
Esta unidad es cualquier cosa menos fácil. Los partidos políticos, más allá de las campañas electorales (y aún) siguen enrocados en sus propias cuitas internas y en la eterna partida de la dinámica parlamentaria (una partida que, lo sepan o no, han perdido hace ya mucho tiempo) y pareciéndose cada vez más a sus oponentes y menos a la gente de la calle, tanto la que se manifiesta como la que pasa fugazmente camino del trabajo o de la cola del paro.
Los sindicatos se han convertido en organizaciones autoreferenciadas, se han erigido en los únicos e inmanentes representantes de los trabajadores y negocian y renegocian en su nombre, sin conseguir ya ni victorias pírricas (que es a lo que nos tenían acostumbrados y acostumbradas), sin advertir que cada vez hay más gente que se aleja de ellos y los ve como una instancia burocrática más.
 Los indignados, juntos pero no revueltos, se pierden en centenares de iniciativas y eventos dispersos. Continuan ejerciendo muy bien el papel de conciencia social, pero son incapaces, por su propia naturaleza, de articular una iniciativa conjunta de un cierto calado.
Y el resto de la población se lo mira, esperando una propuesta, un liderazgo claro y creible, mientras trata de ir tirando con los suyos, contando las lentejas y ahogando sus penas en un partido de futbol o un culebrón.
Todos y nadie tenemos la culpa y en todo caso qué más da. Lo importante es reconstruir esa amplia mayoría que piensa que el trabajo, la vivienda, las pensiones, los servicios públicos… son la primera prioridad y que el estado debe garantizarlos. Somos mogollón pero, como cada cual anda con su rollo, los mercados y sus sicarios están perpetrando una brutal escabechina prácticamente sin oposición.
En este artículo me dirijo particularmente a los partidos porque pienso que son los únicos que tienen una capacidad de liderazgo de una mayoría social. Eso sí, si dejan de contar escaños, de jugar a las sillas y de comprobar quién la tiene más larga. Son cuestiones que nos importan un carajo al resto de los mortales.
En las últimas elecciones generales, muchas y muchos votamos contra el PSOE, porque lo habían hecho rematadamente mal, porque si no se habían vendido al capital lo parecía mucho (y no se molestaron en demostrar lo contrario) y también para que bajaran a los infiernos, a ver si con el calorcillo se les despertaban las criogenizadas neuronas y se daban cuenta de que sólo desde la izquierda de verdad podían conectar con la población.
Nada. Pero nada de nada. Después de las elecciones, donde usaron mucha literatura 15 M se dedicaron a ver quién mandaba sobre los restos del naufragio y a tender su despellejada mano a la derecha triunfante en un gesto de oposición responsable. No sé quién se inventó el mantra ese de que la victoria está en el centro, debía ser americano, porque aquí eso sólo le sirve a la derecha.
Algunas y algunos dimos también nuestro voto a Izquierda Unida y a otras formaciones minoritarias, generalmente nacionalistas y de izquierdas ¿Para qué? Yo voté a Izquierda Unida y no me arrepiento porque al fin y al cabo quienes se abstuvieron o pretendieron votar nulo sólo contribuyeron a hacer más grande la victoria del PP.
Pero ¿alguien les ha visto? ¿Se sabe algo de que hayan intentado usar esta confianza para aglutinar un movimiento social más amplio, para ser la correa de transmisión del malestar en el congreso? Si ni entre ellos se entendían. Sólo se les han visto gestos que, fuera de contexto, más que otra cosa, parecen un paripé. ¿Nadie, de quienes les votamos por lo menos, siente vergüenza ajena cuando por un casual salen en la tele y el aspirante de turno a ser califa en lugar del califa se cuela en el encuadre y va asintiendo con la cabeza? Hasta la estética hemos perdido.
Un amigo mío dice que no pierda el tiempo con los partidos, que la nomenklatura es tan poderosa que quienes no están viviendo en ella (o de ella), viven sometidos a ella. Otra amiga me decía que las personas de buena voluntad tanto podían proceder tanto de la izquierda como de la derecha, una derecha votada porque, si los de antes lo habían hecho tan mal, a ver si éstos lo hacían mejor.
