dimecres, 22 de novembre de 2017

A MIS AMIGOS ESPAÑOLES





















Dirijo este escrito -carta, artículo… no sé cómo calificarlo-, especialmente, a mis amigos españoles. Amigos y amigas, por supuesto, permitidme que use un lenguaje inclusivo. Y quién dice españoles dice latinoamericanos, europeos, ya residan en sus tierras de origen o en Cataluña. Tengo muchos afectos repartidos por España y por otras partes del mundo, depositados en personas, principalmente, en lugares y en hechos que ahora son recuerdos. Os quiero y por eso deseo explicaros, como si lo hiciera personalmente con cada uno de vosotros, qué está pasando realmente en Cataluña, donde, por cierto, si no estáis, se os espera y se os recibirá como siempre con los brazos abiertos -sea lo que sea lo que os hayan explicado-. Espero que estas líneas os sean útiles. Por supuesto, las podéis difundir, si queréis, con plena libertad, según vuestro criterio. Me ha costado mucho tratar de encajar lo esencial en un espacio razonable. No sé si lo he conseguido, supongo que, como todo, en parte, y, aun así, la extensión del escrito es considerable. Os ruego que lo leáis. Me conocéis y estoy seguro de que me haréis confianza. En cualquier caso, como siempre, estoy abierto al debate y a aclarar o completar todo aquello que juzguéis necesario. La palabra, el diálogo desde el afecto es lo único que nos puede permitir avanzar sin renuncias ni acritudes. Un abrazo y empiezo.



El auge del independentismo catalán se debe, en gran medida, a una concatenación de fenómenos históricos recientes, cuyo peso ha recaído, ya sea sobre la sociedad en su conjunto, o sobre la sociedad catalana específicamente. Me refiero, de manera principal, al malestar económico y social de estas últimas décadas, a los gobiernos de Aznar y a sus políticas ultraderechistas, a la guerra de Irak, a la decepción que supuso el gobierno de Rodríguez Zapatero y, en el caso de Cataluña, del tripartito, especialmente del segundo tripartito, encabezado por José Montilla. Me refiero también al rescate de los bancos a cargo del erario público, con el consiguiente empobrecimiento del país, al resto de medidas fruto de la radicalización de las políticas neoliberales y neoconservadoras, es decir, a lo que popularmente conocemos como “crisis” y a sus consecuencias, con el consiguiente crecimiento exponencial de la desigualdad. También al humillante trato que se dio en el Congreso a la propuesta de Estatuto de Autonomía de 2006, rematado aún, después, por las querellas del Partido Popular y los tribunales. Me refiero asimismo al maltrato fiscal de los gobiernos de Rajoy, a la barrera infranqueable que el Tribunal Constitucional ha supuesto para todas las iniciativas legislativas surgidas del Parlamento catalán, a la esperanza truncada del movimiento del 15 M, que, en Cataluña, nutre un amplio sector del independentismo, a la desconfianza que genera un fenómeno como Podemos, proyectado a la sociedad desde las antenas del grupo Planeta, próximo al Partido Popular, que, así, es favorecido por la fragmentación de la oposición y el fantasma de un supuesto radicalismo. También cabe atribuir el auge del independentismo catalán a la escandalosa escalada de corrupción en España y a la percepción de impunidad que se genera al respecto, y, por otra parte, muy específicamente, a la sorpresa y desengaño que comportan los grandes casos de corrupción en la burguesía catalana, Pujol -con todos los agravantes derivados de su trayectoria política- y Millet, muy especialmente, de cuyas consecuencias, el partido más directamente implicado, Convergencia, ahora PDCAT, no se ha recuperado todavía.

Antes de todo esto, el independentismo, en Cataluña, era testimonial. Desde hace muchos años, Cataluña necesitaba imperiosamente crecer y atender una demanda de justicia social, cada vez más clamorosa entre la población. Sin embargo, las soluciones se buscaban dentro de España, hasta que se fueron cerrando todas las puertas. El desequilibrio fiscal respecto al conjunto del Estado, la ausencia escandalosa y sostenida de Inversiones en infraestructuras imprescindibles, desde el corredor del Mediterráneo hasta el Aeropuerto de Barcelona, la derogación sistemática de leyes y la carencia total de perspectivas dentro de España, llevaron a muchísima gente a la convicción de que solo mediante la independencia se podía superar la situación actual y avanzar por la senda del progreso y la igualdad. Agotadas todas las demás opciones, esta alternativa estalló en las calles de Barcelona de una forma estruendosa el 11 de septiembre de 2012, cuando más de dos millones de personas salimos a la calle al grito de “independencia”. Yo he participado en prácticamente todas las manifestaciones importantes habidas en Barcelona desde antes de la Transición -vicisitudes de la edad- y puedo jurar que jamás he visto reunida una multitud como aquella ni una unanimidad tan potente. La ciudad, todo lo que es la Barcelona antigua y el Eixample, además del Paseo Marítimo, estaba tomada literalmente por una población indignada, que había llegado al límite y mostraba un único e inequívoco camino. Tanto fue así, que los dirigentes de Convergència i Unió, entonces en el gobierno de la Generalitat, se comprometieron con la causa independentista y convocaron elecciones para refrendar -o no- lo que la calle estaba pidiendo. Si no lo hacían así, la sociedad, sus propias bases, les hubiesen borrado de la historia.

