dimecres, 16 de maig del 2012

La lógica perversa del carnaval

No hay otra fiesta ni otra actividad humana ordinaria que remita a la subversión del orden establecido tan claramente como el Carnaval. Canónicamente, el Carnaval empieza con la llegada de un personaje (que recibe diversas formas y nombres según los lugares) y que toma el lugar de la autoridad establecida (con frecuencia a título de rey) e implanta, mediante un edicto, un nuevo orden opuesto al que impera durante el resto del año: prácticamente todo está permitido durante los días de Carnaval y los excesos en la comida, la bebida, la diversión y el sexo constituyen un  precepto de obligado cumplimiento. La identidad desaparece debajo de las máscaras o se transmuta mediante los disfraces y nadie es quien es, y bajo ese anonimato puede dar rienda suelta a sus instintos.

Muchas veces se ha explicado el Carnaval como una necesaria válvula de escape, como la representación simbólica del deseo, incluso como una confrontación entre la naturaleza y el orden social. Y sí, ciertamente, tiene algo de todo eso y aún más en las sociedades campesinas y en las antiguas ciudades estamentales.

Hoy en día, el Carnaval se puede organizar y desorganizar en cualquier momento y, por lo menos en su vertiente igualitaria, más o menos anónima y de permisividad, se puede dar en un festival, una rave, o en un evento como el Saloufest... el Carnaval reviste muchas formas y las fiestas propiamente dichas de Carnaval, en cambio, tienden a comercializarse y homegeneizarse.

Pero el Carnaval tiene una lógica perversa. ¿Es realmente el triunfo de la subversión del orden establecido lo que se representa o su inexorabilidad? ¿La explosión de los instintos o la submisión a las reglas sociales?

En primer lugar, el Carnaval tiene unos límites, espaciales, sociales y temporales. Hay unos espacios para las celebraciones carnavalescas, ya sean las calles o locales habilitados para la fiesta, la transgresión no puede cruzar ciertas fronteras, como las de los lugares del poder, religioso, militar, político o económico. Tampoco permite una promiscuidad interclasista: la aristocracia, la burguesía también puede llevar a cabo sus rituales de transgresión, pero entre ellos mismos, en recintos privados a los que el pueblo no tiene acceso: las fuerzas del orden siguen ahí para evitar que se traspasen estos límites.

Pero, por encima de todo, el Carnaval tiene un límite temporal. A los pocos días de reinar el desorden, el rey de las fiestas y causante de la simbólica subversión es detenido, juzgado sumariamente y ejecutado en la horca o en la hoguera: ese monigote ardiendo es la viva imagen de lo que les espera a todos aquellos que pretendan incitar a la rebelión. Al día siguiente, se entierra entre grandes lamentos y, en la tradición cristiana, empieza el período de prohibiciones y penitencias de la Cuaresma, con la imposición, por parte de la Iglesia de la ceniza en la frente de los pecadores: memento mori, recuerda que morirás, y que sólo nosotros tenemos las llaves del reino.

En palabras de Victor Turner podríamos decir que a un paréntesis de communitas le sigue un retorno brusco y permanente a una situación de estructura, en la que cada cual recupera su rol y su estatus.

Hay un caso interesante que fue estudiado por el historiador Emmanuel Le Roy-Ladurie, el Carnaval de la ciudad francesa de Romans de 1580. En síntesis, una hambruna que asoló la region de Romans hizo que los campesinos y otros estamentos populares dirigieran su malestar contra las grandes fortunas y las clases dirigentes. Se generó en la ciudad un clima creciente de revuelta popular, con gritos, consignas, canciones y manifestaciones de todo tipo, que auguraba un levantamiento violento de los pobres contra los ricos, a quienes consideraban culpables de su infortunio.

Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario. Durante los días de Carnaval, un suceso puntual y nunca aclarado hizo que los ricos, con sus espadachines armados, se lanzaran a sangre y fuego sobre los pobres y causaran una masacre que se prolongó durante tres días. Una revuelta simbólica terminó en una represión tan real como brutal.

Todo esto me vino de pronto a la cabeza el pasado lunes. El sábado había participado en la manifestación conmemorativa del 15 M y el domingo no había acudido a los debates de Plaza Cataluña porque no me parecían la forma más indicada de continuar nuestra lucha. La manifestación del sabado había constituído una colorida exhibición de pancartas, banderas, camisetas, chalecos, lemas, chapas y pegatinas... tan exuberante como un pasacalle de Carnaval, quizás fue eso...

O quizás no. El lunes fuí a trabajar. Cogí el autobús interurbano y el metro. A pesar de que a esa hora había mucha gente no vi ni una sola señal de protesta, ni una pegatina, ni una chapa... sólo la mía solitaria, pegada a mi mochilla. En la universidad tampoco había nada, algunas pintadas antiguas, un par de pancartas que recordaban los horarios de una asamblea para la huega del 22... En las clases tampoco, las paredes, las carpetas... todo impoluto... sólo la misma solitaria chapa pegada a mi mochilla. Las clases discurrieron con total normalidad y según el temario previsto.

A las ocho de la tarde apareció por el patio un grupo de estudiantes que, con consignas y cánticos, acompañaban un ataud en el que supuestamente reposaba la universidad pública. Entraron en la biblioteca entre la indiferencia general y después de dar una vuelta por la primera planta, desaparecierón con sus cánticos por la escalera del sótano.