Ambos tienen razón, seguro. Pero quiero quiero pensar que, ante una situación de tamaña gravedad, los partidos políticos de izquierda reaccionarán, que no van a quedarse discutiendo si son galgos o son podencos. Necesito, a pesar de todo, creer en ellos, o que sus propios militantes nos escuchen y les hagan despertar de su ensimismamiento.
Los partidos de izquierda, y les sigo llamando así a pesar de todo, deben repensarse de arriba abajo, hacer limpieza, de todo, de gente, de ideas anquilosadas, de prácticas que no sean lo suficientemente transparentes y eficaces -o no lo parezcan-, de lemas, banderas, musiquillas, medias mentiras y celebraciones.
¡Todos a la calle! no a casa, a la calle, a trabajar con la gente, hombro con hombro. Para el siglo XXI no sirven partidos del siglo XIX, aunque hayan adoptado la parafernalia del XX. Más que organizaciones cerradas tienen que ser amplias agrupaciones de ciudadanas y ciudadanos, limpios de mente y corazón y dispuestos a subvertir las reglas del juego. No se trata de hacer oposición responsable, ni de mantener la virginidad hasta la victoria final, se trata de llamar a las cosas por su nombre, echarse a la calle si es preciso  y hundirse en la mierda hasta el cuello. Entonces quizás les escucharemos.
El día en que una diputada socialista, cuando los hechos del Parlament de Catalunya, salió ante las cámaras de televisión mostrando la gabardina que le habían pintado y que le gustaba tanto, la credibilidad de los partidos de izquierda retrocedió muchas décadas. Quizás haga falta ver a un diputado o una diputada socialista con la cabeza abierta por un golpe de porra para que recuperen esa credibilidad.
Pero si ha de ser así, que sea, porque sin la unidad de todas y todos “los de abajo”, los partidos y los sindicatos también, no somos más que caranaza para los tiburones.

dimecres, 21 de març del 2012

En el camino de un gran pacto social

Me encuentro en un estado de completa perplejidad y supongo que a muchas otras personas les debe estar pasando lo mismo. Después de tanto tiempo ¿alguien cree que estamos viviendo algo parecido a una crisis?... ¿que algún día esto se acabará y volveremos por lo menos a las condiciones anteriores?... ¿alguien cree que las medidas que están tomando los políticos son realmente coyunturales?... ¿alguien cree que indignarse sirve para algo?... ¿y que Peter Pan vive en el país de Nunca Jamás?
Lo siento mucho, pero esto no tiene nada que ver con la realidad. Vamos diciendo “no es una crisis, es una estafa”. Y no es una cosa ni la otra. Eso fue en todo caso el detonante, lo que estamos viviendo es el avance victorioso e imparable del capitalismo en su versión más prístina sobre la vieja Europa del Estado del Bienestar, el último bastión de la Res Publica. Es César cruzando el Rubicón de la protección social para implantar urbi et orbe el orden implacable del mercado.
No hay prisa, nadie quiere un levantamiento social ni un baño de sangre ¡Por Dios, en la civilizada Europa!  Eso queda para las naciones bárbaras. Aquí basta con mantener el puño firme y estrujar a la gente cada día un poco más, en nombre de una chiripitiflaútica recuperación.
El año que viene será peor que éste, y el siguiente más y así sucesivamente. A lo mejor, hasta de vez en cuando nos dejan respirar un poco para que nos sigamos creyendo el cuento. Y así hasta que todo el mundo sea un mercado y todo lo que pulule en él, sea natural o artificial, humano o divino, valores o sentimientos… todo se convierta en mercancía y esté sujeto a la supuesta ley de la oferta y la demanda. Supuesta, porque la oferta siempre prevalece, como nos recordaba don Vito Corleone… “le voy a hacer una oferta que no podrá rechazar”.
¿Y quién es el causante de todo eso? ¿Los políticos? “No nos representan” gritamos. No, pardiez, claro que no nos representan ¿cómo nos van a representar -aunque quisieran- si el congreso está tomado por la dictadura del capital? César nunca quiso ser investido emperador ¿para qué, si tenía el senado a sus pies? ¡Incluso después de muerto! En aquellos tiempos, algunos políticos decentes se suicidaban. Ahora, que son tiempos menos heroicos, podrían irse a su casa, pero ¡ay! la calidez del escaño…  Como en las malas novelas de misterio, los políticos, los mayordomos, cargan siempre con las culpas, aunque tan sólo sean cómplices más o menos agradecidos de sus amos, los verdaderos Señores del Capital. Y aquí, en Europa, es más bien raro que ambas condiciones coincidan.