De estos antecedentes, tan graves y tan próximos, aunque los haya enumerado sucintamente, se pueden extraer algunas conclusiones importantes: En primer lugar, que el independentismo catalán, muy mayoritariamente, no es nacionalista, es decir, no se basa en arcanos históricos, en un supuesto carácter nacional o en una quimérica pureza de sangre. En absoluto. Existe un apego a la tierra, a la lengua materna, a la gente, pero no mayor que el que se puede dar en cualquier otra parte. Los reduccionismos históricos son cosa de cuatro iluminados -también como en todas partes-; expresiones como el “seny” catalán -que se puede traducir perfectamente como “sensatez”, no hay ningún misterio- es un lugar común para hablar de Cataluña desde fuera de Cataluña, en Cataluña prácticamente nadie se refiere al “seny” más que como un tópico. La lengua, el catalán, es un patrimonio irrenunciable y amenazado, en una situación sociolingüística de clara subordinación. La diglosia en la sociedad catalana es grave y el catalán no está únicamente subordinado al castellano, sino, de forma creciente, también al inglés, por tanto, cualquier esfuerzo que se haga por mantenerlo vivo y con buena salud es poco, por el bien de la humanidad entera. Eso no implica ninguna renuncia al castellano y quién haya estado en Cataluña lo sabe perfectamente. Nadie puede alegar haberse sentido marginado en Cataluña por expresarse en castellano. El independentismo, en Cataluña, no es un reflujo nacionalista, nacido de atávicos agravios, es un proyecto de futuro, la vía a la que hemos llegado muchos, después de intentarlo todo, para construir una sociedad más libre, más justa, más próspera y más moderna, ante la imposibilidad -histórica- de avanzar con el Estado español por ese camino. Cuando ves al PP, Ciudadanos y el PSOE haciendo un frente común para defender a todo precio, no el bienestar de los españoles, sino la unidad de la España, piensas que, por esa vía, todo está perdido. El verdadero nacionalismo etnicista, dogmático y, por tanto, excluyente, es el nacionalismo español, precisamente porque no existe un proyecto de transformación de la sociedad.

Es rotundamente falso que en Cataluña se discrimine a nadie por nada. Es catalán quien reside en Cataluña y quiere ser considerado como tal (o quien, desde fuera de Cataluña, mantiene esta tierra como su contexto de referencia identitaria: quien se siente catalán). Nos cuesta entender, es cierto, que la gente que vive en Cataluña no haga un esfuerzo por expresarse en catalán -pasaría lo mismo en cualquier lugar-, pero, aun así, se respeta. Cataluña es una tierra de paso, abierta, y todo el mundo es bienvenido, incluidos los inmigrantes y refugiados económicos y políticos. Nunca ha habido malestar en Cataluña por cuestiones relacionadas con la procedencia o por las ideas del tipo que fueran. El malestar, el desencuentro entre catalanes, que puede existir actualmente, que tiene cuatro días, ha sido inducido por la demonización del independentismo y la propagación de falsas ideas al respecto. La propaganda desarrollada en este sentido por los medios de comunicación de ámbito estatal, arrolladoramente predominantes y los más seguidos por una buena parte de la sociedad catalana, haría sonrojar al mismísimo Goebbles.

Hay que decir unas cuantas verdades: 1. En Cataluña no se adoctrina a los niños en absoluto. Toda la población catalana nacida desde la Transición hasta estos últimos años ha pasado por la escuela catalana, o sea, desde los que empiezan a tener uso de razón hasta los que actualmente tienen cuarenta y tantos años ¿Cómo se explica entonces que la sociedad catalana sea tan plural? Parece que, más que adoctrinar, lo que ha hecho la escuela es fomentar la libertad de pensamiento y la capacidad crítica ¿Cómo se explica, también, que el independentismo no haya crecido exponencialmente hasta estos últimos años? ¿Es que los indignados del 15 M de 2011, que soslayaban explícitamente esta cuestión, no estaban adoctrinados? La escuela catalana ha sido un instrumento fundamental para el crecimiento y la modernización de nuestra sociedad y la inmersión lingüística un medio extraordinariamente efectivo para evitar que la sociedad catalana se fracturara en dos colectivos diferenciados por razones lingüísticas (y, en definitiva, de procedencia). Todo aquel que haya ido a la escuela catalana domina correctamente y por igual el catalán y el castellano, que después use uno u otro, dónde, cuándo y con quién, ya depende de opciones personales y de la realidad sociolingüística.

2. En Cataluña no hay ningún tipo de hispanofobia, ni siquiera entre los independentistas. Puede haber fobia al gobierno y a sus políticas, al Estado y a todos sus aparatos, especialmente los más represores, pero respecto a las tierras y las gentes de los pueblos de España, en absoluto. Quien más quien menos tiene familiares y raíces en un rincón u otro de España, y los que no tenemos familiares, tenemos amigos y multitud de rincones en los que nos sentimos felices -como el que comparto en la imagen-, y profundas querencias. Nos quieren infundir ese odio. Contrariamente, desde Cataluña -y yo no sé cuán arraigado está eso en España-, lo que se percibe es una catastrófica catalanofobia. La gente jaleando a la policía que venía a Barcelona al grito de “a por ellos”, grupos fascistas que vienen a reforzar a los fascistas de aquí (que también los hay) y obligan a los transeúntes a gritar “Viva España”, comercios españoles que cambian el nombre porque tiene alguna referencia a Cataluña, o supermercados que separan los productos catalanes... Todo eso ¿por qué? Suena a la profecía-fatwa de Aznar “Antes se romperá Cataluña que España”. Y ¿por qué no hay una respuesta contundente por parte de la izquierda -la de verdad- y los intelectuales de los distintos pueblos de España? Nos sentimos muy huérfanos en este sentido. Al fin y al cabo, hay que entender, que Cataluña se quiere independizar -o separar, es lo mismo- del Estado español ¡no de los españoles! No de España como entidad geográfica y cultural. Queremos mantener la relación de siempre con España, pero sin formar parte del Estado español, sin depender del Estado español para tomar nuestras propias decisiones. En el fondo, para la España que quiere dejar atrás la herencia del franquismo y avanzar hacia una sociedad transparente y moderna, con una democracia real, la independencia de Cataluña es la mejor oportunidad, ya que obligará al Estado español a redefinirse dentro de un contexto europeo y puede tener en la Cataluña independiente su mejor y más próximo aliado. Una Cataluña sometida no es de ninguna utilidad para la España que mira hacia el futuro.