A la salida pasé por Plaza Cataluña. Había gente, no mucha. Los tenderentes alrededor de la plaza le daban un aire de feria de muestras y un par de conferenciantes exponían sus argumentos sobre temas dispares a unos moderados auditorios, ubicades en dos zonas distintas de la plaza. En la cercana plaza de Urquinaona, los mossos antidisturbios esperaban aburridos junto a sus furgonetas.

Volví a coger el metro para regresar a casa. Como por la mañana, el único testimonio de rebelión era mi solitaria chapa. La gente se veía cansada, para la mayoría debía haber sido una jornada dura (“maldita crisis”...) y todo parecía más gris, como un miércoles de ceniza.

diumenge, 13 de maig del 2012

¿Cuáles son nuestros objetivos?

Ayer sábado 12 de Mayo estuve en la manifestación de Barcelona y se me quedó el cuerpo extraño. Había mucha gente, tanta o más que el 15 de Octubre. Todo era muy festivo y estaba muy bien organizado, unas personas uniformadas con camisetas amarillas con sus correspondientes logos te iban indicando el camino y repartían materiales diversos: octavillas con el plano de organización de la acampada y los horarios de los distintos debates; una guía de buenas prácticas y un precioso desplegable con un juego de la oca alternativo a todo color y a dos páginas. En la Plaza de Cataluña, y después en la manifestación, había grupos diversos, cada cual con su merchandising particular. Los Iaioflautas con sus chalecos reflectantes impecablemente serigrafiados, los de educación, los de sanidad, las asambleas de los distintos barrios y poblaciones, grupos ecologistas… todos con sus pancartas y la mayoría con sus chapas y sus camisetas específicas. Las Plataformas de Afectados por las Hipotecas, perfectamente pertrechados, recogían firmas para la iniciativa legislativa popular por la dación en pago y el alquiler social.
Realmente parecía una fiesta, una especie de love parade indignada. Alguien decía esta mañana en facebook que le recordaba una excursión de un esplai. Y algo de eso había, yo canté en un coro y participé en un juego para derribar al capitalismo.
Para estos días, desde el domingo hasta el martes, está previsto que se debata en grupos separados sobre los siguientes temas: Eurovegas, educación, causas de la crisis, política al descubierto; derechos y libertades, vivienda, economía y deuda, activismo y autoorganización; laboral, sanidad, mercados financieros y renta básica, política y participación y decrecimiento y crisis ecológica.
Llegados aquí, y dando obviamente por sentado nuestro derecho a reencontrarnos para celebrar que hace un año algo empezó a cambiar en la conciencia social de mucha gente, deberíamos preguntarnos cuáles son realmente nuestros objetivos.
Soy tan altermundista como el que más, llevo intentando cambiar el mundo desde que tengo uso de razón. He vivido épocas más duras que ésta y otras más apacibles y he adaptado a ellas mi forma de actuar, pero nunca he cejado en mi empeño. Por eso, creo que tengo suficiente perspectiva como para preguntarme ¿es eso lo que toca ahora?
La respuesta es radicalmente no. Bienvenida sea toda conciencia que se sume a las aspiraciones de un mundo mejor en todos los sentidos. No perdamos en cualquier caso ese mundo mejor de vista. Pero ahora no se trata de si otro mundo es posible sino de que otro mundo es necesario ya.
Trabajo, salud, educación y vivienda son las prioridades absolutas, deben ser nuestros objetivos clave en estos momentos y no como aspectos separados, sino en conjunto: trabajo y una vivienda digna para todas las personas y sanidad y educación universales, gratuitas y de calidad. Cuando hayamos conseguido o recuperado esto, podemos y debemos ahondar en otras cuestiones para mejorar el presente y el futuro de nuestro mundo, pero antes no, no podemos dispersar nuestras fuerzas.
Ahí debería estar centrado todo nuestro debate durante estos días, en cómo conseguimos acabar con la miseria y la falta de perspectivas de tanta gente y en cómo recuperamos la plenitud de los pilares del bienestar.
Porque, entretanto, ellos no pierden el tiempo y siguen cargando contra ese núcleo duro de nuestras vidas. Tres ejemplos bien recientes:
La nueva ley de alquileres que, en lugar de dar garantías a los inquilinos para que puedan disponer de una vivienda digna a un precio estable, refuerza su carácter de mercancía expuesta a los avatares del libre mercado y, por tanto, refuerza su precariedad.. ¿para reactivar el mercado hipotecario?
El llamado decretazo en la universidad, por el cual desparecen un número considerable de grados y másters, se aumenta el número máximo de alumnos por grupo, aumenta también muy considerablemente el precio de las matrículas, desaparecen de facto las segundas convocatorias (con lo que hay que volver a pagar) y se aumenta también, por un procedimiento rocambolesco, el número de créditos que debaran impartir una mayoría de profesores; además se comenta que se quiere establecer la duración de los estudios en tres años de grado y dos de máster (para quien lo curse). Resultado: menos títulos, más caros, con más alumnos por aula y más créditos por profesor, igual a menor necesidad de profesores y, por tanto, ERE encubierto, previsiblemente de la mayoría de profesores jóvenes no consolidados. Por supuesto, también, descenso de la calidad universitaria (masificación y pérdida de savia regeneradora). Y si se aplica el tres más dos, tendremos más estudiantes que terminarán sus estudios después de tres años de universidad y, previsiblemente, el acceso a los másters, especialmente a según que másters, será prohibitivo.
Otro asunto aún: el rescate de Bankia ¿no quedamos en que no se iba a rescatar ningún banco con dinero público? Y aún más, el banco más comprometido con la pirateria inmobiliaria y el derroche político ¿no quedamos en que se recortaba porque no había dinero para nada? Como decía ayer una pancarta, parece que no, parece que “había dinero para Rato”.
Compañeras, compañeros, estoy seguro que todos los debates serán interesantísimos, pero nos están acribillando y nos tenemos que centrar en una respuesta unitaria y eficaz. Habrá tiempo para mejorar las cosa, si queda algo por mejorar. Ahora, que suenen las sirenas.

dimecres, 9 de maig del 2012

¡Que hablen nuestras calles!