Serán bien recompensados por sus servicios, naturalmente, pero los verdaderos Dueños del Mundo no aman la luz, y mucho menos exponerse a los focos de la opinión pública. Son discretos, grises, de apariencia insignificante, excepto algún bocazas que acaba ardiendo presa de su propia vanidad. Y a ellos les decimos “no hay pan para tanto chorizo”. Pero les da igual, lo quieren todo, independientemente de que todo sea poco o mucho ¿Nadie recuerda la escena de la banca de Mary Poppins?
Y ante eso ¿qué hacemos? La mayoría de la población, nada. Tragar con el cuento de la crisis y esperar más o menos resignadamente a que vengan tiempos mejores… Los pobres siempre han esperado tiempos mejores, el “día de San Jamás” como decía Bertold Brecht. Pero esos tiempos mejores suelen estar en “la otra vida”. Que suerte la de  aquellas y aquellos que tiene otra vida, porque yo sólo tengo ésta y se me gasta tan de prisa… Tener fe es un chollo. Lo digo con malsana envidia.
Otras y otros nos indignamos (¡Naomi, ya tenemos logo!) y montamos unas acampadas de puta madre, que son la admiración de toda la sociedad ¿Han servido de algo? La pura verdad es que más bien no, aparte de despertar la conciencia cada vez más desesperada de muchas y muchos. Pero lo hemos hecho tan bien que hasta un medio tan conservador como Time nos concede el galardón (o la parte que nos toca) de personaje del año. ¡Joder, nos han dado un Oscar! ¿A quién se lo vamos a dedicar? “Pedroooo…!” Y somos tan imbéciles, con perdón, que hay quien se lo pone en el perfil de facebook, otro faccioso engañabobos en el que nos pasamos horas y horas haciendo revoluciones virtuales.
Pero ¿qué más podemos hacer? ¿Cosas pequeñitas, locales, alternativas? Mientras sean pacíficas las que queramos, a lo mejor hasta salen ideas para una nueva línea de productos. ¿Manifestaciones? Ningún problema, vivimos en una sociedad democrática, y no hay que preocuparse mucho por si alguien se desmadra y rompe algunos cristales o quema contenedores. El seguro lo paga todo, de eso viven, y además así se ejercitan nuestras fuerzas del orden, que buena falta les hace, por si se dieran disturbios mayores. ¿Jugamos a la guerra de números? A ver si así nos acostumbramos a regatear, que los jóvenes lo han tenido todo muy fácil… Y si hay algún herido se monta otra manifestación oye, por manifestaciones que no quede.
¿Qué más? Bueno, queda la huelga general. Una huelga de vez en cuando fortalece el espíritu, porque quien tenga trabajo va a sacrificar el salario de aquel día (con todas las prorratas anticipadas correspondientes) y para el gobierno también es reconfortante. Un gobierno que no haya tenido una huelga parece que no sea un gobierno de verdad. Otra cosa es si se plantea una huelga indefinida ¡Alto! Aquí hay que tener muy en cuenta las reglas del juego. Esto es algo así como un asedio medieval pero mejorado. Los huelguistas pasan a ser los asediados y aguantan lo que pueden hasta que el hambre y la sed les hacen rendirse. Y los asediadores… pero ¿qué asediadores? ¿contra quién se hace la huelga? Si los políticos y los empresarios de medio pelo no pintan nada, la huelga debe hacerse contra los Señores del Universo ¿no? Y éstos, en una economía globalizada, ni se dignan presentarse.
Entramos desunidos y salimos maltrechos y sin resultados. Lo tenemos francamente mal. Nos quedaría una huelga de hambre colectiva. Eso de que se les muera la gente no es bueno ni para los mercados, pero ¿quién se apunta? Hay precedentes que no animan mucho. En Irlanda lo hicieron algunos activistas del IRA y Margaret Tatcher dejó morir a unos cuantos hasta que el resto se retiraron. Cuando ella muera tendrá un lugar reservado en el Olimpo del Capital, a la derecha del Tío Gilito.