3. Por eso Cataluña ha llegado hasta donde ha llegado. Nunca hubiéramos creído que el Estado español nos iba a reprimir con tanta virulencia. Cargas indiscriminadas de la policía contra la población civil, pacífica y con las manos en alto, sin distinción de edad o condición, una salvajada digna del franquismo. Destitución del gobierno legítimo de la Generalitat, hoy en prisión incondicional o huido de la justicia, con orden de arresto. Prisión incondicional para los líderes de la sociedad civil independentista por manifestaciones absolutamente pacíficas. Intervención de las instituciones de autogobierno de Cataluña y convocatoria de unas elecciones ilegítimas y sin garantías, ni en la campaña electoral ni en el respeto debido a los resultados. Todo eso por la realización de un referéndum que el Estado había declarado ilegal y por la proclamación posterior del resultado del referéndum que avalaba la República Catalana Independiente con más de dos millones de votos, un noventa por ciento de los que se emitieron y no fueron requisados por la policía (unos setecientos mil). El gobierno de Cataluña estuvo, desde hace dos años -cuando las últimas elecciones autonómicas- hasta el mismo día en que se declaró la República, pidiendo al gobierno español que se sentara a hablar, que se abriera un proceso de dialogo, sin condiciones previas, con mediadores Internacionales... pero no hubo manera. Rajoy mantuvo su política de no hacer nada, como nos tiene acostumbrados, y, al final, reaccionó con una violencia desproporcionada en todos los frentes. ¿Pecó el gobierno y, en conjunto, el independentismo catalán de ingenuidad? Seguramente. Por una parte, había un deseo generalizado, muy fuerte, de resolver las cosas amistosamente, sin traumas, ni violencia, permitiendo, incluso, que se pudiera mantener la doble nacionalidad, de forma casi automática, para facilitar aún más la unidad entre ambas sociedades dentro de la independencia política. Se creía que se podría llegar a eso. Se contaba con la resistencia del Estado español, pero nunca con una resistencia violenta y que, por lo que parece y actores muy diversos han confirmado, estaba dispuesto a llegar a las armas. También se confiaba mucho en Europa. Se creía en los valores propugnados por Europa, fundacionales de la UE, y, por tanto, en el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Y también se confiaba bastante más en la sociedad española, en sus vanguardias intelectuales, que se veían como seguros aliados en un proceso de puro ejercicio de la democracia. Porque, no lo olvidemos, lo que pedía Cataluña no era la independencia, directamente, sino un referéndum para decidir si se quería continuar dentro de España, sí o no, y, en todo caso, cómo. Y, evidentemente, por parte del independentismo, se hubiera acatado el resultado, fuera el que fuera. Pero nada de eso se produjo, solo una sorda guerra en todos los frentes, como si hubiéramos regresado al treinta y nueve, sin reacciones significativas desde Europa ni desde la sociedad española.


4. Nos dicen que esto del independentismo es cosa de algunas élites catalanas, que han abducido a una parte de la población y que no es lo que quiere la mayoría silenciosa. Nada de eso es cierto. Hay unos dos millones de votos independentistas claros en Cataluña, según la consulta de 2014, las elecciones de 2015 y el referéndum de 2017, creciendo -no sé ahora después de la represión del Estado, pero antes, creciendo-. Evidentemente, no hay dos millones de ricos en Cataluña, ni tan siquiera de medianamente aposentados. No habríamos llegado aquí. El independentismo es un fenómeno popular y, como he explicado al principio, surgido desde la base, fruto de los reveses de la historia reciente de este país. Los ricos, precisamente, han corrido, con la ayuda e incluso la presión del Estado, a poner sus capitales y sus empresas a buen recaudo. Es más, y esto lo sabe todo el mundo en Cataluña, es el pueblo y no los dirigentes quien marca la dirección y la intensidad del proceso. El mismo día uno de octubre, por ejemplo, el gobierno de la Generalitat, en vista de las cargas policiales, intento desactivar el referéndum para evitar males mayores, pero los comités que se habían dispuesto en prácticamente todos y cada uno de los colegios electorales para hacerlo posible -y sobre los que cayeron dichas cargas policiales- se negaron en redondo. Es simplemente un ejemplo. Pueden desaparecer estos gobernantes y serán sustituidos por otros. Esto es un movimiento social, de amplio alcance. Por otra parte, no existe nada parecido a una mayoría silenciosa, ni en un sentido ni en el contrario. Se ha podido comprobar en las manifestaciones de uno y otro signo, siempre mucho más concurridas las independentistas. Pero, para no confundir la posición con la movilización, recurramos -ya que mejores indicadores no tenemos- a los votos. Donde mejor se pudieron contar fue en las elecciones autonómicas del 2015. Ahí, el independentismo obtuvo un 47,74% de los votos -y un número comparativamente mayor de escaños por la aplicación de la Ley de Hondt- y los partidos no independentistas un 48,11% (el porcentaje que falta corresponde a opciones que no alcanzaron representación parlamentaria). La diferencia estriba en que, mientras los votos independentistas eran claramente independentistas, los votos no independentistas representaban opciones distintas, autonomistas, e incluso recentralizadoras por parte de Ciutadans y el PPC (26,43% en conjunto), federalistas por parte del PSC (12,74%) y no se sabe, pero, por lo menos federalistas por parte de CSQP (8,94%). Por tanto, las opciones son, por lo menos, tres. Por eso el independentismo no pretendió imponerse en principio, aunque tenía mayoría en escaños, sino que propuso un referéndum para aclarar las cosas, al que se ha negado sistemáticamente y últimamente con violencia, el Estado español. El independentismo siempre aceptará el resultado. Es antes demócrata que independentista, pero, ¿qué hay que hacer frente a esa clara minoría mayoritaria, si no hay una opción única en el otro bando? Seguramente un referéndum con más de dos opciones y a doble vuelta para poder generar una solución aceptada por una clara mayoría de la sociedad catalana. El independentismo está absolutamente dispuesto a aceptar los resultados de un referéndum pactado y con garantías y a aceptar democráticamente los resultados. Si, finalmente, abocan una mayoría federalista, o incluso autonomista, que así sea, seguiremos trabajando para difundir nuestras ideas, pero siempre con absoluta lealtad. ¿Puede el Estado decir lo mismo si se da una mayoría independentista? Debería.