¿Qué podemos hacer? Esta es una pregunta que nos hacemos a diario tantísimas personas que vemos como se va ahondando más y más el pozo en el que estamos sumidos. Ya no sólo por los recortes de nuestros medios de vida y de nuestros derechos -lo hemos repetido hasta la saciedad-, sino por las formas autoritarias que van adoptando los poderes de una forma cada vez más descarada.
¿Debemos seguir poniendo la otra mejilla? Yo soy un hombre pacífico y jamás predicaré la violencia, pero tampoco pienso que la violencia sólo engendre violencia y creo que es legítimo ejercer la violencia en legítima defensa. Quizás no sea legal, porque las leyes las hacen los que mandan, pero la legitimidad está por encima. No, no es que debamos seguir poniendo la otra mejilla, yo tengo derecho a defenderme de quien me agrede. El problema es que, en una sociedad avanzada como la nuestra, la violencia, para los pobres y los oprimidos, es una carta perdedora.
El estado detenta legalmente el monopolio de la violencia y el estado es dirigido por los gobiernos que son elegidos en las urnas por el conjunto de la población. ¿No debería entonces este mismo estado ejercer su derecho a la violencia, a una civilizada violencia, para detener, juzgar, encarcelar y expropiar a aquellos que se han enriquecido vendiendo humo, jugando con las ilusiones de la gente, evadiendo u ocultando sus infamantes fortunas? Sin duda, sin duda. Pero nuestra democracia es imperfecta, los poderes y los intereses se confunden y el gobierno acaba ejerciendo la violencia -nada civilizada, por cierto-, contra quienes toman la calle hartos de que paguen justos por pecadores. Lo hacen por el bien común y por el orden, que parece que está por encima de la justicia, porque a aquellos que se han burlado de la justicia a lo grande no les alcanza nadie.
Ante ese panorama ¿qué hacer? Ya lo dije, que cada cual siga su estrategia, porque si hemos de esperar a ponernos de acuerdo… En eso nos aventajan los poderes, porque ellos tienen una estructura piramidal, basada en lo que los etólogos llaman el orden del picoteo [si se entra tal cual en google salen varios artículos], que es cruel pero eficaz.
No creo que sirva para nada explicar a los poderes que hay otras opciones. Ya las conocen y no les interesan, y nosotros también ¿No es perder un poco el tiempo y la paciencia ir proponiendo medidas que jamás se aplicaran? Tampoco sirve para nada -eso seguro-, caer en la resignación, mirar hacia otra parte y apechugar con lo que venga como si no tuviera solución. Eso, además de cobarde y acomodaticio, es insolidario con todas y todos los que luchan y con las generaciones venideras, a quienes, no lo olvidemos nunca, pertenece este mundo.
Yo ya expliqué que mi camino, y el de muchas otras personas, pasa por intentar movilizar al conjunto de la sociedad, levantar las conciencias. La semana pasada daba a conocer una iniciativa, que está en marcha, para identificarnos mediante una chapa que responde a un manifiesto que todo la población puede compartir ¿Tan difícil es ponerse una chapa? ¿Ni a eso llega nuestra capacidad de compromiso? Vamos a identificarnos masivamente para manifestar permanentemente nuestro malestar y nuestra dignidad.
Y vamos a hacer más: vamos a hacer que las calles de nuestros barrios, de nuestros pueblos, de nuestras ciudades, hablen por nosotros. Hay centenares y centenares de frases que sintetizan nuestras ideas, las de la inmensa mayoría, y sólo aparecen en las manifestaciones. Al final anexo una pequeña antología. ¿Por qué no están en nuestras carpetas, en nuestros coches, en nuestras bicis, en nuestros cristales, en nuestros balcones, en las rocas de la montaña, en las piedras de los parques…? Pegatinas, pósters, pancartas, carteleras… ¿Por qué no las ponemos en nuestros contestadores, en nuestros e-mails, en nuestras camisetas...? Ahórrate los sms de fin de año y acaricia la conciencia de tus amigas y amigos un día cualquiera… ¿Y las paredes? Nunca había visto las paredes de las universidades tan limpias como ahora. Pero, más allá de mi perplejidad y de la obsesión de algunos decanos por la limpieza, debe haber paredes en las que se puede escribir y dibujar ¿o no? Confieso mi ignorancia, pero, si es así ¿dónde están nuestras grafiteras y nuestros grafiteros?
Este fin de semana estaremos masivamente en las calles, pero no nos conformemos con manifestaciones puntuales, hagamos que el mundo entero clame permanentemente contra la injusticia, puedes hacer mucho y sólo -sólo- depende de ti.