No, nos sirven las viejas recetas de la lucha obrera. Tal como están las cosas, yo creo que si, de verdad de la buena, queremos, por encima de cualquier otra cosa, plantar cara al capital con algunas posibilidades de resistir, de frenarlo, incluso tal vez de ganar terreno, tenemos que dejar todas nuestras diferencias en casa y acudir a un gran pacto social. Un gran pacto entre los movimientos de vanguardia y alternativos -surgidos o no del 15 M y de la galaxia de los indignados- con los partidos políticos que se declaren de izquierdas, los sindicatos y la sociedad civil, a la que debemos ganar para la causa de una forma claramente mayoritaria.
”Somos los de abajo y vamos a por los de arriba”, eso está bien dicho. Pero no es verdad que no seamos de izquierdas ni de derechas, porque, normativamente, las izquierdas están con los de abajo y las derechas con los de arriba. Otra cosa es que las izquierdas hayan perdido el norte, pero lo que hay que hacer es que lo recuperen, a sopapos si hace falta, y los sindicatos también, porque en esta guerra, aunque no seamos lo mismo, no sobra nadie, lo que falta son aliados para combatir las fuerzas del capital.
La división de la izquierda y la alienación de la sociedad son las grandes victorias estratégicas del capital. Y para deshacerlas debemos separar las formas de las esencias. A los políticos de izquierdas hay que hacerles recordar, recuperar su alma adormecida, o vendida por un plato de lentejas, y decirles “tu eres mi hermano ¿qué haces aquí? ¿por  qué no marchas a mi lado?”. Hagamos manifestaciones, acampemos si hace falta, sí, pero ante la sede del PSOE, de Izquierda Unida, de UGT y de Comisiones Obreras, desgañitémonos hasta que nos escuchen, sin rencores ni partidismos. No queremos acabar con ellos sino que se nos unan, todos bajo una misma bandera, bajo un mismo lema, como en los tambores de Zimnik, “empezamos una nueva vida, nos vamos a un nuevo mundo”. 
Y hagamos resonar también nuestros tambores casa por casa, barrio por barrio, pueblo por pueblo, para que despierten los muertos, se levanten de sus tumbas y de sus sofás, se arranquen sus tristes uniformes de víctimas y comprendan que ellos mismos pueden acabar con sus males. Que uno o una no es nada, ni diez, ni cien mil, pero que, si llegamos a ser millones quienes hagamos retumbar el tambor por la calle, en los estadios, en el parlamento… la victoria es nuestra. Porque el capital tiene una debilidad que sólo así podemos explotar: el capital es cobarde, huye frente a las masas si éstas marchan unidas y le plantan cara. Siempre ha sido así.
Necesitamos pues un gran pacto, sin heridas, sin reproches, sin maximalismos, un pacto de mínimos y de buena voluntad en el que no sobra nadie, un pacto de progreso en defensa del estado del bienestar.
Por el derecho al trabajo, a las pensiones y a la vivienda dignas. Por el derecho a una sanidad, una educación y una asistencia pública, universal,  gratuita y de calidad. Por la racionalidad, la austeridad y la transparencia de todos los organismos políticos y las administraciones públicas.
Nada más. Un pacto inclusivo, sin más cláusulas ni matices, porque, o estamos unidas y unidos o nos esperan tres mil años de oscuridad ¿Qué hacemos aquí parados y paradas? Cojamos nuestros tambores, o nuestras cacerolas, y vamos a despertar a todo el mundo, empezando por  nosotras y nosotros mismos y nuestras alucinaciones utópicas. Y si alguien quiere evitarlo, quiere imponer sus ínfulas de protagonismo, ya que hablamos de cuentos “que le corten la cabeza”, como decía la reina de corazones. Porque nosotras y nosotros “empezamos una nueva vida, nos vamos a un mundo mejor”.
Y ya que he utilizado tantas frases de la calle y de las redes, dejadme terminar desmintiendo en parte otra que ha hecho fortuna. Es de Eduardo Galeano: “Está en el horizonte […] Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y ella se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine nunca la alcanzaré ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”. Bonita reflexión para iluminar el sentido de la vida individual, pero muy peligrosa para aplicarla a una sociedad al borde del colapso multiorgánico. No necesitamos colectivamente bellos horizontes, sino objetivos posibles, victorias que nos permitan defender nuestras posiciones y avanzar palmo a palmo en el camino de la recuperación de una democracia real, que, si alguna vez estuvo, ahora anda perdida.
¿Comenzamos a dialogar?