En resumen, se puede afirmar, por lo menos:

Que el auge del independentismo catalán durante estos últimos años es fruto de la creciente ofensiva de los poderes, especialmente en Europa y en España, así como de la marginación de Cataluña y de sus aspiraciones dentro del Estado español.

Que el independentismo catalán no es mayoritariamente nacionalista y que, en todo caso, no se ampara en mitos ni esencias, sino que se plantea como un proyecto inclusivo y progresista, para la construcción de una sociedad más libre y más justa.

Que, en cambio, el nacionalismo español, amparado en un Estado y en las correspondientes alianzas internacionales, sí es un nacionalismo esencialista, que entiende la unidad de España como un hecho natural y, por tanto, irrevocable, lo cual legitima su defensa a ultranza, aun en sus expresiones más agresivas y excluyentes.

Que hasta hace muy poco no ha existido ninguna ruptura ni sensación de ruptura social en Cataluña, donde siempre han convivido en paz y sin recelo, opciones identitarias y posicionamientos políticos diversos. Ahora sí se produce un malestar en este sentido, claramente inducido por una operación de propaganda auspiciada por el Estado, los medios de comunicación afines y los partidos españolistas. Es decir, se intenta romper Cataluña desde el exterior, desde el Estado español concretamente.

Que en Cataluña no se adoctrina, ni en las escuelas ni en los medios. Los medios tienen reconocimientos internacionales más que suficientes de rigor y pluralidad informativa. En cuanto a las escuelas, que son un bien muy preciado para el conjunto de la sociedad catalana, lo que se hace es comentar la realidad social, toda, de acuerdo con la edad de los alumnos; practicar la inmersión lingüística, sin detrimento alguno del aprendizaje del castellano, para evitar una segregación lingüística de la población y, por ejemplo, -otra cosa aducida como “adoctrinamiento”, ¡celebrar las fiestas populares!

Que en Cataluña no hay ni se fomenta de ninguna manera ningún tipo de hispanofobia. La fobia que puede existir en Cataluña se dirige hacia el aparato del Estado español y, singularmente, hacia sus instituciones y representantes políticos. Los vínculos de una mayoría de catalanes con personas, lugares y hechos de España son muy fuertes, ya sean vínculos de sangre o de afecto y preocupa mucho en Cataluña, en cambio, que en España se esté promoviendo una campaña de catalanofobia, que amenaza seriamente estos vínculos. El independentismo quiere separar Cataluña del Estado español, no de los pueblos y las tierras de España. En absoluto.

Que el independentismo catalán es un movimiento social, popular, de base, enormemente transversal, para nada de ricos ni de élites -los ricos no tienen otra ideología que su dinero-. Que los políticos que se han puesto al frente de este movimiento -y que están pagando duramente por ello- actúan bajo mandato popular, como ellos mismos reconocen y, en ningún caso, existe ningún fenómeno de abducción o de caudillismo de los políticos sobre la sociedad. Al contrario.

Que no existe en absoluto eso que algunos -incluido el presidente del gobierno español- llaman “mayoría silenciosa”, que, como se puede observar, tanto en la calle como en las urnas, no hay ninguna mayoría, y menos la que pretenden representar los partidos españolistas, tan solo hay minorías mayoritarias y, en ese caso, la más importante, con mucho, es la independentista.

Que el independentismo catalán, desde la población hasta el gobierno de la Generalitat, ha pecado de ingenuo respecto al carácter autoritario, claramente predemocrático, del Estado español, creyendo que éste se avendría a negociar un referéndum pactado para dilucidar los apoyos que cada una de las opciones de interrelación política tenían en Cataluña. No solo no ha sido así, sino que, con el apoyo -igualmente inesperado- de los estados europeos, el Estado español ha actuado en Cataluña con una violencia desmedida, no solo en las cargas policiales sino también en la destitución y encarcelamiento del gobierno catalán, la paralización de sus instituciones, la disolución del parlamento, y la convocatoria espuria de una elecciones autonómicas sin garantía alguna. Todo ello además de la actuación continua, que viene ya de lejos y está perfectamente documentada -e impune-, de las “cloacas del estado”.

Que, a pesar de todo, el independentismo catalán acudirá a las elecciones del 21 de diciembre y, si gana, volverá a intentar pactar con el Estado un referéndum vinculante. Que, en cualquier caso, el independentismo aceptará el resultado de las elecciones, sea el que sea, y se adaptará a la situación resultante, aunque es más que dudoso que, si el independentismo gana, el Estado haga otro tanto. El independentismo catalán es un movimiento pacífico y democrático que no va contra nadie, sino a favor de todos, que tiene en frente un Estado (no un país, ¡cuidado!), cuya herencia mal disimulada del franquismo resurge con fuerza, especialmente en este tema.

Amigos, amigas, ayudadnos para que la democracia, la voluntad popular, pueda expresarse sin trabas y prevalezca.



Llorenç Prats

dijous, 16 de novembre de 2017

TRES REGIMENTS, PERÒ UNA SOLA BATALLA





Volia aprofitar aquestes ratlles per demanar, com ja he fet a les xarxes socials, una explicació certa, coherent i autoritzada tant del què i el per què de les decisions del govern des de després del referèndum fins ara, com dels plantejaments de futur de les diverses formacions independentistes, segons els resultats del 21 D. Tanmateix, després de veure, sentir o llegir les declaracions del president Puigdemont, del vicepresident Junqueras, de la Marta Rovira, de la Marta Pascual, del Toni Comín, la Meritxell Serret, l'Anna Simó, el Jordi Cuixart i d'altres, no ho faré, per diverses raons.