Antología de frases de aquí y de allá, que prácticamente toda la población podemos compartir (sin autoría ni procedencia ¿qué más da? Lo que cuenta es lo que dicen):
“No es perdedor el que pierde, perdedor es el que se rinde”
“Es muy cómodo hablar de igualdad cuando la desigualdad la sufre otro”
“Las viviendas no valen lo que cuestan”
“Si votar cambiase algo, sería ilegal”
“Vendo riñón para pagar matrícula”
“¿Cómo quieres que el estado solucione tus problemas si el problema es el estado?”
“No es economía, es ideología”
“El enemigo no viene en patera, viene en limusina”
“Donde hay poca justicia, es grave tener razón”
“El capitalismo es el genocidio más respetado del mundo”
“La resignación es un suicidio cotidiano”
“A ti que estás mirando también te están robando”
“¿Cómo explicarás a tus hijos que perdiste lo que ganaron tus padres?”
“Queremos un mundo donde quepan muchos mundos”
“La violencia no silencia las ideas”
“No nos vamos, nos mudamos a tu conciencia”
“No hay democracia si gobiernan los mercados”
“Nietos en paro, abuelos trabajando”
“Estoy buscando mis derechos ¿alguien los ha visto?”
“Sigue mirando hacia otra parte… hasta que vengan a por ti”
“¿Tienes dinero negro? Tu gobierno te lo blanquea por sólo el 10%”
“Los ricos con médico privado, los pobres privados de médico”
“Estás despedido, pásalo”
“La crisis ha terminado, ahora comienza la miseria”
“Sólo los peces muertos siguen la corriente del río”
“¿Qué pensaría el niño que fuíste del adulto que eres ahora?”
“Queremos mentiras con más calidad”
“Un día a los pobres no les va a quedar otra que comerse a los ricos”
“La democracia es tan cómoda que incluso piensa y decide por nosotros”
“Si tu miedo es su alimento, hazles pasar hambre”
“Ya no basta con indignarse, es hora de comprometerse”
“Ellos mandan porque tú obedeces”
“Temo el silencio de los buenos”
“Pienso, luego estorbo”
“Si tienes una pistola puedes robar un banco, si tienes un banco puedes robar a todo el mundo”
“Tu salud es su negocio”
“¿Es usted un ciudadano normal o todavía piensa?”
“Estudiante pre-parado”
“Deshauciar mata”
“Ellos viven por encima de nuestras posbilidades”
“Aunque escondas la cabeza sigues con el culo al aire”
“Si los de abajo nos movemos, los de arriba se caen”
“El miedo es la excusa para no intentarlo”

…Y así indefinidamente, buscad y encontraréis, imaginad y avanzaréis, pero no ocultéis vuestros pensamientos, dejadlos vivir libres en las calles…
¡Ah, sí! Y para los turistas que vengan a Barcelona, especialmente:
“¡Welcome to Catalonia, land of repression!”


dimecres, 2 de maig del 2012

La Manifestación Permanente

Estamos en manos de los mercados financieros y de sus secuaces y nadie va a mover un dedo por salvarnos.  Esta es la dura realidad.
No estamos cruzando ningún túnel sino cayendo en el abismo más negro del subdesarrollo y la desigualdad social, lentamente, como en un sueño del que no despertaremos hasta que lleguemos al fondo y nos encontremos en un mundo difícil de reconocer, donde los avances más elementales nos parecerán inalcanzables y habremos retrocedido muchas décadas.
Casi sin darnos cuenta, eso sí, porque facebook y el televisor de plasma seguirán funcionando y se habrán cuidado muy mucho de no tocarnos el smartphone.
Entretanto, algunas y algunos nos devanamos los sesos para intentar detener e invertir el proceso; otras y otros viven una situación ya tan precaria que no pueden preocuparse más que de sobrevivir ; y hay quien ya lo contempla todo como si se tratara de un fenómeno geológico, algo contra lo que ni merece la pena luchar y empieza a adaptarse. 
Yo apuesto por luchar hasta el último aliento. La historia no está escrita y me resisto a marchar mansamente hacia el matadero como un cordero asustado. Si hemos de caer, hagámoslo a dentelladas. Sería bueno contar con los partidos de izquierda y los sindicatos reconvertidos en fuerzas revolucionarias, y con los intelectuales que siguen reflexionando sobre la situación en sus despachos, pero no podemos esperarlos, ya se añadirán si quieren. Mientras se lo van pensando,  la situación se hace cada día más crítica. También sería bueno poder consensuar y coordinar nuestras acciones, pero la esterilidad de tanto debate es un lujo que tampoco nos podemos permitir, máxime cuando es bastante improbable que nos pongamos de acuerdo.
Que cada cual siga pues su estrategia, lo más organizadamente posible y mirando de actuar con suficiente habilidad e inteligencia como para no hacerles el juego a nuestros opresores.
Habrá, seguro, y especialmente en estas significativas fechas de mayo, convocatorias de manifestaciones lo más masivas posible. Por muy sonadas que sean no creo que vayan a servir de gran cosa. En los balances de la acción-reacción ya se cuenta con ellas. De todas formas asistiré, pacíficamente, y espero que ningún acto de violencia las enturbie, para que después no puedan deslegitimarlas y presentarlas como mera crispación desesperada.
Mi estrategia es otra, lo que podríamos llamar la manifestación permanente, es decir la visibilización continua y constante del malestar de la mayoría social, empezando por los elementos más comprometidos.
Sé perfectamente que hay quien quiere correr más y pide, por decirlo gráficamente, “más revoluciones y menos camisetas”, pero, hoy por hoy, no existe la más mínima posibilidad de llevar a cabo ninguna revolución ni nada que se le parezca. En cambio, si en la calle llegaran a manifestarse silenciosamente millones de camisetas, sí se habrían sentado las bases para una revolución o para desandar el camino de estos últimos años de oscuridad, y seguramente sin ningún género de violencia.
No puede ser que nos pasemos el día maldiciendo en facebook  y que salgamos a la calle y todo discurra con la más apacible apariencia de normalidad.
Personalmente necesito ver la indignación en la calle, en el metro, en los centros de trabajo o en cualquier lugar público. Aunque sea una chapa o una pegatina, pegada en la chaqueta, el bolso, la mochila o el ala de un sombrero, qué más da.
Quiero saber que enfrente mio hay otra persona que comparte mi indignación, y quiero que no se sienta sola y que el ejemplo permanente vaya calando y se extienda y levante la moral de la población hasta que se pueda constatar visualmente que somos multitud. Visibilizar esa red que nos une y que ahora apenas se puede intuir, establecer complicidades, combatir el miedo, cuestionar las conciencias…
Un grupo de personas hemos empezado a repartir chapas con el logo de las tijeras, sin ninguna otra indicación, para que adquiera un carácter universal, como deben ser los grandes referentes simbólicos, pero acompañadas de un manifiesto colectivo, que, más allá de los recortes concretos, le de un sentido global, que exprese las profundas raíces de nuestra actitud.  Lo reproduzco al final de este artículo.
La chapa y el manifiesto, la imagen y el contenido, forman un todo, se entregan juntas. De momento hemos editado manifiestos en catalán y en castellano y la idea es que circulen también en otros idiomas del estado o de más allá. Y también pósters con el manifiesto para que se puedan situar en salas, carteleras, despachos… lugares visibles y permanentes… Estamos repartiendo los modelos y la información para que quien quiera usarlos pueda hacerlo libremente, quien no lo haya visto puede pedirnoslo en el grupo de facebook Sociedad Indignada o en este mismo blog.