En primer lloc perquè penso que és impossible que ens puguin transmetre un únic relat coherent. Els uns a la presó, els altres a Brussel·les i els que menys a Catalunya, però tots amb imputacions severíssimes per part dels tribunals espanyols, que els obliguen a anar amb peus de plom, amb la impossibilitat física d'una coordinació efectiva, amb una intervenció directa i asfixiant de les institucions d'autogovern, que, si no s'és caut, les pot portar a l'aniquilació. Amb amenaces a l'escola, els mitjans de comunicació, col·lectius diversos i persones individuals, que sembren la por i l'autocensura. Amb unes eleccions a l'horitzó sense cap mena de garantia democràtica ni respecte a la campanya electoral, ni molt menys a la netedat i acatament dels resultats... En aquesta situació que viuen, no només els nostres governants legítims, sinó els país sencer, de veritable estat d'excepció, no es pot demanar més dels nostres representants, per perspectiva i per prudència.


El que sabem, fins on arriba la meva informació i el meu enteniment, és que el govern confiava que, en un marc europeu, l'Estat espanyol no s'atreviria a saltar-se qualsevol legalitat, inclosa la seva, i a imposar mesures repressives absolutament impròpies d'un estat de dret i d'una societat democràtica. El dia 27 d'octubre sembla que el president Puigdemont estava disposat a convocar les eleccions en lloc d'impulsar la proclamació de la República si l'Estat garantia que no s'aplicaria el 155, o, més ben dit, l'estat d'excepció colpista i autoritari, predemocràtic en tot cas, encarnat en les mesures que van implementar sota el paraigües genèric i espuri del 155. Tanmateix, aquestes garanties no es van donar i el president, finalment, va decidir forçar la situació i donar peu a què el Parlament proclamés la República, en el convenciment que el conflicte polític resultant s'hauria de resoldre políticament. Però, en un dels moments més foscos d'aquests dies, sembla que el govern espanyol no només va implantar la seva peculiar versió del 155, sinó que va amenaçar amb la utilització de la força si això es pretenia obstaculitzar mitjançant la resistència pacífica. No sabem, perquè, si ho saben, els nostres governants a l'exili no poden o volen dir-ho, si aquest ús de la força podia haver arribat fins al foc real, és a dir, fins a posar morts sobre la taula. El govern va decidir fer un pas enrere per evitar les conseqüències de la repressió violenta dels ciutadans. I va decidir dividir-se, amb el president i una part dels consellers a Brussel·les per crear un gran altaveu, internacionalitzar el conflicte i mostrar la diferència entre la justícia belga i l'espanyola. Tant se val el per què de la decisió de cadascú. Les situacions personals són tan dures que qualsevol opció, al marge de la seva consideració estratègica, s'ha de comprendre i respectar. Com ja sabem, l'Audiència Nacional va empresonar els consellers i conselleres, com havia fet amb el Jordi Cuixart i el Jordi Sánchez, per sedició, i, en aquest cas també per rebel·lió, corrupció i malversació de fons. Al mateix temps el govern d'Espanya -il·legalment- va dissoldre el Parlament i va convocar unes eleccions "autonòmiques" per al 21 de desembre, amb l'advertiment que, si guanyaven de nou les forces independentistes i pretenien actuar fora de la Constitució -segons la seva interpretació-, és a dir, més enllà de l'autonomia, tornarien a aplicar el 155, article que, d'altra banda i que jo recordi, no han deixat clar en cap moment que, després del 21 de desembre, sigui quin sigui el resultat de les eleccions, deixarà d'estar en vigor.


Estant així les coses, l'independentisme s'ha organitzat com ha pogut, des de les presons de Madrid, des de Brussel·les, des de Catalunya, amb l'espasa dels tribunals espanyols suspesa sobre tots i cadascun dels nostres caps. Crec que hem de ser conscients que ens movem en aquesta absoluta precarietat i que tot cal interpretar-ho en aquest context. M'apunto a totes aquelles veus que han dit que ja n'hi ha prou d'autocrítica i de flagel·lar-se. Ara és fàcil deduir que l'Estat espanyol pot actuar impúnement al marge dels drets fonamentals de les persones, amb l'única raó de la força, per defensar la unitat d'Espanya. Però, ni que ho haguéssim sabut, és que el govern i la societat catalana haguessin pogut actuar d'una altra manera? Tampoc importa massa si ens presentem en una sola llista o en tres. No hi ha hagut temps per debatre una coalició prou àmplia i no està clar quina fórmula ens pot permetre uns millors resultats electorals. Aquestes eleccions són excepcionals, l'únic que cal tenir clar és que pretenem alliberar els presos polítics, recuperar la normalitat institucional i forçar la consulta a la població sobre el model territorial que es vol per a Catalunya: independència, federalisme o autonomia, si no en surt cap més. Això ja ho he explicat en anteriors ocasions.


Jo no crec que al govern espanyol li interessés convocar eleccions tan aviat, amb més temps hagués pogut devastar més a fons Catalunya i afeblir l'independentisme. Darrera de la data del 21 de desembre hi veig el context europeu, prou tocat per la qüestió catalana. Potser tornen a ser esperances il·luses, però crec que el govern espanyol té una línia vermella posada per Europa -per l'opinió europea segur, però potser també pels estats i les institucions comunitàries-, una línia que l'ha permès aplicar a la seva manera el 155, és a dir, crear un estat d'excepció -és cert-, però breu, per un temps limitat per redreçar les coses. Si tot va bé per a l'Estat espanyol, i per a Europa, les formacions polítiques que han recolzat el 155 guanyaran les eleccions i la qüestió de la secessió de Catalunya es donarà per tancada. Però, si guanyem nosaltres, les forces independentistes, i si guanyem clarament, és a dir en vots i escons i superant el 50%, opino que, forçat per Europa, el govern espanyol haurà d'acceptar els resultats i iniciar un procés de diàleg que ens ha de portar a un referèndum pactat (també n'he parlat en entrades anteriors). No ens reconeixeran automàticament la independència -seria molt ingenu pensar que guanyant les eleccions ja està-, però sí el dret a posar-la a votació en un referèndum. En qualsevol cas és l'únic escenari en què ens podem defensar. 


Per tant, amunt els ànims, podem guanyar i hem de guanyar. Cal un rearmament moral, ara les explicacions les hem de demanar als altres, com, per exemple a Ciudadanos que, segons sembla, aquest matí anaven fent campanya electoral per l'entrada de l'Hospital de la Vall d'Hebron. Ens hem d'agafar a les eleccions com un clau ardent, que no falli ni un sol vot i que ningú desautoritzi en absolut cap opció independentista. El nostre president, en tot cas, serà Carles Puigdemont, el mateix Junqueras ho ha proclamat i recuperarem el nostre govern legítim, ara en presó o a l'exili, però només hi arribarem si ens activem ja, si ens agafem aquestes eleccions com una batalla final per la llibertat, contra l'estat repressor i les forces del 155, en la qual tenim tres regiments d'un mateix exèrcit que actuen coordinadament al servei d'un objectiu únic. Si l'assolim, si el 22 de desembre tenim la majoria que tothom demana en vots i en escons i sumem més del 50%, el panorama pot ser mol esperançador. Per aconseguir-ho cal renovar totes les nostres energies i remar tots en la mateixa direcció, la de les urnes.


Llorenç Prats

dijous, 9 de novembre de 2017

¿INÉS ARRIMADAS, PRESIDENTA DE LA GENERALITAT?




























Finalment no hi haurà llista unitària per a les eleccions del 21 de desembre ¿Per què? No vull pensar que els partits no hagin fet els càlculs dels resultats que pot obtenir, no ja el bloc independentista, sinó el conjunt de forces partidàries de l'autodeterminació, segons si van junts o per separat. Tampoc vull creure que hagin fet els càlculs en termes estrictes de resultats relatius per a cada partit, particularment, sense atendre a les conseqüències per a la situació global. Per tant, he de pensar que els partits sobiranistes han pres la decisió de concórrer a les eleccions per separat perquè tenen la convicció fonamentada que aquesta és l'opció electoralment més avantatjosa per al sobiranisme.


En prescindir de la llista unitària, es perd l'avantatge que confereix la llei electoral vigent als partits i coalicions grans, avantatge, no ho oblidem, que és el que ha permès a Junts pel Sí governar durant aquesta darrera i breu legislatura, amb el recolzament de la CUP, i desenvolupar el procés que ens ha dut al referèndum de l'1 d'octubre, a la proclamació de la República Catalana Independent -encara que només hagi estat de boquilla- i a la aplicació per part de l'Estat del 155 (i de moltes altres mesures, més o menys públiques o discretes, secretes i tot en algun cas), que ens ha menat a la catàstrofe en què es troba actualment Catalunya. Tanmateix, cal pensar que, si s'ha decidit fer-ho així, i descartant les opcions estrictament partidistes, és perquè els estudis demoscòpics deuen demostrar que els partits i formacions independentistes per separat poden captar més vots per a una causa que, en els seus punts primigenis, és coincident, però que, més enllà d'això (amnistia, restitució de les institucions pròpies, autodeterminació), segueix opcions divergents. Vull dir, en definitiva, que, a efectes electorals, suposo -i espero- que els partits i altres formacions polítiques hagin conclòs, amb arguments sòlids, que, per exemple, el nombre de afiliats i seguidors de la CUP que deixarien de votar una llista unitària si hi hagués un nombre significatiu de candidats del PDCAT, i viceversa, el nombre d'afiliats i seguidors del PDCAT que deixarien de votar una llista unitària si hi hagués un nombre significatiu de candidats de la CUP, representarien una pèrdua de vots electoralment més transcendent -en nombre d'escons- que l'avantatge que, en aquests mateixos termes, pogués conferir la Llei d'Hondt a una llista unitària. Si els partits i formacions independentistes no em diuen el contrari, em nego a contemplar cap més hipòtesi.