Es sólo un primer paso. Sería hermoso que esta primavera, en toda España, y más allá si es posible, floreciera este símbolo de indignación… Y hay mucho más que hacer en esta misma línea, ya publiqué algunos ejemplos en Del 15 M a la Sociedad Indignada y en las próximas semanas publicaré más, pero no se trata sólo de promover una lluvia de ideas sino de actuar.

Lo que tienen en común todas estas iniciativas, en contra de muchas medidas que se acuerdan  -¿con quién?- en otros foros para que las apliquen otros, es que dependen tan sólo de nuestra propia voluntad. Cualquiera puede hacerlo con un mínimo coste y esfuerzo.

Las grandes vías que a veces apuntamos para mejorar el mundo no las podemos desarrollar porque no tenemos la capacidad de hacerlo, o lo podemos hacer tan sólo en pequeñas comunidades testimoniales que, seamos realistas, no cambian nada.

Las manifestaciones puntuales tienen la eficacia del momento, pero la manifestación permanente debe permitir dar visibilidad a la situación real, establecer una presencia y una vinculación permanente del malestar y la indignación con las ciudadanas y los ciudadanos y conseguir que la sociedad indignada se sienta fuerte y unida.

Una chapa o una pegatina pueden parecer nimiedades para quien piensa en procedimientos mucho más contundentes, pero a la larga pueden ser mucho más eficaces, como germen para otras acciones igualmente pacíficas que permitan la implicación en la lucha de una mayoría social.
                                                     
Porque, se mire como se quiera, sin la implicación de la mayoría social, podemos lanzar proclamas, manifestarnos, proponer alternativas, hacer huelgas, o combatir de cualquier otra manera… pero no vamos a conseguir nada de nada.


El manifiesto:


“CONTRA LA PASIVIDAD Y EL CONFORMISMO       ¡PÓNTELA! ¡PÓNSELA

                                              
En nombre de la razón y del humanismo más básico
Renegamos de  quien sea que quiera recortar nuestros derechos.
El derecho a vivir convenientemente de nuestro trabajo, 
A poder disponer de una vivienda digna, 
Y a disfrutar en su momento 
De una jubilación y una pensión decorosa, que nos hemos ganado de sobra
En una vida de servicio.

Renegamos de las fuerzas de la ignominia 
Que se quieren apropiar de los servicios públicos, 
Que son el mayor avance de nuestra civilización.
De la sanidad y de la educación públicas,
Universales, gratuitas y de calidad,
De la atención a los marginados, a los discapacitados y a los dependientes,
Que nos define como personas.

Renegamos de todos aquellos que quieren convertir la desgracia y la necesidad
En un negocio,
De los que se quieren apropiar del progreso.

Renegamos de todos aquellos que quieren cercenar nuestro futuro,
Nuestras ilusiones y proyectos,
Y los de nuestros hijos.

Nosotros, gente de bien y gente de paz,
A quienes no gusta renegar de nadie, 
renegamos de todos los ricos y los poderosos,
De la ambición y de la avaricia.

Y decimos basta,
Reclamamos, ahora y aquí,
Para todos los seres humanos
El derecho a una vida plena
Una vida, proclamamos,
Que nadie ni en nombre de nada
Tiene derecho a recortar.