Hi ha veus, procedents de diferents fronts, que expressen reiteradament dues inquietuds, que, en bona part, al llarg del seu desenvolupament, conflueixen. Una d'aquestes inquietuds és el que en diríem "per fer què". Aquesta expressió la va utilitzar Eulàlia Reguant de la CUP i, darrerament, li he sentit amb unes altres paraules a Mònica Terribas. Aquesta inquietud entenc que, per una banda, és una demanda de programa, en tots els àmbits de la governança. D'una altra banda entenc que també és una demanda sobre el punt de partença en el qual ens hem de situar: hem de partir del reconeixement de la proclamació de la República? de l'assumpció dels resultats del referèndum de l'1 d'octubre? o de l'exigència, en base al resultat de les eleccions del 21 de desembre, d'un referèndum pactat? -Jo, ja ho vaig explicar, estic en aquesta darrera tessitura-. L'aspecte de la governança lliga amb la segona qüestió, que és reclamada insistentment pels partits i formacions unionistes, inclosa CSQP, que, tot i que sembla que estaria per un referèndum pactat -vés a saber-, utilitza la paràlisi dels afers socials -sobretot- per pescar en un banc de vots més o menys d'esquerra i no independentistes, o que estan més preocupats per les dificultats del dia a dia -amb tot el dret i tota la raó-. En aquesta qüestió s'hi apunten també, demagògicament, el Partit Popular, Ciutadans i el PSC. Tots ells saben que si l'agenda social i altres afers de gran importància no s'han pogut desenvolupar és en gran part per la guerra política i jurídica que el govern d'Espanya ha mantingut amb el govern de Catalunya, ja des d'abans del 2015. Una guerra escandalosament desigual. Tanmateix, el malestar social és prou alt com perquè el mantra de l'independentisme versus les necessitats reals del poble pugui tenir molta requesta entre la població. Hi ha una dada, que vaig llegir en un tweet de Ramón Cotarelo, que és significativa. Es podria resumir així: el recolzament a l'independentisme és directament proporcional al nivell de formació dels enquestats. A més formació, més recolzament. Al marge del cas que es pugui fer a aquestes dades demoscòpiques soltes, que és més aviat poc, és ben sabut que la ignorància ha estat, de sempre i a tot arreu, un dels mecanismes més importants del poder per legitimar-se com a autoritat. Els partits unionistes saben molt bé quines consignes han d'agitar per guanyar-se la voluntat de tanta gent que ho està passant malament i veuen que el govern -no els expliquis si el d'Espanya o el de Catalunya- no està fent res per ells. Però aquest és també un parany en el que no poden caure els partits independentistes, perquè si tornem enrere, massa enrere, perdran suports en les seves pròpies files i, a més a més, des d'una situació autonomista no podran governar sense la interferència continua del govern d'Espanya, que, aleshores, sí que tindrà Catalunya ben agafada pel coll. Per tant, per a mi, les qüestions es contesten així: "per fer què? -el referèndum pactat, immediatament (vegeu l'entrada anterior); i les polítiques sectorials? -immediatament, de seguida que tinguem la capacitat per fer-ho, ja sigui com a Estat independent, o com a Estat federat (com a autonomia no ho tindrem mai)".


Però cal tenir en compte un altre escenari: que, en aquestes circumstàncies, sense la protecció de la Llei d'Hont -que no m'agrada, deixeu-m'ho aclarir, però que tothom ha fet servir fins ara i no es tracta de fer el pallús-, guanyin les eleccions els partits unionistes. Entre ells, segons he llegit, existeix un pacte perquè, en aquest cas, governi el partit d'entre ells que hagi obtingut més vots, que, previsiblement, seria Ciutadans. Per tant, Inés Arrimadas seria la presidenta de la Generalitat, probablement amb Garcia Albiol com a vicepresident i el PSC recolzant el govern sense participar-hi. La situació és apocalíptica. Pensem que Ciutadans, fundacionalment, és un partit declaradament anticatalanista i el PPC ja el coneixem. La destrossa que podrien fer en quatre anys en estructures de país tan importants, tan eficients i garants d'un futur de progrés com l'Escola catalana, els Mitjans de comunicació públics, els Mossos d'esquadra i la policia local, les estructures del municipalisme o el ja mig enfonsat Sistema de salut podrien ser literalment irrecuperables. La primera obligació de la resta de partits catalans, de tots i cadascun dels ciutadans i ciutadanes amb dos dits de front, és assegurar-se que això no passi. Penseu només en els personatges en si: la patètica pobresa del discurs, del pensament polític, d'Inés Arrimadas, l'extremisme ideològic d'un Garcia Albiol, xenòfob reconegut... Potser seria, no ja el govern, sinó bona part del poble de Catalunya que ens hauríem d'exiliar. Fixeu-vos que, tot i la misèria en què s'han enfonsat aquestes darreres setmanes, si, malgrat tot, ens diguessin que governaria el PSC, la sensació seria una altra. Com a mínim -hi estiguis o no d'acord- és un partit seriós i responsable, capaç de respectar el país i menar-lo, pel seu camí, però sense fer cap malvestat. L'opció Arrimadas, en canvi, horroritza. I si pensem en el govern que podria conformar, encara més.


Penso que evitar que això passi ha de ser la prioritat de tots els partits sobiranistes. Tant dels partits independentistes com de CSQP, encara que segueixi una estratègia electoral similar a Ciutadans, PPC i PSC. En segons quina situació, ells poden ser els àrbitres. Tanmateix no hauríem d'arribar aquí. Cal guanyar aquestes eleccions i apel·lo a la responsabilitat de tots els partits i formacions sobiranistes i també de tots i cadascú de nosaltres. Que voti tothom, sense excepció, i votem per salvar el país. Evitem qualsevol escenari de malson i garantim una posició que permeti exigir el referèndum pactat. Que el poble de Catalunya pugui determinar quin model polític vol -independència, federació, autonomia-, respectem-ho escrupulosament i, llavors sí, sense cap dilació, posem-nos a recuperar el temps perdut.





Llorenç Prats


diumenge, 5 de novembre de 2017

NO ÉS HORA DE TRAÏDORS

Continuem. En aquests moments aparentment difícils, dolorosos per l'empresonament, ja fa massa dies, de Jordi Cuixart i Jordi Sánchez, i de bona part del govern legítim del nostre país, amb el parlament dissolt i la resta d'institucions de govern intervingudes, amb el President -i uns quants consellers més- a l'exili i ja no sé quants més encausats per l'únic delicte d'haver facilitat que els catalans -tots- poguem decidir sobre el nostre futur..., en aquests moments no hem de caure en el desànim. En primer lloc perquè no hi tenim cap dret, precisament quan els nostres representats estan empresonats o perseguits, les nostres institucions ocupades i se'ns humilia i es vol anorrear el nostre autogovern, cal que estiguem, més que mai, ferms i alçats, fermes i alçades, i amatents. Potser ens calia una prova de foc, com la vam haver de patir en les tenebres del franquisme, per baixar de la figuera i forjar-nos. La nostra determinació ha de ser fèrria i tossuda, a prova de qualsevol mesura de repressió, com l'1 d'octubre, sinó, és que no ens mereixeríem la llibertat col·lectiva. A més a més hem d'estar a l'alçada dels nostres dirigents i portantveus, que han encarat la privació de llibertat, les vexacions i les amenaces contra el seu patrimoni amb valentia i decisió. Ningú -o gairebé- ha fallat i això només acabarà bé si el poble, molt majoritàriament, tampoc no falla. Però és que, a més a més encara, més enllà del mal que ens han volgut infligir, no hi ha motius per al desànim. Amb la decisió del President Puigdemont d'anar-se'n a Brussel·les, la capital d'Europa, i de mantenir-s'hi, la visibilitat i la internacionalització del problema i de l'arbitrarietat político-judicial espanyola s'ha multiplicat exponencialment. Ara és la justícia belga la que haurà d'examinar l'aute de la jutge Lamela, les demandes del fiscal... i en podrà copsar el despropòsit. Ho publicitaran o no, però internament i de cara a l'Estat espanyol no ho podran donar per bo. I l'opinió pública de tot el món podrà seguir la situació dels presos polítics i les garanties que tinguin o no les mateixes eleccions que el govern espanyol va convocar. No podem esperar que els estats de la UE reaccionin a favor nostre, tenen massa interessos en comú amb l'Estat espanyol, però la UE es basa en unes convencions, en uns principis fonamentals -el seu relat, si voleu-, que no poden ser vulnerats sense perdre credibilitat i legitimitat. Una cosa que, en la situació actual, difícilment es pot permetre i que l'hauria de portar a pressionar Espanya.


La situació actual està més o menys així: Les institucions suspeses o intervingudes, els líders polítics i ciutadans a la presó, a l'exili o atrapats en el remolí de la justícia -que "afina" convenientment les decisions polítiques-, l'amenaça de les forces repressives present per terra, mar i aire a Catalunya i unes eleccions sense garanties en l'horitzó. Els polítics i ciutadans empresonats i encausats són un clam a la consciència internacional, els exiliats una antena que retransmet i atreu l'atenció de tot el món, si més no el President (la veritat és que jo no acabo d'entendre què hi fan els altres consellers, però, enfront d'una situació de presó segura, crec que s'han de respectar totes les opcions escrupulosament). La població serem la caixa de ressonància, al carrer, de la situació política. Per començar a l'aturada de país del proper dia 8 i a la manifestació de l'11 de novembre. Més endavant i de forma decisiva, amb els nostres vots. No confio massa en l'eficàcia de les manifestacions. La partida se jugarà sobretot a les urnes i en el reconeixement internacional dels avenços que poguem fer en aquest sentit. Però, de totes maneres, aquesta manifestació ha de ser una demostració multitudinària de determinació, no hi pot faltar ningú, ningú. A veure si acabem d'una vegada per totes amb el cuento xino aquest de la "mayoría silenciosa" i ho fem d'una manera ben gràfica, com l'11 de setembre del 2012, que va ser una data que va canviar la història.


De tota manera -dic-, on se jugarà, si no definitivament, sí en gran part, la partida, serà a les eleccions del 21 de desembre. L'estratègia per a aquestes eleccions ha de ser nítida i convençuda. No podem anar amb el lliri a la mà, una altra vegada no! Hem d'anar a guanyar i a guanyar per golejada. A donar un missatge inequívoc i eixordador a favor del dret a decidir.


No és el moment dels partits, és el moment del poble, de la unitat. És un moment històric i ningú no hi pot faltar. Que s'ho facin com vulguin, però PDCAT, ERC, CUP, ANC, Òmnium, AMI, CDR'S i una part del món de CSQP, com ha mínim, han de concórrer junts amb tres únics punts que ja són prou coneguts. 1) Retirada automàtica del 155 i restitució de totes les institucions d'autogovern; 2) Amnistia total i immediata per a tots els presos polítics i arxiu de totes les causes obertes amb motiu de la consulta, el procés, el referèndum i la declaració de la República; i 3) Convocatòria immediata d'un referèndum d'autodeterminació vinculant. Qui no s'hi avingui estarà defensant interessos particulars i traint la voluntat democràtica de la gran part de la societat catalana que va defensar i participar en el referèndum de l'1 d'octubre i que vol arribar a l'autodeterminació d'una manera neta, transparent, democràtica, però també efectiva, sigui quin sigui el resultat.


Hi poden posar molts entrebancs a les eleccions del 21 de desembre, però, si anem tots junts és pràcticament impossible que les puguin parar o falsejar. Si guanyem molt majoritàriament, el nostre dret a l'autodeterminació, la nostra legitimitat per anar a un referèndum pactat i definitiu, estarà guanyada i l'Estat espanyol s'hi haurà d'avenir perquè Europa -encara que als estats no els plagui-, l'haurà de reconèixer. Només demano això: unitat absoluta pel dret a l'autodeterminació, al referèndum. Després, de manera immediata, caldrà fer un referèndum amb totes les opcions, i, si cal, amb dues voltes: autonomia, federalisme, independència... i que les dues opcions més votades s'enfrontin en una segona volta a majoria simple. Un escenari acuradíssimament democràtic, que ha de ser controlat per àrbitres imparcials i donar, definitivament, la forma de govern legítima per a Catalunya i acotar els terminis i el nombre de signatures necessàries per demanar qualsevol revisió.


Sí, com espero i desitjo, en aquest referèndum guanya la independència, la minoria majoritària, n'estic segur, en un país forçosament plural, llavors podrem declarar la República Catalana Independent amb tots els ets i uts, i fer unes noves eleccions per redactar la nova constitució. Llavors serà el moment per a què cada partit marqui el seu perfil, no abans. Fer-ho abans seria de miserables que només vetllen pels seus propis interessos, seria ignorar la història. 


Ara toca blindar els objectius del primer pas: amnistia, restitució de l'autogovern i guanyar el dret a l'autodeterminació. No és hora de traïdors.



Llorenç Prats