Por eso póntela y llévala siempre con orgullo
No hay insignia más valiosa
Porque es el símbolo de tu dignidad.”

divendres, 27 d’abril del 2012

Y cada cual será responsable de sus actos

Durante estos próximos días, previsiblemente, se llevarán a cabo un buen número de manifestaciones, en diversas ciudades, coincidiendo con el primero de mayo, la reunión del BCE en Barcelona y el primer aniversario del 15 M, principalmente. Muchas personas saldremos a la calle, pacíficamente, para expresar nuestro malestar, nuestra disconformidad, nuestra indignación… y espero que realmente seamos multitud. Para que esto sea así y para que sea un triunfo aplastante de la sociedad democrática sobre la dictadura de los mercados financieros y el seguidismo de los gobiernos, hago un llamamiento a todas y todos aquellas y aquellos que estamos contra la inhumadidad de este sistema para que estas manifiestaciones se desarrollen sin ningún acto de violencia por nuestra parte, que no haya ninguna excusa ni temor para que todo el mundo pueda unirse a ellas. Nuestra victoria llegará, nuestra voz deberá ser escuchada, cuando las calles rebosen, cuando sea todo un pueblo quien está diciendo basta. Si se produce alguna acción violenta que abone la intervención de la policía en las manifestaciones, habremos perdido. Pensadlo bien compañeras y compañeros, no estamos sol@s, actuemos pensando en la inmensa mayoría y carguémonos, delante de ella y delante del mundo, con toda la legitimidad y toda la razón. Y así, ante la ciudadanía y ante el mundo, cada cual será responsable de sus actos.

dimecres, 25 d’abril del 2012

La noche de los cuchillos largos

¿Aún queda alguien que siga pensando que que el PP y el PSOE son lo mismo? ¿Aún queda alguien que siga repitiendo que no somos de izquierdas ni somos de derechas?
He dicho mil veces que no tenía la más mínima intención de defender la obra de gobierno del PSOE: permitió que se mantuviera la burbuja inmobiliaria, no se enteró o no quiso enterarse de lo que pasaba, tomó medidas tan costosas como inútiles y no tuvo la decencia de plantarse ante la Unión Europea, convocar elecciones y decir que recortaran ellos, que su puesto estaba al lado del pueblo español. Todo eso es imperdonable. Y no muestra propósito de enmienda. Cada vez que les oigo hablar de sentido de estado y responsabilidad institucional me pongo a temblar  ¿Responsabilidad con quién, con el gobierno del PP o con el pueblo? Porque ambas cosas son antagónicas.
Cuando leo en facebook u otros medios mensajes tan ingénuos como desesperados llamando a la revolución, pienso que es ahí, dentro de las formaciones políticas de izquierda y los sindicatos de clase donde debería producirse una verdadera revolución. Y donde esa revolución sí es posible, si los sectores más críticos dejan de cavar su tumba y plantan cara al aparato.
Esta  esterilidad de la izquierda contrasta con la extremada eficacia de la derecha a la hora de convertir el país en una carnicería. Los socios europeos y los mercados financieros aplauden con las orejas.
Ya lo advirtió Rajoy: “tendremos el estado del bienestar que nos podamos permitir”, o, quitando la licencia retórica, “tendréis el estado del bienestar que os podáis permitir”, o sea, más bien poco.
Las tijeras ya han quedado obsoletas. El gobierno se ha pertrechado con un completo equipo de carnicero: cuchillos afilados, hachas, sierras mecánicas…, digno de los más celebres asesinos en serie. Y cortan y cortan con prodigalidad: en los salarios, en las pensiones, en las prestaciones sociales, en la supuesta gratuïdad de la sanidad y la educación. Sin complejos, para ellos, reducir a la mínima expresión los servicios públicos, dejarlo todo, incluso la vida de las personas, en manos de los mercados, como en su día hicieran Thatcher, Reagan o Pinochet, forma parte de su ideología. Y así, nos prometen que para el año que viene más -es cuestión de mantener viva la presa- . Maruja Torres les llama los liquidadores.
Eso sí, aunque no lo parezca son recortes selectivos. Están sinceramente interesados en reducir el número de parados. Son un contingente improductivo y costoso, potencialmente peligroso y que da muy mala imagen del país y de su gestión. Por eso promulgan, sin encomendarse a nadie, la ley de relaciones laborales, por la cual, el trabajador o trabajadora se convierte prácticamente en un instrumento al servicio de las necesidades de la empresa, prácticamente sin límites, mejor esclavos que parados. Decíamos que teníamos que exportar el sindicalismo a China y mira por donde la ley nos retrotratae a las condiciones de trabajo de los chinos, con el regocijo de los empresarios. Algunos llegan a encontrar fórmulas imaginativas para paliar el paro como que se autorice a los parados a vender su sangre por setenta euros semanales (¿y por qué no los órganos digo yo? Total, un riñón más o un riñón menos…). No sé si el gobierno lo estudia.
Hay otro sector social por el que el gobierno se preocupa especialmente: los ricos. Entiéndaseme bien, no es que el gobierno no quisiera una mayor contribución de los ricos al bienestar colectivo, claro que sí, tontos no son. Pero tiene que surgir de ellos, no se les puede forzar, porque, si se les fuerza, se llevan su dinero a otra parte, a algún paraíso fiscal sin ir más lejos y, como decimos en catalán, perdemos bous i esquelles. Por eso proponen medidas como la amnistía fiscal para las grandes fortunas no declaradas, y que nadie se extrañe si dentro de un tiempo empiezan a proliferar las galas benéficas. Un alto cargo de la Generalitat de Cataluña lo explicaba como una cuestión de física elemental: “no podemos presionar más impositivamente a las rentas más altas porque entonces se irán a cotizar donde les salga más barato”.
¿De dónde pues se puede sacar tajada sin diezmar al rebaño ni correr el peligro de quedarnos peor de cómo estábamos? De las clases medias, claro: medias-bajas, medias-medias, medias-altas… medias en definitiva. Trabajadores, estudiantes, pequeñas y medianas empresas, jubilados con pensiones medianamente decentes… De ahí, con la mano certera del carnicero avezado, pueden salir buenos filetes para alimentar a los mercados financieros.
Pero se corre el peligro de que las clases medias, o sus cachorros, se resistan y se radicalicen y de que, unidos a los desheredados del país, se revuelvan de mala manera contra el gobierno y los estamentos privilegiados por el capital financiero. Por eso, el gobierno, además, amparándose en la amplia mayoría que le dimos en las urnas, implanta una especie de estado de excepción, de suspensión de ciertas garantías democráticas, como es el control, ahora directo, de los medios de comunicación públicos y, sobre todo, el endurecimiento de las penas y la tipificación de nuevos delitos relacionados con el derecho a la manifestación. En Cataluña, el inefable conseller Puig, ha puesto en funcionamiento una web para que todas las personas de bien puedan “denunciar los actos vandálicos y a los violentos”.
Mientrastanto, en Andalucía, la coalición de gobierno entre PSOE e Izquierda Unida se propone crear un banco público y un impuesto específico para las rentas más altas. La cosa es lo que es y tiene el recorrido que tiene, porque, un banco público ¿con qué? ¿de dónde van a salir los fondos y todos los depósitos y garantías de solvencia que ahora se exige a los bancos? Y el impuesto a las grandes fortunas va a recaer, como no puede ser de otra manera, en el patrimonio. ¿Qué harán si las grandes fortunas se niegan a pagarlo? ¿Expropiar tierras y cortijos, si les dejan? ¿Y qué se hace en estos tiempos con tierras y cortijos?
En cualquier caso, la música es completamente distinta y abre una rendija a la esperanza de que, si la izquierda se decide a hacer de izquierda de una maldita vez, se pueda conseguir algo. No hace falta esperar a ganar nuevas elecciones, también desde la oposición se puede avanzar en la lucha por recuperar nuestros derechos. Sólo hace falta que los partidos y los sindicatos entiendan claramente que su responsabilidad institucional es con el pueblo, que promuevan procesos de profunda renovación interna -incluyendo la dimisión inapelable de toda una vieja guardia que ya no puede seguir allí- y nos encontremos.
Juntos, partidos, sindicatos y movimientos alternativos, reunidos alrededor de unos principios elementales y consensuados, sin programas de máximos, tenemos esperanza. Por separado, nos van a seguir machacando hasta que se cansen.
El reloj corre y avanza en nuestra contra. La pelota está en manos de todas y todos los hombres y mujeres, miembros de partidos y sindicatos, que aún antepongan sus ideología y sus sentimientos  a sus intereses, o a una fidelidad a unas siglas que se convierte en seguidismo gregario.
Sé que existe en las formaciones de izquierda, partidos y sindicatos, una importante corriente crítica, un creciente malestar hacia la política oficialista, la convicción de la necesidad de dejar los juegos de salón y reconvertirse en aquello para lo que fueron concebidos: verdaderos instrumentos para cambiar la sociedad al servicio del pueblo. A esos contingentes me dirijo:
Compañeras y compañeros, el momento histórico os lo requiere, os jugáis vuestro ser o no ser, poder miraros cada mañana en el espejo sin que os caiga la cara de vergüenza ¿estáis con ellos o estáis con nosotros? Compañeras y compañeros ¿qué pensáis hacer?

dimecres, 18 d’abril del 2012

La deslegitimación de la monarquía

No he prestado ninguna atención al caso Undargarín. No me interesan ese tipo de asuntos por quién esté implicado, sino por su contenido de estafas y tráfico de influencias. Y esto, desgraciadamente, está al orden del día en nuestro país, como lo está el trato de favor o la condescencia en las sentencias o la aplicación de las sentencias en el caso de los grandes estafadores. Nunca he visto a delincuentes de esa calaña, pero de impecables modales y look, pudrirse en la carcel. Eso se reserva para los chorizos, que, como todo el mundo sabe, son malhablados y barriobajeros.
Por otra parte, pienso que todas las familias pueden albergar en su seno  a algún delincuente, incluso la familia real, si se da el caso, sin que esto tenga porque comprometer necesariamente, en principio,  la honorabilidad del resto de sus miembros.
La monarquía no se encarna en Undargarín, sino en la persona del  Rey,  y su prestigio, y en última instancia su legitimidad, están vinculadas a sus actos, especialmente a sus actos públicos. Es por eso que hoy me parece oportuno traer a colación la deslegitimación de la monarquía. Escribo este texto el 14 de abril de 2012, octogésimo primer aniversario de la proclamación de la Segunda República, y día en que, curiosa coincidencia, a causa de un accidente, hemos conocido la noticia de que el Rey se encontraba en Botswana cazando elefantes.
Vivimos un momento terrible. La población española, especialmente las clases más humildes, sufre en sus carnes todo el rigor de la agresividad especulativa de los mercados financieros. Hay cinco millones de parados, un gran número de famílias en situaciones de severa pobreza, o en la indigencia, millares de personas que pierden sus viviendas por no poder pagar la hipoteca o por haber avalado a un hijo, otras que mueren o ven acortada su esperanza de vida en las listas de espera a causa de los draconianos recortes en sanidad, algunas que se suicidan ante la imposibilidad de asumir las cargas que representan sacar adelante su vida y las de sus familiares sin recursos, jóvenes que ven como el futuro se les escapa de entre las manos como un puñado de arena, millares de trabajadores públicos obligados a multiplicarse en sus quehaceres mientras ven drásticamente reducidos sus salarios, personas mayores que han trabajado toda una larga vida y ahora ven como deben esperar aún más tiempo la tan ansiada jubilación, para vivir con unas pensiones que, en el mejor de los casos, reducirán notoriamente su poder adquisitivo…
Cuando sucede  todo esto, la imagen del Jefe del Estado cazando elefantes en Botswana es cuanto menos hiriente, muy hiriente, un ejemplo nefasto y ultrajante para todas y todos aquellos que, sin ninguna opción, debemos asumir todos los sacrificios que nos imponen, una imagen propia de otros tiempos en que la monarquía vivía de espaldas al pueblo.
¿Con qué autoridad va a dirigirse a nosotros el Rey en Navidad para pedirnos que sigamos haciendo sacrificios para levantar España?
A pesar de lo gráfica y lacerante que resulta esta anécdota, conste que tenía pensado escribir este artículo ya hace tiempo. Me pregunto,  ¿Qué papel desempeña la monarquía en una sociedad democrática contemporánea? En el caso de España sabemos que fue el precio que debimos asumir para llevar a cabo la transición del franquismo a la democracia sin derramamiento de sangre. Y -hoy duele más recordarlo- no existía ninguna otra opción.
Hasta estos últimos años, la monarquía cumplió bien su papel y, simbólicamente, al margen de teorías más o menos aventuradas de las que no tengo ninguna prueba que me induzca a tomarlas por ciertas, la figura del Rey se consolidó en la noche del 23 de febrero de 1981. Después de esto, el carácter del Rey hizo que muchos olvidáramos que era quizás la última herencia del franquismo y que empezara a correr aquella famosa expresión de “yo no soy monárquico, soy juancarlista”.
Pero, desde que empezó esta sangría económica que algunos se siguen empeñando en denominar crisis, el papel del Rey se desdibujó. Al fin y al cabo, su ubicación por encima de los partidos políticos, le situaba como una figura paterna, el garante último del bienestar de las españolas y los españoles, un bienestar que desaparecía a marchas forzadas.
El Rey había dejado de ser Rey por la Gracia de Dios, incluso por la gracia del Caudillo, para pasar  a ser Rey por voluntad del pueblo, aunque fuera por omisión, nadie lo cuestionaba. Pero esto, que le garantizaba la aceptación y el cariño mientras estuviera al lado del pueblo, dispuesto a ser el primero en sacrificarse y batirse frente a las adversidades, le ponía también en una situación muy frágil.
Marshall Shalins, un antropólogo norteamericano ya fallecido, explicaba la institución de la monarquía en los estados prístinos hawainanos como el reconocimiento de la grandeza y la generosidad de un igual, de un pariente que se comportaba como un gran hombre. Pero si ese gran hombre dejaba de actuar como tal, olvidaba la generosidad y ejemplaridad que le habían encumbrado, cundía el malestar, y tarde o temprano, era asesinado en la oscuridad de la noche y reemplazado por otro que se ajustara mejor a las expectativas del pueblo.
En una sociedad democrática, afortunadamente,  no se deslizan los cuchillos por la oscuridad de la noche, pero el Rey esta sujeto a ese papel de figura paternal y ejemplar, su legitimidad no proviene de ninguna otra fuente. Si el Rey deja de cumplir este papel, aparece desnudo y prescindible.
Olvidemos por un momento la calamitosa anécdota de Botswana. Antes de que se produjera, cuando ya quería escribir este artículo, me preguntaba:
¿Qué hace el Jefe del Estado ante el sufrimiento de su pueblo? Más allá de la política de los partidos, ¿Dónde está? ¿Por qué no ha convocado a los políticos para demandarles austeridad y transparencia frente al pueblo? ¿Por qué no ha convocado a las grandes fortunas para exigirles, desde su alta posición, su implicación en la recuperación del país en este tiempo de tinieblas? ¿Por qué no se ha reunido con sus homónimos, monarcas y presidentes europeos, para plantear la necesidad de exigir conjuntamente una política que no dejara al pueblo a merced de la usura de los mercados? Y si nada de eso surtía efecto, ¿Por qué no se desprendía de todos sus bienes para paliar el sufrimiento social y se ponía al frente de su devastada población para guiarla, o, por lo menos, para sufrir con ella?
Responder que no lo hacía porque estaba en Botswana cazando elefantes sería demagógico, pero el Rey debe una detallada explicación, un acto de contricción y un cambio de rumbo a las españolas y los españoles. Sólo así puede recuperar una legitimidad que en este momento aparece más que cuestionada.
Si no es capaz de hacerlo, si no es capaz de ser un Rey para el pueblo cuando el pueblo le necesita, será el pueblo quien se planteará, con toda legitimidad,  qué sentido tiene seguir manteniendo la monarquia.
Las ocasiones más graves, requieren grandes gestos.